Piñera, borrosa caricatura de Goebbels

El negacionismo del presidente, el cinismo amplificado y reformulado de un mandatario repugnado por casi todo el país, con los mayores niveles de rechazo de toda la historia reciente, nos conduce a otras escenas con bases discursivas, políticas y también operaciones similares

El gobierno ha contratado a la agencia Walter Thompson para el ejercicio de una campaña comunicacional referida a la crisis social emergida desde el 18-O con un presupuesto, a cargo del Fisco, de poco más de 200 millones de pesos. Una campaña aún en preparación que a modo de reseña, de spoiler, apunta al vuelco lingüístico, al doblaje, en suma, a la confusión. Lo negro puede  llamarse blanco y en determinadas circunstancias representarse como tal.

Las comunicaciones y el lenguaje tiene ese poder. Hablar de violencia, de vandalismo, de barricada y contrastarlo con paz, unidad, la armonía social. La publicidad y el marketing electoral usan desde hacer tanto tiempo esta estrategia. Uso y abuso hasta destrozar la democracia.

Piñera nos hizo un adelanto de esta campaña. En la entrevista que le dio a la CNN en Español hace más de una semana cuestiona los informes de las cuatro organizaciones humanitarias que han denunciado violaciones a los derechos humanos bajo su gobierno y afirma, con absoluta convicción, que los registros en imágenes de evidentes abusos, torturas, apremios ilegítimos, disparos de perdigones por parte de Carabineros de Chile son montajes realizados en el extranjero.

Piñera desde el inicio de la crisis dijo que el país estaba en guerra contra un enemigo poderoso y no ha cambiado de opinión. Porque es eso, solo opiniones, ideas, elucubraciones. Cuando intentó levantar argumentos con un informe sobre entradas y nombres en las redes sociales, el resultado ha sido un fracaso. Si el gobierno intentó demostrar la injerencia extranjera en el estallido social, el informe mostró su total levedad e inconsistencia. Un fiasco. O, peor aún, un ridículo de proporciones.

En espera está la campaña de Walter Thompson. Es probable que continúe con esta misma estrategia: crear al enemigo poderoso e implacable, aquel que justifique su guerra. En esta escena, se ha escrito mucho y se ha hecho bastante. Vale recordar a Goebbels, por cierto, pero mejor  es la distopía orwelliana. El británico acuñó la expresión de neolengua en su novela 1984.

El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes, tenía en su fachada a lo menos tres consignas: “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “la ignorancia es la fuerza”. Había otros ministerios, el de la Paz, para los asuntos de guerra, el Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden, y el Ministerio de la Abundancia, al que le correspondían los asuntos económicos. Aquel totalitarismo descrito hacia mediados del siglo XX, asignado entonces al estalinismo, ha devenido en una especie de totalitarismo neoliberal, el que se expresa y reproduce en la palabra.

Cuando escuchamos a la ministra secretaria General de Gobierno, o al ministro del Interior y al mismísimo presidente invertir el lenguaje y la realidad podemos pensar en Orwell. El cinismo llevado a nuevas dimensiones termina de crear realidades de la nada. Hay incidentes que se justifican, otros se relativizan. Los más complejos, se niegan con mentiras levantadas cuan verdades. La última se trata de un montaje, un equipo audiovisual en el extranjero preparando escenas para incriminar a la policía y a su gobierno. Lo dijo el presidente con todas sus letras, pero no entregó detalles.

No lo hizo porque no los hay. De ahí que en las redes sociales la etiqueta de “mentiroso” se ha mantenido en las grandes tendencias durante las últimas horas y días. Negar las imágenes es también negar las muertes, los heridos y mutilados por los agentes del estado. Y eso es muy grave. Piñera ha levantado un enorme muro entre su gobierno, una clase política que lo arropa y la gran población movilizada.

El negacionismo del presidente, el cinismo amplificado y reformulado de un mandatario repugnado por casi todo el país, con los mayores niveles de rechazo de toda la historia reciente, nos conduce a otras escenas con bases discursivas, políticas y también operaciones similares. Piñera ha comenzado a levantar un relato que no dista mucho de un Pinochet.

Hace pocos días atrás el informe anual del Instituto Nacional de Derechos Humanos constató que desde octubre en adelante las violaciones a los derechos humanos solo han sido superadas en masividad y violencia por la dictadura. Son las peores desde 1989. En las acciones, y también similitudes discursivas.  Vale recordar.

La dictadura optó por el término “liberación (de las garras del marxismo internacional)”, que generaba un nuevo lenguaje. El régimen chileno vaciaba, mutilaba, eliminaba -así como los cuerpos- expresiones y términos, en un intento de invertir o disfrazar el evento más violento de la historia chilena del siglo XX. Todo el esfuerzo discursivo era un gran ejercicio de legitimación.

Los asesores comunicacionales de la dictadura, en el documento “Campaña de penetración psicológica masiva” sugerían a la Junta Militar hacia finales de 1973 mecanismos para cargar de elementos negativos el gobierno de la Unidad Popular e instalar, a través de un “programa de guerra psicológica”, el golpe de estado como una acción liberadora.

Bajo el mando del psicólogo Hernán Tuane, la campaña comunicacional, de una inspiración goebbeliana, lo que no escondía su rusticidad, buscaba generar un clima de “angustia”, “neurosis”, “tragedia”, “inseguridad”, “peligro” y “miedo”, percepciones que eran apoyadas con una campaña de mentiras para justificar el golpe. El Plan Z fue una de las grandes demostraciones de esa estrategia tosca comunicacional.

En estos días la nueva campaña está en marcha y no da tregua. Hasta el momento las declaraciones del gobierno nos pueden parecer ridículas, rústicas y cínicas, pero el discurso sigue en vuelo. Tampoco merece desprecio porque con la ayuda de nuevos expertos  probablemente se colará por las redes sociales. Y en los últimos años hemos visto cómo estas empresas han logrado dar vuelta elecciones y plebiscitos.



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