Discurso de la servidumbre voluntaria parte I

Resolveos a dejar de servir y seréis libres. No os pido empujarle, ni sacudirle, sino apenas dejar de apoyarle y le veréis derrumbarse bajo su peso y despedazarse como un coloso del cual se ha roto el pedestal.

Autor Étienne de La Boétie, 1548

Traducción Luis Casado 

“No es bueno tener varios amos; tengamos solo uno; Que solo uno sea el amo, que solo uno sea el rey”.

He ahí lo que, según Homero, declaró Ulises públicamente.

Si solo hubiese dicho: “No es bueno tener varios amos”, hubiese bastado. Pero en lugar de deducir que el imperio de varios no puede ser bueno, puesto que el poder de uno solo, apenas toma este título de amo ya es duro y desrazonable, agregó por el contrario: “Que sólo uno sea el amo, que sólo uno sea el rey.”

Tal vez haya que excusar a Ulises por expresarse de ese modo, que en ese entonces le era útil para apaciguar la revuelta del ejército, adaptando más su discurso, creo yo, a las circunstancias que a la verdad.

Bien pensado, es una desgracia extrema el estar sometido a un amo de cuya bondad nunca se está seguro y que siempre tiene el poder de ser malvado cuando quiera. Ahora bien, obedecerle a varios, equivale a ser extremadamente desgraciado otras tantas veces.

No quiero debatir aquí de la cuestión tantas veces agitada, la de saber “si otras formas de república son mejores que la monarquía”.

Si tuviese que debatir de ella, antes de buscar qué rango debe ocupar la monarquía entre los diversos modos de gobernar la cosa pública, preguntaría si debemos acordarle alguno puesto que es difícil creer que haya nada de público en este gobierno en el que todo le pertenece solo a uno.

Reservemos para otros tiempos esta cuestión que bien merecería un tratado aparte y que provocaría todas las disputas políticas.

Por el momento solo quisiera comprender cómo es posible que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones, soporten a veces un tirano aislado que no tiene sino el poder que ellos le dan, que solo puede dañarles en la medida que quieran soportarlo, y que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen aceptarle todo antes que contradecirlo.

Cosa realmente sorprendente -y no obstante tan común que hay que sollozar en vez de  maravillarse-, de ver un millón de hombres miserablemente dominados, la cabeza bajo el yugo, no porque estén obligados por una fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo embrujados por el nombre de uno que no debiesen temer porque está solo, ni amar porque es inhumano y cruel hacia todos ellos.

Tal es sin embargo la debilidad de los hombres: obligados a la obediencia, obligados a temporizar, no siempre pueden ser los más fuertes.  Si una nación, obligada por la fuerza de las armas, está sometida al poder de uno solo -como lo fue la polis de Atenas durante la dominación de los treinta tiranos-, no hay que sorprenderse de su servidumbre sino deplorarla. O más bien, ni sorprenderse ni lamentarse, sino soportar la desgracia con paciencia y reservarse para un futuro mejor.

Estamos hechos de tal modo que los deberes comunes de la amistad absorben una buena parte de nuestra vida. Es razonable amar la virtud, estimar las bellas acciones, estar agradecidos de los beneficios recibidos y reducir a menudo nuestro propio bienestar para acrecentar el honor y la ventaja de aquellos que amamos y que merecen ser amados.

Si los habitantes de un país encuentran entre ellos uno de esos raros hombres capaces de dar pruebas de una gran solicitud para protegerles, de una gran osadía para defenderles, de una gran prudencia para gobernarles; si a la larga se habitúan a obedecerle y a fiarse de él hasta acordarle una cierta supremacía, no sé si fuese sabio quitarle de allí donde hacía el bien para situarle donde pudiese hacer el mal: en efecto, parece natural dar prueba de bondad hacia quién nos ha procurado el bien, y no temer de él ningún mal.

Pero, ¡Oh dios mío!, ¿Qué es esto? ¿Cómo llamaremos esta desgracia? ¿Cuál es este vicio, este vicio horrible de ver un número infinito de hombres, no sólo obedecer sino servir, no ser gobernados sino tiranizados, sin tener ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia vida que sean suyos?

Verles sufrir las rapiñas, los abusos, las crueldades, no de un ejército, no de un campo bárbaro contra los cuales cada uno debería defender su sangre y su vida, ¡sino de uno solo!

