Bolivia y el regreso de la cuestión militar: Guerra híbrida y la mano visible de Washington y la OEA

Es un nuevo capítulo de la guerra híbrida. Una combinación de actos de guerra convencional, milicias irregulares y desorden criminal, apoyados en narrativa mediática y accionar diplomático. Cinco cursos de acción que revelan por qué en Bolivia no hubo una rebelión popular sino una agresión bélica altamente planificada.

El derrocamiento del gobierno popular de Evo Morales en Bolivia confirma que la cuestión militar está de vuelta en América Latina, como resguardo de los planes de Estados Unidos para el control civil y político de su «patio trasero», y garantía para la apropiación de las enormes riquezas naturales de la región: en este caso la Amazonia, los hidrocarburos, el litio, el coltán.

Es un nuevo capítulo de la guerra híbrida. Una combinación de actos de guerra convencional, milicias irregulares y desorden criminal, apoyados en narrativa mediática y accionar diplomático. Cinco cursos de acción que revelan por qué en Bolivia no hubo una rebelión popular sino una agresión bélica altamente planificada.

La guerra híbrida se puede definir como una combinación en un campo de batalla de fuerzas regulares y actores no estatales, ciberataques, tareas de espionaje y propaganda, campañas de desestabilización y otras herramientas para deponer Gobiernos. Es una disputa que tiene por protagonistas principalmente a Estados Unidos , China y Rusia, pero que se extiende y anida en distintos escenarios del planeta: Ucrania, Siria, Libia, Venezuela, Líbano, Nicaragua.

En América Latina, las luchas sociales en Chile o Ecuador, el golpe de Estado en Bolivia, la intervención estadounidense en Venezuela, las elecciones en Uruguay, la prisión de Lula, las políticas del FMI, el avance de las iglesias evangélicas, el retorno al militarismo, la violencia en las ciudades, la migración, el racismo, son expresiones de esa guerra global.

Esta guerra, aunque no se quiera aceptar, ya es parte de todos los ámbitos de la vida del ser humano y condiciona su propia sobrevivencia como especie, señala el exvicecanciller ecuatoriano Kintto Lucas.

Afortunadamente el golpe ahora tiene el apoyo de la Biblia que fue exhibida como la guía colectiva tanto por el líder paramilitar cruceño Luis Ernesto Camacho como por la autoproclamda presidenta interina Janine Añez.

La Biblia es el símbolo de la población rubia de ojos celestes y de mucha riqueza que predomina en el grupo civil amotinado, en contraposición a los símbolos de las integrantes de los pueblos originarios, que sin dejar de ser católicos rinden tributo a la Pachamama (la madre tierra) y a la bandera multicolor símbolo.

«El odio acumulado por la plutocracia en una Bolivia donde la dominación oligárquica se funda en un discurso de superioridad étnico racial es el aglutinante», señala Marcos Roitman. Alcaldes atados a los árboles, obligados a caminar de rodillas, insultados, sacados de sus hogares, apaleados, amenazados de muerte. Y un pueblo que sale desarmado a defender su lucha, su historia.

La violencia en manos de hordas fascistoides suple y complementa la acción de las fuerzas armadas y la policía amotinada. Una situación novedosa en la técnica del golpe de Estado, sin olvidar el anticomunismo ultramontano, un fantasma fuera de moda, pero que siempre viene bien para manipular poblaciones.

Camacho les ha devuelto a miles la ilusión de liberarlos, usando la Biblia y la oración., Camacho no está solo, es muy claro: tiene un apoyo financiero, logístico y de inteligencia muy poderoso. Camacho logró lo que la oposición tradicional boliviana no había logrado durante años: sacar a la gente a la calle, adorarlo y arrodillarse, orar levantando los brazos al cielo, para luego escucharle su arenga de promesas de amor y libertad.

Destruir la integración

Para eso fue necesario ir minando todas las instancias de integración regional para poder involucrar a las Fuerzas Armadas en asuntos de orden público, en la vida electoral, su involucramiento en la violación de los derechos humanos, la militarización del supuesto combate a las drogas, en la represión de las migraciones, en situaciones inspiradas, estimuladas por la política militar estadounidense en la región.

También fue necesario rescatar el belicista Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), para tener otro frente –y éste miltar- de ataque contra Venezuela, Bolivia, Nicaragua, o quien osara enfrentarse a las políticas de Washington.

