Adamsita, el gas que dará un nuevo nombre del fracaso político del gobierno.

La violencia, como un fenómeno de defensa primaria, a comprender que la violencia, por parte de las figuras del Estado, es engranaje de una maquinaria de intervención sobre las ideas que usa como medio la operación y el control sobre los cuerpos.

En las últimas horas se han dado a conocer las consecuencias en personas de las nuevas formas de disipar las manifestaciones por parte de las fuerzas del orden en Chile.

Lejos de la paz, lejos del intento por llegar a un verdadero acuerdo -no entre élites, sino con la población demandante y organizada- la violencia aplicada en el nombre de la paz, como intención de legitimación de un marco vengativo de la política, ha ido in crescendo

Desde las lacrimógenas hasta los balines, lo que hoy están utilizando es la Adamsita. Gas verdoso descubierto y utilizado en la primera guerra mundial también conocido como difenilaminoclorasina, cloro de fenarsazina o DM. Este gas es del tipo estornutatorio-vomitivo. Su composición está contenida por más de 20% de arsénico, con lo cual, su exposición en ciertas condiciones no tan extremas, puede ser hasta letal. 

Los casos conocidos han llegado a la pérdida de la sensibilidad en zonas periféricas del cuerpo, hasta la alteración del estado de conciencia con desorientación témporo-espacial. 

Es preciso entender que el inicio de la violencia es el fracaso de la política. Esto, más allá de la obviedad, es la demostración de la imposibilidad de unos por el gobierno de todos -o mínimamente de la mayoría- demostrado por la derrota de los métodos políticos anti revolucionarios.

Es decir, cuando el convencimiento de los disidentes fracasa, cuando la incorporación de las ideas innovadoras no tiene lugar al interior del gobierno, se articula todo un aparato ideológico violento contra estas ideas con el fin de la aniquilación de las mismas. Desde las estrategias del terror basada en FakeNews (noticias falsas) para la generación de inseguridad en la población con el fin último de la utilización de un estado policial de control, pasando por las estrategias vengativas dentro del marco judicial, es decir, la ley de seguridad del Estado que implica la exageración de condenas para aquellos que sean descubiertos cometiendo violencia pública como el caso “violentísimo” del profesor que rompe y evade un torniquete del metro, hasta las medidas bélicas para la dispersión de los manifestantes en los espacios públicos. 

A contrario como piensa la mayoría, la utilización de estrategias antidisturbios no tienen como fin controlar a sólo aquellos que causan los mismos, sino que, al igual que las medidas anteriores, su fin amedrentar a toda la población. La generación de miedo de noticias falsas supone que toda idea que no se alinee con los principios del gobierno son ideas ligadas al terrorismo internacional; o la ley que obliga una excesiva precaución de que todo acto político subversivo puede ser castigado con penas altamente ridículas, o bien, que el solo hecho de estar en el espacio público en concordancia con el pregón de ideas comunes puede obtener como resultado desde la irritación de las mucosas hasta la mutilación ocular pasando por la alteración del cuerpo y la conciencia. 

Es de carácter primordial extender la mirada de lo particular de la violencia, como un fenómeno de defensa primaria, a comprender que la violencia, por parte de las figuras del Estado, es engranaje de una maquinaria de intervención sobre las ideas que usa como medio la operación y el control sobre los cuerpos.

Desde un cuestionado uso de la legalidad para utilizar a los militares en la calle con métodos anti constitucionales hasta la modificación de la efectividad bélica del armamento de las fuerzas de orden, el argumento de la actitud reactiva de una victimosidad cívica del gobierno se destruye ante el fracaso político de la palabra en Piñera que presenta toda la violencia como la única forma del gobierno de las ideas. 



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