No de un Hércules o de un Sansón, sino de un hombrecillo, a menudo el más cobarde, el más afeminado de la nación, que nunca husmeó la pólvora de las batallas ni pisó la arena de los torneos, que no solo es inapto para el mando de los hombres, ¡sino ni siquiera para satisfacer la más insignificante mujercilla!

¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos viles y cobardes a esos hombres sometidos? Si dos, si tres, si cuatro ceden ante uno solo, es insólito, pero sin embargo posible; se pudiera decir tal vez con razón: es falta de corazón. Pero si cien, si mil sufren la opresión de uno solo, ¿diremos aún que no osan culparle, o que no desean culparle, y que no se trata de cobardía sino más bien de desprecio o de desdén?

En fin, si vemos no cien, no mil hombres, sino cien terruños, mil ciudades, un millón de hombres, abstenerse de atacar aquel que les trata a todos como si fuesen siervos y esclavos, ¿cómo calificaremos aquello? ¿Es cobardía?

Sin embargo todos los vicios tienen límites que los hombres no pueden sobrepasar. Dos hombres, e incluso diez, pueden muy bien temer a uno; pero que mil, un millón, mil ciudades no se defiendan contra uno solo, eso no es cobardía: la cobardía no va tan lejos,  del mismo modo que la valentía no exige que un hombre solo escale una fortaleza, ataque un ejército, conquiste un reino.

¿Qué vicio monstruoso es este, que no merece ni siquiera el título de cobardía, que no encuentra un nombre bastante feo, que la naturaleza niega y que la lengua rehúsa nombrar?

Póngase frente a frente cincuenta mil hombres armados; que se les forme para la batalla, y que peleen; unos, libres, combaten por su libertad, los otros para quitársela. ¿A quién le promete usted la victoria?

¿Cuales irán más valientemente al combate: aquellos que esperan por recompensa el conservar su libertad, o aquellos que no esperan por salario de los golpes que dan y que reciben sino la servidumbre del prójimo?

Unos tienen aun ante sus ojos la felicidad de su vida pasada y esperan un bienestar igual en el futuro. Piensan menos en lo que aguantan el tiempo que dura la batalla que en lo que aguantarían, vencidos, ellos, sus hijos y toda su posteridad.

Los otros no tienen por aguijón sino la miserable codicia que se embota de repente ante el peligro, y cuyo ardor se apaga en la sangre de la primera herida.

En las tan renombradas batallas de Miltiades, de Leónidas y de Temístocles, -que aun cuando datan de dos mil años viven aun hoy tan frescas en la memoria de los libros y de los hombres como si hubiesen sido libradas ayer-, en Grecia, por el bien de los griegos y para ejemplo del mundo entero, ¿qué es lo que le dio a un número tan reducido de griegos, no el poder, sino el coraje de soportar la fuerza de tantos navíos que el mismo mar no tenía cabida para ellos, de vencer a naciones tan numerosas que todos los soldados griegos juntos no habrían suministrado bastantes capitanes a los ejércitos enemigos?

En esas jornadas gloriosas, fue menos la batalla de los griegos contra los persas que la victoria de la libertad sobre la dominación, el triunfo de la liberación sobre la codicia.

¡Son verdaderamente extraordinarios los relatos de la valentía que la libertad pone en el corazón de aquellos que la defienden!

Pero lo que ocurre en todas partes y todos los días: que un hombre solo oprima a cien mil y los prive de su libertad, ¿quién pudiese creerlo si se limitase a escucharlo y no lo viese?

Y si solo ocurriese en países extranjeros, en tierras lejanas, y que viniesen a contárnoslo, ¿quién no creería que ese relato es una pura invención?

Ahora bien, ese tirano solo, no hace falta ni combatirlo ni matarlo. Cae por su propio peso si el país rehúsa la servidumbre. No se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No es necesario que el país haga el sacrificio de hacer algo por sí mismo, con tal de que no haga nada contra sí mismo. Son pues los pueblos mismos los que se dejan, o más bien que se hacen maltratar, puesto que serían libres con solo dejar de consentir.

Es el pueblo el que se avasalla y se corta el cuello; el que, pudiendo elegir entre la sumisión y la libertad, rechaza la libertad y toma el yugo; es el pueblo el que consiente a su mal, o más bien el que lo busca… Si le costase algo recobrar su libertad, no lo induciría a hacerlo; aun cuando recuperar sus derechos naturales debiese serle lo más preciado y, por decirlo así, dejar el estado de bestia para volver a ser Hombre.