Donald Trump, el presidente estadounidense, lo dejó en claro: «Ahora estamos un paso más cerca de un Hemisferio Occidental completamente democrático, próspero y libre. Estos eventos envían una fuerte señal a los regímenes ilegítimos en Venezuela y Nicaragua», dijo.

«Estados Unidos aplaude al ejército boliviano por acatar su juramento de proteger no sólo a una persona, sino a la Constitución boliviana (…). Después de casi 14 años y su reciente intento de anular la Constitución boliviana y la voluntad del pueblo, la partida de Morales preserva la democracia y allana el camino para que el pueblo boliviano haga escuchar sus voces», dijo Trump, dejando en claro la participación de su Gobierno en el golpe a Morales.

En Brasil, el presidente, el vice, numerosos parlamentarios y más de la mitad del gabinete presidencial son militares, de estrecho vínculo con EE UU: un militar brasileño es hoy vicecomandante de interoperabilidad del Comando Sur.

El Gobierno de Jair Bolsonaro aprobó un acuerdo bilateral para el lanzamiento de satélites, cohetes y naves desde la base de Alcántara y firmó un acuerdo con la Guardia Nacional del Estado de New York. En Uruguay, el exgeneral Guido Manini obtuvo con un partido ultraderechista, Cabildo Abierto, once por ciento de los votos en la elección de octubre, logrando tres senadores y 11 diputados.

La influencia del Comando Sur estadounidense en Centroamérica es decisiva y la actuación de los militares es clave en seguridad interna, supuesta lucha contra el narcotráfico, frenar la migración hacia EE UU, en materia ce seguridad interna y en la defensa de Gobiernos corruptos e impugnados.

En México, la creación de la Guardia Nacional para combatir el crimen organizado no ha implicado la desmilitarización de la «guerra contra las drogas». En Venezuela, el principal sostén del Gobierno de Nicolás Maduro son los militares.

En Colombia, el lentísimo avance por parte del Gobierno de los compromisos de la paz acordada con las FARC y el fracaso del diálogo con el ELN es en parte causada por la presión de las Fuerzas Armadas, financiadas y preparadas por Estados Unidos, hoy preocupadas por las crecientes denuncias de sistemáticas violaciones a los derechos humanos y a la presentación de falsos positivos (campesinos asesinados y vestidos como guerrilleros para mostrar victorias militares).

El presidente Lenín Moreno, en Ecuador, necesitó del respaldo y la represión de las fuerzas armadas para imponer el paquetazo de medidas neoliberales. Su foto junto a los cuatro representantes de las fuerzas armadas puso en evidencia el papel castrense en el sostenimiento de un Gobierno impopular. En Chile, Sebastián Piñera quiso imponer más medidas neoliberales y logró un estallido social. Su respuesta fue decretar el estado de emergencia y aplicar mano dura de la mano de Carabineros y Fuerzas Armadas.

Para el vicerrector de la Universidad argentina Torcuato di Tella, Juan Gabriel Tokatlian, lo ocurrido el domingo 10 de noviembre en Bolivia se enmarca en lo que algunos analistas llaman el neogolpismo, encabezado abiertamente por civiles y con apoyo tácito o complicidad explícita de las Fuerzas Armadas, de forma de que la violación constitucional sea menos ostensible y preservar una semblanza institucional aunque sea virtual.

Apostar contra la democracia

Desde el estallido de la crisis económica en 2008, la oligarquía financiera global y su articulación con las elites regionales dejaron de apostar a la democracia, señalan Matías Caciabue y Paula Giménez, investigadores del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico.

Fue justo al mismo tiempo que los pueblos de la región lograban consolidarla como herramienta de organización, con capacidad de otorgar niveles de reparación económica y justicia social para las inmensas mayorías de la región más desigual del planeta, Este duro presente, caracterizado como el de una región en disputa, comenzó con el golpe civil y militar contra Mel Zelaya en la Honduras de 2009.

A este rosario se agregan el intento de golpe de Estado también en Bolivia en 2009 y que la rápida intervención de los países de la región y de los organismos de integración bloquearon el derrocamiento jurídico-mafioso de Fernando Lugo en el Paraguay de 2012.

Se suma el golpe continuado en Venezuela desde el fallecimiento de Hugo Chávez en 2013, que escaló con las guarimbas y el inicio de las sanciones económicas estadounidenses de 2015, y la guerra de carácter no convencional desde la segunda asunción de Nicolás Maduro en este 2019 (sin olvidar, por supuesto, el golpe de abril de 2002 y el paro petrolero de 2003).

