Visión socio-histórica de la clase política chilena

La élite política siempre ha tenido una posición de desconfianza hacia los movimientos populares y las revueltas, para mantener esta posición ha enmarcado y reformado el Estado de tal manera que preserve su propio interés de clase.

La reproducción de la clase política en Chile, y más generalmente en América Latina, se remonta a su independencia en los años 1810-1818. La élite política, la gran mayoría de la cual tiene una relación  directa o semidirecta con España y el resto de Europa, tomó el control del Estado desde el principio, obstaculizando así el desarrollo de las fuerzas productivas en su lucha por la autodeterminación, impidiéndoles afirmarse como una élite esencialmente política.

Esta élite ha sido apoyada en los últimos decenios por una élite económica especulativa del mercado. Por consiguiente, la limitación voluntaria del desarrollo industrial ha impedido la aparición y la hegemonía de las clases productivas. Por eso la élite política siempre ha tenido una posición de desconfianza hacia los movimientos populares y las revueltas, y para mantener esta posición ha enmarcado y reformado el Estado de tal manera que preserve su propio interés de clase.

Según Salazar:

     «El control irrestricto del Estado es el único instrumento hegemónico, pero también la principal arma de resistencia de la élite contra las clases productivas. Todo esto explica la ferviente defensa de las Constituciones centralistas, autoritarias, puramente políticas, que garantizan el mantenimiento de una relación orgánica con la clase política militar. »

Durante los primeros años de la independencia, las elites del país lucharon violentamente por el poder político. Hubo una gran inestabilidad entre 1810 y 1828. Como nueva república, Chile tuvo que pasar por varias guerras civiles y siete textos constitucionales antes de lograr una constitución estable en 1833. Sólo siguieron dos guerras civiles más, en 1925 y 1980. Sistemáticamente, para estas tres constituciones, se tuvo que formar una alianza civil-militar para imponerse.

Por ejemplo, en 1833 los conservadores, que tenían todo el poder económico-militar, derrotaron a los liberales. En la constitución de 1925, los militares intervinieron para destituir al parlamento e imponer un régimen presidencialista que garantizaba la autoridad y el orden. En 1980, se redactó la Constitución, como ya hemos demostrado, para imponer un sistema económico y autoritario. 

En este contexto, la élite política siempre ha impedido el desarrollo del capitalismo industrial en favor del desarrollo del capitalismo de mercado y el establecimiento de un Estado de libre comercio. Esta construcción del Estado fue el corolario de una lucha de clases entre la élite propietaria del Estado y las clases productivas sin relación con el Estado o los mercados.  Las luchas fueron violentas y la clase política siempre ha puesto en marcha las mismas estrategias para responder a ellas:

– La no incorporación de los intereses productivos en las políticas estratégicas del Estado;

– Implementación de una sangrienta represión militar contra las clases productivas y los movimientos revolucionarios;

– Bloqueo de los derechos civiles y sindicales, negación de la soberanía, de los grupos populares en relación con la producción;

– Adopción de una línea de defensa conservadora y establecimiento de un control monopólico del poder constituyente;

– Privilegios permanentes de intereses mercantiles, banqueros y especulación financiera sobre los intereses industriales;

– Monopolización del estado por la misma clase política;

– Adopción de tratados de libre comercio con las principales potencias mundiales para fortalecer los intereses mercantiles-financieros por encima de los intereses industriales productivos.

G. Salazar afirma que algunas de estas estrategias, que se han puesto en práctica repetidamente desde 1811, siguen presentes en el modus operandi del Estado actual, en particular en lo que respecta a los tratados comerciales y la exportación de recursos como el cobre, la madera y el litio. 

Además, como ya hemos señalado, las ciencias sociales en Chile han hecho poco trabajo en la sociología de las elites. A pesar de esta falta de literatura científica, podemos destacar el estudio empírico-estadístico realizado por Joan Reimer en 1971 sobre la Circulación Interna de la Élite Chilena entre 1917 y 1967. Esta obra se inspiró en el trabajo sobre las elites propuesto por Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels. La idea central de Reimer es la siguiente:

«Había una circulación de élites, cuya velocidad podía ser muy lenta, rápida o intermedia. La circulación puede ser lenta, cuando los poseedores del poder permanecen hasta el final de sus vidas, las posiciones pueden ser asumidas por sus herederos en una sucesión de padres a hijos. La circulación es rápida, cuando se produce una sustitución gradual y suave de una élite a otra, hasta que se produce una sustitución violenta, generalmente por una revolución.