Mas ni siquiera espero de él tanta osadía; admito que prefiere no sé qué seguridad de vivir miserablemente a la esperanza dudosa de vivir como quisiera. ¡Pero qué! Si para tener la libertad basta con desearla, si basta con la voluntad, ¿encontraremos una sola nación en el mundo que crea pagarla demasiado cara al adquirirla por un simple deseo? ¿Y que lamentase su voluntad de recuperar un bien que debiese rescatar al precio de su sangre, y cuya pérdida le hace a todo hombre de honor la vida amarga y la muerte placentera?

Como el fuego de una chispa crece y se refuerza siempre, y mientras más leña encuentra para quemar más se consume terminando por apagarse a sí misma cuando cesamos de alimentarla, del mismo modo, mientras más roban los tiranos, mas exigen; Mientras más arruinan y destruyen, más les damos, más les servimos. Y tanto más se fortalecen, tanto más prestos y agiles se ponen para exterminarlo todo, destruirlo todo.  Pero si no les suministramos nada, si no les obedecemos, sin combatirles, sin golpearles, se quedan desnudos y derrotados y ya no son nada, como la rama, que sin savia ni alimento en su raíz, se seca y muere.

Para adquirir el bien que desea, el hombre osado no teme ningún peligro, el hombre curtido no ceja ante ningún esfuerzo. Solo los cobardes y los aletargados no saben ni aguantar el mal, ni obtener el bien que se limitan a desear. La energía para alcanzarlo les es arrebatada por su propia cobardía; solo les queda el apetito natural de poseerlo. Este deseo, esta voluntad común a los sabios y a los imprudentes, a los valientes y a los cobardes, les hace desear todas las cosas cuya posesión les haría dichosos y felices.

Hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué razón, no tienen la fuerza de desear: la libertad, ¡ese bien tan grande y delicioso!

Apenas se la pierde, llegan todos los males y sin ella todos los otros bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden todo su gusto, todo su sabor.

Tal parece que los hombres desdeñan la libertad únicamente porque si la deseasen, la tendrían; como si rehusasen hacer esta preciosa adquisición porque es demasiado fácil.

¡Pobres gentes miserables, pueblos insensatos, naciones obstinadas en su mal y ciegas a su bien!

¡Os dejáis arrebatar bajo vuestros ojos la más bella y la más luminosa de vuestras riquezas, os dejáis devastar vuestros campos, os dejáis robar y despojar vuestros hogares de los antiguos muebles de vuestros ancestros!

Vivís de tal manera que ya nada os pertenece. Parece que en adelante miraríais como una gran felicidad que os dejasen solo la mitad de vuestros bienes, de vuestras familias, de vuestras vidas.

Y todos estos daños, estas desgracias, esta ruina, no os vienen de los enemigos, sino del enemigo, ese mismo del cual habéis hecho lo que es, de aquel por el cual vais tan  valientemente a la guerra, y por la grandeza del cual no rehusáis de ofreceros vosotros mismos a la muerte.

Sin embargo ese amo no tiene sino dos ojos, dos manos, un cuerpo, y nada que no tenga el último habitante del incontable número de vuestras aldeas. Lo que tiene de más son los medios que vosotros le suministráis para destruiros. ¿De dónde saca los ojos que os espían, si no es de vosotros mismos? ¿De dónde saca tantas manos para golpearos si no os las pide prestadas a vosotros mismos?

Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son también los vuestros? ¿Tiene poder sobre vosotros que no venga de vosotros mismos? ¿Cómo osaría agrediros si no tuviese vuestro consentimiento? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os despoja, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?

Sembráis vuestros campos para que los devaste, amuebláis y llenáis vuestras casas para atraer sus pillajes, criais vuestras hijas para que satisfaga su lujuria, alimentáis vuestros hijos para darle soldados, para que los lleve a la guerra, a la carnicería, para que haga de ellos los ministros de sus apetitos y los ejecutores de sus venganzas.

Os agotáis en el esfuerzo para que pueda mimarse en sus delicias y revolcarse en sus sucios placeres. Os debilitáis para hacerle más fuerte y que os tenga, brutalmente, la brida más corta. Y de tantas indignidades, que ni las mismas bestias soportarían si las sintiesen, podríais liberaros si solo intentaseis, no digo sacudiros, sino pretenderlo.

Resolveos a dejar de servir y seréis libres. No os pido empujarle, ni sacudirle, sino apenas dejar de apoyarle y le veréis derrumbarse bajo su peso y despedazarse como un coloso del cual se ha roto el pedestal.