No se puede olvidar el desgaste jurídico-mediático del gobierno de Cristina Fernández en 2015 y el posterior triunfo de Macri y su alianza Cambiemos (recordando también el golpe patronal agrario de 2008) ni el impeachment (juicio político) contra Dilma Rousseff en 2015 y la criminalización de la militancia del Partido de los Trabajadores.

Ni la posterior detención por probados mecanismos del law-fare (guerra jurídica) de Lula Da Silva que, de estar en libertad, habría ganado las elecciones de 2018 en Brasil, donde finalmente se impuso el ultraderechista Jair Bolsonaro.

Y hay que mencionar las traiciones por parte de Lenín Moreno en Ecuador y Nayib Bukele en El Salvador que expresan defecciones de los sectores burgueses a los programas de transformación en los que estaban inscritos, además de los movimientos destituyentes contra el sandinismo en Nicaragua de 2018, a pocos meses de unas elecciones donde Daniel Ortega obtuvo más del 72% de los votos.

Hoy, ante nuestros ojos se edifica en Bolivia una dictadura cívico-militar que ha aplicado una fuerte censura mediática y ha empezado a detener a activistas sociales, dirigentes políticos y funcionarios del Gobierno constitucional, bajo el ala de Estados Unidos, la secretaría general de la Organización de Estados Americanos y el Grupo de Lima (de respaldo a las políticas injerencistas de Estados Unidos).

A destruir lo construido

Lo que tanto costó construir en tres lustros del Movimiento Al Socialismo puede desaparecer en horas o días. Los logros sociales, económicos, étnicos, culturales, de género que hicieron de Bolivia un ejemplo en programas de salud, educación y vivienda serán demonizados, considerados los causantes del golpe de Estado.

Hoy, América Latina sigue atrapada en una inserción defectuosa en la economía mundial. Habiendo abandonado el proyecto de industrializarse desde la década de los años 80, Latinoamérica sigue siendo prisionera de una tragedia que se llama extractivismo. La industria extractiva siguió jugando un papel clave en la economía boliviana. El oro, el zinc y el gas llegaron a representar cerca de 65 por ciento de las exportaciones totales.

Lo cierto es que el Gobierno de Evo Morales procedió a nacionalizar el sector hidrocarburos (las trasnacionales permanecieron como los grandes operadores del sector) y que los impuestos y regalías que el Gobierno pudo renegociar con esas compañías le permitieron alimentar sus programas sociales y proyectos de inversión.

Los ricos y blancos del oriente boliviano, de la selva y la patria sojera están felices Seguramente como en setiembre de 1973 en Chile, tienen ahora oportunidad de hacer buenos negocios, como en la Argentina neoliberal luego de diciembre del 2015.

El neoliberalismo ha socavado la democracia durante 40 años, dijo el premio Nobel estadounidense Joseph Stiglitz. ¿De qué nos sorprendemos, entonces?

La derecha nacional e internacional nunca le perdonó a Evo Morales, un indio aymara, que se tuvo que campesinizar para hacer frente a los estragos del neoliberalismo, que nacionalizara los recursos naturales de Bolivia el 1º de mayo de 2006, tan sólo tres meses después de tomar posesión, y convocara a una Asamblea Constituyente que otorgaba derechos como nunca en la historia a las mayorías sociales, al sujeto indígena originario campesino, recuerda Katu Arconada.

Bolivia debía pagar sus pecados: pasó de ser el país más pobre de América, a ser el país con el mayor crecimiento de América: incrementó su PIB en un 400 por ciento. El salario mínimo aumentó en mil por ciento, Terminó la discriminación para con indígena y se creó la República Plurinacional de Bolivia. Se promovió la cultura y el respeto al medio ambiente, el amor a la Pachamama.

Se creó una nueva Constitución que le dio derechos a los trabajadores, a los campesinos, a los estudiantes, a las mujeres y a los indígenas; se nacionalizó el gas y el agua. Se construyeron más de 25.000 kilómetros de carreteras, 134 hospitales, 7.191 centros deportivos, 1.100 escuelas. El analfabetismo pasó de 22,7 por ciento a 2,3 por ciento.

Se pusieron en funcionamiento 12 fábricas de litio, tres de cemento, dos fábricas automotrices, 28 de textiles y se crearon 12.694 cooperativas. Ah, se eliminaron las ocho bases militares que EE UU tenía en Bolivia, y se desarmaron las misiones de la USAID, la DEA y la CIA. Y Bolivia hasta lanzó su primer satélite, el Tupac Katarí.

¡Imperdonable lo que hicieron estos indios!

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