La sorpresiva y cambiante primavera chilena.

Cuando el 21 de septiembre salíamos del empacho diciochero, y entrábamos a la primavera, nadie ni nada hacía pensar que un mes después, 21 de octubre 2019, estaríamos en estado de emergencia con toque de queda y con un país que había cambiado abruptamente el 18 de octubre por la tarde.

Nuestrxs hijxs y nietxs decidieron el lunes 14 de octubre saltar los torniquetes de la estación del metro Bustamante para protestar por la abusiva nueva alza de los pasajes, rindiendo justicia a sus madres y padres que hacen esfuerzos inconmensurables para llegar a fin de mes y gastar una parte importante de sus miserables o no suficientes salarios en transporte hacia trabajos de sobre explotación, abusivos, inestables y mal pagados.

Durante toda la semana fueron realizando estas acciones ya en casi toda la red del metro e instaban a las personas adultas a hacer lo mismo. Nació el Movimiento EVASIÓN. El gobierno en su evidente lejanía de la población o ciudadanía, mandó a cerrar las estaciones de metros el 18 de octubre a las 17 horas, creando un caos de día viernes no visto hace décadas en la ciudad.

A las 20 horas los cacerolazos inundaron plazas de Santiago junto a miles de personas caminando para llegar a sus hogares. La represión policial no se dejó esperar, lacrimógenas, balines y guanacos, instaron a barricadas y acciones diversas, de saqueos e incendios en algunos puntos de la capital hasta altas horas de la noche, sospechosamente en los barrios más pobres y más maltratados por los medios de comunicación. Surge el Estado de emergencia, y al día siguiente el toque de queda.

Me preguntaba ese sábado 19 de octubre, como la gran mayoría de esta país, qué estaba sucediendo, porque escolares conocidos como pingüinos, y unas humildes cacerolas, históricamente despreciadas por ser parte del quehacer de las mujeres, estaban desafiando a un gobierno, a un Estado, a un parlamento y a toda la institucionalidad de Chile, esto era más estrepitoso que el terremoto del año 2010.

Las explicaciones televisivas interpretaban lo que estaba sucediendo. Las y los presentadores seguían un guion único de vandalismo, violencia, saqueos y maltratos a la policía (supuestamente impoluta, ya no eran los corruptos), y el domingo llamaron a intelectuales, especialmente al pagado por El Mercurio y Rector de una de la empresas universitarias más rimbombantes del país, el Sr. Carlos Peña, que además resultó ser psicoanalista de masas.

Tuvieron el cuidado de poner en algún momento, al padre jesuita Felipe Berrios, uno de los pocos curas respetado y respetable del clero chileno, conocido por su toma de posición del lado de la justicia social. Así generaban la impresión de justeza televisiva. Y lo que estaba viviendo la ciudadanía pasaba fuera de la tele, como hace mucho tiempo.

El reality show de los canales de televisión ya no marca el rating que necesitan para el país imaginario que han proyectado con diversidad de programas, desde los show noticiosos, y políticos, hasta las teleseries envasadas ajenas a toda realidad.

El sistema neoliberal, sus instituciones y sus peones, comenzaban a ser amenazados ya no solo en Santiago y por jóvenes estudiantes; se extiende por todo Chile y manifiesta el malestar generalizado instalado desde los años 80 del siglo pasado, en plena dictadura, incrementado en los últimos treinta años de traiciones y promesas políticas frustradas desde el plebiscito de 1988 que terminó por imponer una postdictadura, con una burla de democracia de las elites en todos los niveles de la sociedad, proyectando la ilusión de una sociedad democrática de representación política.

El malestar social e individual estalló porque nuestros hijxs y nietxs nos hacían ver que ya no podíamos aguantar más, y que lo que corresponde es exigir, con fuerza e insistencia, lo que nos han saqueado y robado estos últimos decenios de forma legal; nos recuerdan que la salud, un bien humano imprescindible, no la podemos pagar la mayoría de lxs chilenxs, porque las rapiñas se han apropiado no solo a través de seguros privados, ISAPRES, sino que inventaron AUGES Y GES para terminar de expoliarnos y hacer crecer sus clínicas privadas de mala muerte que nos exprimen hasta la última gota de sangre que pagamos nosotrxs, obligadamente por la derivación desde el sistema público, invento que data desde el gobierno de Ricardo Lagos Escobar y reformulado por el gobierno de Michelle Bachelet Jeria.

Además el Estado que está completamente al servicio de los empresarios y financiado por todxs nosotrxs, les paga para que puedan incrementar sus ganancias y no tener pérdidas, ese es el sistema de salud que tenemos, aunque la mayoría debe recurrir al sistema público de salud que lo han ido desmantelando permanentemente y solo han construido algunos hospitales, con la intención de concesionarlos, para seguir alimentando al sistema privado.

Nos reiteran que la educación, a pesar de las movilizaciones gigantes de estudiantes, solo ha tenido ciertos paliativos ilusorios y han intensificado la criminalización de estudiantes de los liceos, especialmente los más emblemáticos de la Educación Pública Nacional que permitió al Estado capitalista formar a la clase trabajadora, a lxs intelectuales y profesionales del siglo pasado en relación a las necesidades del desarrollo país.

Inventaron empresas universitarias, como negocios rentables y sometieron a todas las universidades estatales a las aspiraciones de las empresas universitarias, acreditaciones e indexaciones, obligan a competir por fondos que son, cada vez más, atribuidos en forma vergonzosamente abultadas a las empresas universitarias, como las del Sr Peña, que hasta tiene derecho a gratuidad para sus estudiantes, con lo que sus ganancias son netas.

Esta revuelta social tiene explicaciones históricas, que algunos historiadores como Gabriel Salazar, Mario Garcés, e Igor Goicovic, entre otros, han estado analizando en los últimos días e historizando desde la fundación misma de lo que llamamos Chile y la desigualdad estructural de la formación social de este país, y la negación o criminalización de los pueblos originarios, que también luchan por su derecho al reconocimiento y la justicia histórica y social que se les debe. A lo que habría que agregar la discriminación y opresión de género y sexual, con la que hemos naturalizado las relaciones de los seres humanos.

En el año 2018, quedo en evidencia públicamente la desigualdad de género y sexual con las movilizaciones feministas de las jóvenes estudiantes que pusieron el basta a lo que se venía cuestionando desde hace siglos en luchas de las mujeres y sendos estudios históricos, sociales, políticos y culturales entre otros. Las mujeres son las protagonistas de la demanda de políticas de derechos de igualdad para hombres, mujeres, y otras opciones sexuales posibles, hasta hace algunos decenios, negadas y reprimidas social e íntimamente.

Las mujeres y lxs jóvenes son los sujetos políticos que han demostrado que la política la hacemos todxs y no quienes se han autodenominado profesionales de la misma. Esto es lo que está cambiando la primavera chilena que nos está obligando a constituirnos como ciudadanía responsable en asambleas constituyentes para cambiar la Constitución dictatorial y no permitir que nos roben una vez más nuestro presente y podamos aspirar a un futuro de justicia social.




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