Los médicos aconsejan, muy justamente, no intentar curar las heridas incurables y quizás me equivoco al querer exhortar así a un pueblo que parece haber perdido hace ya mucho tiempo toda consciencia de su mal, lo que prueba fehacientemente que su enfermedad es mortal.

Probemos a comprender entonces, si fuese posible, cómo esta obstinada voluntad de servir ha podido enraizarse tan hondamente que se creyese que el amor de la libertad no es natural.

Está más allá de toda duda, me parece, que si viviésemos con los derechos que nos dispensa la naturaleza y según los preceptos que ella nos enseña, estaríamos naturalmente sometidos a nuestros padres, súbditos de la razón, sin ser esclavos de nadie.

Cada uno de nosotros reconoce en sí mismo, naturalmente, el impulso de obediencia hacia padre y madre. En cuanto a saber si en nosotros la razón es innata o no -cuestión ampliamente debatida por los académicos y agitada por toda la escuela de los filósofos-, no creo errar al decir que hay en el alma nuestra un germen natural de razón.

Desarrollado por los buenos consejos y los buenos ejemplos, este germen se despliega en virtud, pero a menudo aborta, ahogado por los vicios que aparecen. Lo que hay de claro y evidente, que nadie puede ignorar, es que la naturaleza, ministro de Dios y tutora de los hombres, a todos nos ha creado y moldeados en el mismo molde, para mostrarnos que todos somos iguales, o más bien hermanos.

Y si en la repartición que ha hecho de sus dones prodigó algunas ventajas de cuerpo o de espíritu a unos más que a otros, no ha querido sin embargo ponernos en este mundo como sobre un campo de batalla, y no ha enviado a la tierra a los más fuertes, o más hábiles, como rufianes armados en la selva a maltratar a los más débiles.

Aceptemos más bien que otorgando partes más grandes a los unos y más pequeñas a los otros, quiso hacer nacer en ellos la afección fraternal y darles la ocasión de practicarla puesto que los unos tienen el poder de socorrer mientras los otros necesitan ser socorridos.

Puesto que esta buena madre nos dio a todos la tierra por morada, puesto que nos alojó a todos en la misma casa, nos forjó a todos en el mismo modelo para que cada uno pudiese mirarse y reconocerse en el otro como en un espejo, puesto que nos dio a todos el bello regalo de la voz y de la palabra para que nos encontrásemos y fraternizásemos, y para producir por la comunicación y el intercambio de nuestros pensamientos la comunión de nuestras voluntades; puesto que buscó por todos los medios hacer y estrechar el lazo de nuestra alianza, de nuestra sociedad, puesto que mostró en cada cosa que nos quería no solamente unidos sino tales como un ser único, ¿cómo dudar entonces que no seamos naturalmente libres puesto que somos todos iguales?

No puede entrar en el espíritu de nadie la idea que la naturaleza haya puesto a alguien en situación de servidumbre, puesto que nos hizo a todos compañeros.

A decir verdad es muy inútil preguntarse si la libertad es natural visto que no se puede mantener a nadie en la servidumbre sin dañarle: no hay nada en el mundo más contrario a la naturaleza, -tan razonable-, como la injusticia. La libertad es pues natural; razón por la cual a mi juicio no solo nacimos con ella sino también con la pasión de defenderla.

Y si por azar hay quienes aún duden de ello -envilecidos al punto de no reconocer sus dones ni sus pasiones nativas-, tendré que rendirles el honor que se merecen poniendo las bestias por maestro para que aprendan de ellas su naturaleza y condición.  

Las bestias, Dios me ayude, si los hombres quisieran escucharlas, les gritan: “¡Viva la libertad!”

Muchas de ellas mueren apenas se las atrapa. Como el pez que pierde la vida al dejar el agua, se dejan morir para no sobrevivir a su libertad natural. Si los animales tuviesen entre ellos alguna preeminencia, harían de esa libertad su título de nobleza. Otras bestias, de las más grandes a las más pequeñas, cuando se las captura resisten fieramente con uñas, cuernos, picos y pezuñas demostrando así el valor que le dan a la libertad que pierden.

Una vez en cautiverio nos dan tantos signos evidentes de la consciencia de su desgracia que se les ve languidecer en vez de vivir, llorar su felicidad perdida en vez de complacerse en la esclavitud.





Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *