“Rechazar para reformar”: Oye, pero no le tomen el pelo a la gente

Y así no vamos a lograr la paz que ellos mismos ponen como argumento de su negación al cambio. Un argumento ridículo, que señala que no pueden votar apruebo porque hay demasiada violencia en las calles, como si quedarse con lo que ya tenemos acabará con la violencia en lugar de aumentarla. Un atentado a la lógica. Una tomadura de pelo.

Toda persona, todo político, puede cambiar de parecer. Pero por favor no le tomen el pelo a la gente. No la tomen por tonta. A la gente que salió a las calles y que nunca antes tocó una cacerola. A la gente que votó por ustedes pero que ya no aguantó más las violaciones a sus derechos, cada día. A la gente que ha sufrido de tantas violencias durante estos meses de estallido. Sean valientes y digan que su vocación de rechazo es una vocación política, ideológica, como dijo la ministra Cubillos. No propaguen su apego a la carta magna escrita por unos cuantos bajo el fuego de la dictadura como una forma de cambio y mejoría. No es creíble.

Siento incredulidad, rabia y desconcierto cuando los escucho, sueltísimos de cuerpo, decir que ellos quieren rechazar para reformar, decir que su rechazo es un voto positivo, decir casi que votar rechazo es lo mismo que votar apruebo, que busca los mismo fines de un cambio social, más derechos y beneficios, pero de manera más rápida y eficiente. Siento decepción, aún más de la que ya acumulamos los chilenos, de la casta política, porque es impresionante constatar que siempre se pueden superar un poco más, acomodarse un poco más, manipular un poco más, con tal de cumplir su objetivo principal: cuidar la estructura del poder económico y político que los tiene a ellos como los privilegiados de un sistema desigual que se ha vuelto tan desigual que se ha convertido en fuego y protesta constante en las calles.

Siento vergüenza ajena al ver a Iván Moreira, a Jacqueline Van Ryselberghe, a Andrés Allamand, a Coloma y compañía, diciendo que lo mejor es tomar el bus de las reformas que el de la nueva constitución, porque así los cambios llegarán rápidos, y no en dos años, “si es que llegan”, como dice un actor en un vídeo de su campaña. Pero cómo pueden ser tan cara de palo, apropiándose del concepto de la reforma, cuando ellos han sido los enemigos número uno de esa palabra, “reforma”, cuando ellos fueron los que convirtieron el concepto de reforma en un sinónimo del infierno en el gobierno anterior, boicoteando cualquier intención de cambio más o menos profundo, acudiendo al tribunal constitucional cuando no les gustaba una deliberación democrática, pintando de castrista y de chavista lo primero que tocara el orden constitucional de Jaime Guzmán, ese diseñado para que el puñado de dueños de la plata manejara al puñado de dueños de la política, en un matrimonio indisoluble, acomodado, perpetuador de injusticias traducidas en hospitales públicos insuficientes, enfermos de cáncer condenados por la pobreza, pensionados pasando hambre, trabajadores pobres y endeudados pese a romperse el lomo cada jornada. Los mismos que se atrincheraron contra las reformas, hoy venden las reformas. Y nosotros debemos creer.

Toda persona, todo político, puede cambiar de parecer. Pero por favor no le tomen el pelo a la gente. No la tomen por tonta. A la gente que salió a las calles y que nunca antes tocó una cacerola. A la gente que votó por ustedes pero que ya no aguantó más las violaciones a sus derechos, cada día. A la gente que ha sufrido de tantas violencias durante estos meses de estallido. No chantajeen a los trabajadores que han perdido empleos, a los comerciantes que han dejado de vender como antes. Sean valientes y digan que su vocación de rechazo es una vocación política, ideológica, como dijo la ministra Cubillos. No propaguen su apego a la carta magna escrita por unos cuantos bajo el fuego de la dictadura como una forma de cambio y mejoría. No es creíble. Es contradictorio. No lo corroboran sus hojas de vidas políticas. Son promesas e ilusiones falsas. Pero por sobre todo son promesas irrealizables.

Porque esta Constitución, la que ustedes llaman a defender en abril, está diseñada para que los cambios tengan topes, está amparada en un tribunal que hará valer esos topes ¿Y cuáles son esos topes? los que mantienen vibrante la idea de la subsidiaridad del Estado, los que impiden que el Estado se meta en los negocios, en la propiedad de las siete familias, de las veinte familias que lo terminan gobernando todo. Una nueva salud pública, un ataque directo a las AFP, un nuevo manejo del agua, una verdadera defensa de los consumidores, una nueva legislación laboral, más poder para los sindicatos -que se traduce en mayores sueldos-. Todo cambio a aquello tendrá límites: los límites que ustedes han defendido durante treinta años, los límites que no permiten el Chile diferente -no necesariamente socialista-, el Chile más equitativo que vive como ilusión en alguna parte del cerebro de cada chileno luego del 18 de octubre.

Tienen todo el derecho a hacer campaña por el Rechazo a una Nueva Constitución; de hecho, habría que aplaudir el ejercicio democrático de su despliegue, pero lo que está haciendo la derecha ha sido patético, lejos de la altura que exige el momento histórico que vive Chile. Están llamando a Chile a quedarse con la Constitución de Pinochet a punta de promesas vacías, chantajes y mentiras. Y así no vamos a lograr la paz que ellos mismos ponen como argumento de su negación al cambio. Un argumento ridículo, que señala que no pueden votar apruebo porque hay demasiada violencia en las calles, como si quedarse con lo que ya tenemos acabará con la violencia en lugar de aumentarla. Un atentado a la lógica. Una tomadura de pelo.





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