Urgencias y resistencias en un mundo colapsado: lo que viene después de la cumbre climática de NY

No les importa reducir emisiones porque de alguna manera creen que resolverán sus problemas. Podrán reforzar sus ciudades y barrios contra las mareas, obtendrán agua de plantas desalinizadoras (que consumen mucha energía eléctrica), instalarán riego tecnificado y construirán búnkeres, sótanos, muros y sistemas autoritarios para mantener al resto del mundo controlado.

Durante esta semana hemos sido testigos de al menos tres momentos que marcan la continuidad sin freno de un proceso antiguo y el inicio de su precipitación hacia un futuro complejo, por usar una expresión más o menos neutra. Los dos primeros son los informes de colectivos de  científicos sobre el curso del cambio climático durante este siglo.

El tercero es la reacción de gobernantes, funcionarios de diversas instituciones y las elites ante esta información. Si hay un cuarto momento, este sería protagonizado por los otros, los niños, jóvenes, los indignados, los pueblos, todos nosotros, incapaces de, por el momento, eso  esperamos, de una acción más allá de llenar calles y plazas y algunos artículos de periódicos. Esta semana, que había sido levantada como la última oportunidad para que los líderes mundiales, si es que esta otra expresión se apoya en alguna realidad más allá de sus relaciones de poder, se pusieran de acuerdo en las acciones, que definen de “urgentes” para frenar el cambio climático. Como bien sabemos y podíamos imaginar, nada de eso ha sido posible.

El primero es el informe de la la Organización Meteorológica Mundial (OMM) difundido este lunes. Destaca que el quinquenio 2015-2019 ha sido el más caluroso jamás registrado y la concentración de gases de efecto invernadero ha aumentado también a niveles sin precedentes, confirmando una tendencia al calentamiento global en el futuro. Y más. Durante el período 2015-2019 se ha observado un incremento continuo de los niveles de dióxido de carbono (CO2) y de otros importantes gases de efecto invernadero en la atmósfera, que han alcanzado niveles récords: la tasa de aumento del CO2 fue casi un 20 por ciento superior a la de los cinco años anteriores.

A partir de esta constatación, que marca tendencia futura, se abre la caja de Pandora climática. Incendios forestales desatados, sequías, lluvias torrenciales e inundaciones, huracanes bestiales cada año, deshielos, subida del nivel del mar y acidificación de los océanos, entre otros fenómenos que conducen, a su vez, a extinciones masivas, pérdida de biodiversidad y suelos cultivables, migraciones climáticas.

El otro momento es un nuevo informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) sobre los océanos, que marca la misma tendencia que el anterior con el agravante de su total y completa irreversibilidad, por lo menos para el tiempo que nos puede preocupar a los humanos y para qué decir a otras especies. El aumento de la temperatura global provoca deshielos en los polos y glaciares elevando el nivel del mar, con efectos que ya padecen muchas zonas costeras habitadas.

Hay un efecto aún más perjudicial y catastrófico, en su justa adjetivación, sobre los mares. Los océanos absorben gran parte del dióxido de carbono que la civilización humana libera a la atmósfera, la que provoca la acidificación de las aguas con resultados dramáticos sobre toda la vida marina. Este fenómeno, también irreversible por lo menos durante siglos, llevará a la extinción masiva de especies. Un golpe para la naturaleza de características bíblicas, pero también para la sobrevivencia de centenares de millones de personas y comunidades que viven de la pesca.

El tercer momento debiera ser la reacción a estos dos primeros. No de las comunidades, que viven en alerta y en creciente temor, sino de los gobernantes, altos funcionarios y controladores del capital. Desde allí, si hay algo que les preocupa, es cómo convertir en negocio la transición a una economía menos contaminante. Cómo cambiar la tecnología y las fuentes de energía sin cambiar nada o casi nada. Sin alterar, por cierto, el modelo de producción capitalista hoy en su fase neoliberal desregulada.

No será el mercado el que cambie el curso de varios siglos de una economía basada en combustibles fósiles. Porque no será rentable o porque los economistas y toda la base financiera y asesores de gobiernos están formateados por el libre mercado. tanto, que prefieren negar la crisis climática que alterar sus fundamentos. Prefieren, gobernantes y todas las élites, empujar los problemas hacia el futuro y dejarlo en mano de otras generaciones. El humanismo como una cultura intergeneracional que hereda y lega anuncia su defunción. ¡Sálvese quién pueda!

A partir de este escenario futuro, elaborado por centenares de científicos de todo el mundo con la ayuda de poderosos computadores, existe también otro grupo de académicos que trabaja con los efectos de estos cambios. La crisis climática es y será un factor que agudizará todos los problemas que ya vive la humanidad: desde la inestabilidad política y económica, los efectos en la producción de alimentos derivados de las sequías, el descalabro comercial, la escasez de recursos energéticos, las masivas y crecientes migraciones y una extrema desigualdad. Porque las consecuencias de la crisis climática no será la misma para los habitantes del valle de California en Estados Unidos que para Botsuana, Namibia y Zimbahue en el sur de África, como ya citaba en 2007 Mark Lynas en su libro Seis Grados.

Los poderosos del mundo no se han puesto de acuerdo en las reducciones de CO2 porque no quieren hacerlo. Discuten y patean las posibles acciones hacia el 2050, treinta años más, cuando la temperatura global promedio supere los tres grados o más. El mismo Lynas hace una descripción aterradora de un mundo bajo esa temperatura: ¡en millones de años el planeta no ha tenido esos calores! Pudimos desarrollarnos como la especie que hoy somos durante el periodo Holoceno precisamente porque las condiciones climáticas nos fueron favorables. ¡Y qué hemos hecho!

No les importa reducir emisiones porque de alguna manera creen que resolverán sus problemas. Podrán reforzar sus ciudades y barrios contra las mareas, obtendrán agua de plantas desalinizadoras (que consumen mucha energía eléctrica), instalarán riego tecnificado y construirán búnkeres, sótanos, muros y sistemas autoritarios para mantener al resto del mundo controlado. No es una película más de anticipación distópica, es un poco más de los que hoy padecemos.

Hablamos de un cuarto momento, que es el de todos los demás. Somos miles de millones contra el uno por ciento más rico y sus redes de subalternos más o menos directos. No hace falta crear el movimiento contra las elites, porque existe en todos los rincones bajo diversas denominaciones, inspiraciones y demandas. Naomi Klein en una entrevista de este mismo mes habla de la resistencia, de la amenaza y la resiliencia tras el colapso, que bien conocen todos los pueblos maltratados y destrozados. Para impulsar el cambio no hay temas ni grupos prioritarios. Hay que combatir contra la desigualdad y la pobreza, contra la exclusión de los pueblos originarios y la discriminación de género junto con la eliminación del lucro con el uso de combustibles fósiles.  Son todas urgencias y resistencias.




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