 Reimer, al aplicar estos conceptos a la élite chilena, se da cuenta de que el Partido Conservador estaba compuesto por líderes que siempre pertenecían a la misma categoría social: pertenecían a la élite patricia, estaban asociados al Club de la Unión y tenían títulos universitarios. Por otro lado, en el Partido Comunista, entre 1922 y 1927, la mayoría de los dirigentes no tenían una educación secundaria y la mayoría de ellos eran trabajadores. En cambio, entre 1957 y 1967, el 53,3 por ciento de los líderes comunistas tenían títulos universitarios. En consecuencia, en la cúpula del partido, la participación de los trabajadores se había vuelto muy baja en comparación con los primeros años del PC. Además, cuando el Partido Liberal, el Partido Comunista y el Partido Radical llegaron al poder durante el período 1938-1948, la circulación interna de los dirigentes disminuyó considerablemente. Podemos observar un fenómeno similar después de que los Demócratas Cristianos llegaron al poder después de 1958. 

Luego, el sistema político admitió la alternancia de los partidos en el ejercicio del poder y la llegada de todos los líderes de los partidos políticos al espacio público. Esta tendencia también sigue presente en la distribución del poder en las dos coaliciones que han regido el modelo económico y político en los últimos cuarenta y cinco años.  Reimer también señala que antes de 1937 el movimiento de las élites era muy lento, la vieja aristocracia y la nueva oligarquía tenían el monopolio del estado. Sin embargo, observa que entre 1937 y 1965 hubo mucha circulación. Este período corresponde al período en que los partidos populistas llegaron al parlamento e incluso a la presidencia. Después de 1964 esta circulación cayó drásticamente, ya que los partidos populistas tendieron a mantener su hegemonía durante mucho tiempo, impidiendo efectivamente que nuevos líderes llegaran al poder. Podemos trasladar esta lenta circulación al período actual, ya que la mayoría de los líderes políticos, tanto de izquierda como de derecha, comenzaron su carrera política en el gobierno de Allende y durante la dictadura de Pinochet. De hecho, están bloqueando cualquier posibilidad de renovación radical del campo político. El hecho de que la mayoría de los líderes actuales tengan 45 años de experiencia en el ejercicio del poder, en el parlamento o en el gobierno, es indicativo de esta esclerosis de la clase política.

El trabajo de Oscar Muñoz Goma y Ana María Arriagada sobre los orígenes políticos y económicos del «estado empresarial» de Chile es uno de los proyectos académicos más interesantes en el campo de la sociología política. Su trabajo se centró en la formación de partidos populistas durante los años 1936-1973. Esta investigación no se centra en el CPC en sí mismo, ni en el sistema de partidos, sino en el funcionamiento del estado empresarial.

En 1998, el trabajo del actual ex-senador Ignacio Walker, pretendía responder, en forma de investigación, a la siguiente pregunta: ¿quiénes son los políticos chilenos? (Quienes son los políticos chilenos?). Esta investigación tiene como objetivo configurar una especie de morfología de la élite política del país. Según Walker, esta morfología surge de las protestas de 1983 contra el régimen dictatorial de Pinochet. Cabe señalar aquí que de las 129 personas que respondieron al cuestionario, el 68% eran profesionales políticos, el 84% pertenecía a un partido político y el 54% tenía un puesto de responsabilidad dentro de este último. La mitad de los encuestados tenían 55 años o más en ese momento. Así, la élite con la que trabajaba Walker estaba dominada por la generación más antigua, por políticos que tenían una amplia experiencia en el ejercicio del poder. Así pues, señala que esta generación desempeñó un papel decisivo en la transición neoliberal de los años ochenta y noventa.

En resumen, Walker en su investigación concluye que la reproducción de los profesionales de la política fue extremadamente fuerte en Chile y que la dictadura había impedido el surgimiento de una generación capaz de renovar o reemplazar la vieja clase política. Esta observación puede parecer bastante obvia si observamos el escenario político del país hoy en día: la mayoría de los actores políticos de la década de 1980 siguen siendo los principales actores de la política chilena.  Por ejemplo, Lagos, ex presidente durante el período 2000-2006, de 80 años de edad, quiso participar en las últimas elecciones de 2017. Michelle Bachelet, por su parte, gobernó durante dos períodos 2006-2010 y 2014-2018. Sebastián Piñera, de la misma manera, gobernó durante los períodos 2010-2014 y está gobernando el actual periodo 2018-2022.



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