Alerta: La revolución de octubre a punto de ser secuestrada

La idea de una nueva Constitución ha centrado el interés de la gente. No solo las encuestas dan cuenta de esa nueva exigencia puesta en la mesa. Los numerosos “cabildos” o asambleas populares que comenzar a ser paisaje común en plazas, calles y pasajes, vuelven una y otra vez sobre el punto.

Contrariando lo que afirma a coro la despreciable ultraderecha, la gente sí quiere que cambie la Constitución. No es extraña esa negativa: es su obra.

Pero resulta risible y ridículo que personeros de apariencia decente insistan en que los problemas que desnuda la gente en las calles no tienen que ver con la Constitución. A estas afirmaciones se sumarán muchos, sino todos, los que alguna vez enarbolaron el ideario por medio del cual se tumbó a la dictadura.

Esos que en breve, traicionaron.

Quienes intenten ver en esta Revolución de Octubre, un estallido proveniente de una pulsión o mal genio instantáneo y pasajero de millones, intenta torcer el cuello de la historia.

Un sentido profundamente clasista hay en el desprecio que se hace a la gente confinándola a grupos abominables de seres que no saben controlar sus emociones y se transforman en personas violentas a propósito de nada. Gentes que no se han tratado bien de su resentimiento social.

Sin embargo, resulta extraño que el sistema haya dado respuesta inmediata a algunas de las exigencias que no eran de ahora, sino que están en el petitorio histórico de millones.

De a poco, la idea de una nueva Constitución ha centrado el interés de la gente. No solo las encuestas dan cuenta de esa nueva exigencia puesta en la mesa. Los numerosos “cabildos” o asambleas populares que comenzar a ser paisaje común en plazas, calles y pasajes, vuelven una y otra vez sobre el punto.

Y la gente, otra vez, acierta.

Efectivamente, el país requiere sanarse de la larga infección autoritaria, que con forma de la ley mayor, ha trizado la vida de la población mayoritaria y ha permitido que un pequeño grupo de sujetos se transforme en morbosa y estúpidamente ricos, y que una inmensa mayoría viva de prestado y a salto de mata, temiendo al futuro, a la enfermedad y a su vecino.

No se crea que el sistema no ha leído eso que revienta en las calles.

Está en marcha una gran operación política que intentará secuestrar para sus egoístas intereses la energía de la gente emputecida, comprensiblemente obnubiladas por esta alegría que llegó.

Para que lo sepamos: en estos días estaremos viviendo en peligro.

¿No es posible? ¿Eso jamás ha pasado?

Es posible y se ha visto antes. Recuérdese la jubilosa alegría de la gente que asistió a la salida de los militares del gobierno y al ascenso de un presidente civil, luego de diecisiete años de terrible tiranía.

Según se veía en las calles, la alegría había llegado. La gente abrazaba a sus recientes apaleadores, había rondas de personas felices que veían como el país inauguraba una primavera luego del invierno trágico del tirano. Se respiraba un aire parecido al de la libertad.

Pero la esperanza de la gente, el optimismo de quienes vivieron tres lustros de vida precaria, triste y sin futuro, los que sintieron ese largo presente de miedos, los que soñaron vivir en un país en el que morir fuera un proceso natural y no la posibilidad a la vuelta de la esquina, esos y más, fueron traicionados al otro día del festejo.

Chile cambió, decían.

Lo que venía entonces era reconstruir el país democrático por el que la gente castigada había luchado desde el primer momento. Venía la justicia esperada para más de tres mil compatriotas asesinados o hechos desaparecer. Venía el reconocimiento para quienes habían caído en manos de los torturadores. Venía la justicia esperada para los trabajadores que por todo ese lapso habían sufrido una pobreza agravada por la represión y el  terror. Venía la libertada para crear, para expresar ideas, para debatir y darle curso a la porfiada naturaleza humana. Se acercaba la desarticulación del andamiaje autoritario creado para servir a los más poderosos y ricos del censo.

Y vea lo que pasó.

En breve se dio forma a una dictadura sin dictador. A una tiranía por otros medios. A un sistema represivo y autoritario barnizado de democrático. Tomó forma el ideal de la dictadura contemporánea: esa que no parece serlo.

El año 2011 fuimos testigos de otro secuestro.

¿Recuerda usted el Consejo Asesor Presidencial para la calidad de la Educación?  Se instituyó el año 2006 para detener las movilizaciones estudiantiles y de profesores que exigían el cambio de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza que había sido promulgada el día 10 de marzo de 1990, por Pinochet.

El caso es que ese Consejo fue convocado con una mayoría que estaba por dejar las cosas donde mismo, luego de hacer como que se cambiaban. De hecho sus resoluciones fueron evacuadas sin el voto de los que no estaban de acuerdo con lo propuesto.

Y de las maravillosas movilizaciones que habían iniciado los estudiantes secundarios, ¡otra vez!, no quedó sino un reguero de decepciones y la intensa peste del gas lacrimógeno.

Doble contra sencillo: hoy el sistema intentará lo mismo.

Se van a apropiar de la idea de una nueva constitución. Se legitimará el Congreso como actor válido en el proceso. Harán ingreso los partidos políticos y detrás, las organizaciones gremiales y sindicales controladas por estos. Levantarán la mano los organismos de la “ciudadanía”. Vendrán los empresarios reclamando su justo derecho. Las iglesias dirán que sin ellos la cosa no vale.

Y de pronto, como de la nada, saldrá un cuerpo de nuevas ideas para una nueva constitución sin necesidad de la incómoda y latosa Asamblea Constituyente y se llamará al pueblo a legitimarla en un plebiscito, cuyos resultados se darán a conocer en medio de la celebración espontánea de mucha gente en la Plaza de la Constitución.

Cerca de allí, muchos sociólogos seguirán debatiendo el portentoso caso de la Revolución de Octubre, de la que se seguirá hablando por muchos años.




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