Piñera: nos queda mucho Chile, pero ¿juntos?

Hoy nadie imagina un Chile futuro controlado por los mismos operadores del modelo neoliberal y los privilegiados de siempre, que se han apropiado de todo el territorio nacional, su gente y sus riquezas.

Si bien Sebastián Piñera es reconocido transversalmente como el mejor vendedor de humo que ha pasado por La Moneda – un mérito, porque tuvo allí buenos antecesores –  y un avezado experto en falsas promesas  y anuncios de ficción – que se sabe no se cumplirán – ha sorprendido con su ocurrencia en cuanto a que “nos queda mucho Chile juntos”.

A Piñera no le bastaron sus numerosos eslóganes que no pasaron de eso y que ya quedaron en el olvido, como “los tiempos mejores”, “comuna segura” o “clase media protegida”, todos ellos  alejados de la realidad  y sin relación alguna con la inseguridad e incertidumbre que se viven hoy,  sino que discurrió otro intentando llegar a la población que lo abandonó.

Queda de manifiesto que al presidente le hace falta un equipo de asesores y colaboradores que le hagan entender el significado y la profundidad del estallido social latente en el país,  porque al cabo de 4 meses él no ha logrado leer con precisión  el mensaje que conllevan las masivas manifestaciones populares registradas desde el 18 de octubre pasado.

El estallido se encuentra sólidamente enraizado en el pueblo e instalado por las grandes mayorías en las calles, ante lo cual al gobierno no le queda más que seguir debilitándose y retrocediendo. Frente a ello, el pueblo y las mayorías se encuentran expectantes por el momento en el que el mandatario tome una resolución que permita pronto una salida pacífica al estancamiento en que se halla el país.

La ciudadanía espera que lo antes posible el jefe de Estado llegue a tomar conciencia de lo que ocurre y se percate de que quienes lo apoyan se cuentan con los dedos de una mano – y sobran dedos –  y proceda a adelantar las elecciones presidenciales o convocar a un plebiscito que defina su continuidad en el cargo. O, sin más, dar un paso al costado antes que la crisis se siga agudizando y lleve a un desenlace que cuesta presagiar.

Obviamente nos queda mucho Chile, un país  en que los movimientos sociales emergentes y los jóvenes que asoman desde los centros estudiantiles y  la actual generación ni-ni ocuparán sus amplios espacios democráticos. Hoy nadie imagina un Chile futuro controlado por los mismos operadores del modelo neoliberal y los privilegiados de siempre, que se han apropiado de todo el territorio nacional, su gente y sus riquezas.

Cuando habla de “juntos” Piñera intenta no solo sacudirse de la soledad en que se encuentra  y tratar de acercarse a otros, que le han vuelto la espalda, sino que insiste en desconocer la existencia de clases sociales contrapuestas cuyas marcadas diferencias acrecientan las desigualdades. Estas constituyen uno de los motivos centrales que originaron el 18-O: más que la pobreza, a muchos indigna la desigualdad, social o económica. En la medida que la riqueza no se distribuya, no habrá orden público ni acuerdos por la paz.

¿”Juntos”? Desde un comienzo el gobernante se desentendió de la calle, los pobres y los patipelados que nunca estarán a su lado. Carece de adhesión popular y nadie quisiera acompañarlo en su orfandad clasista. Tampoco nadie sale espontáneamente a respaldarlo y las encuestas revelan que los partidos de la derecha política de su conglomerado y los que se dicen de “oposición”  marcan un ínfimo 2% de aprobación.

Para ganar tiempo el Ejecutivo se ha empeñado en nuevas leyes que son solo más de lo mismo en materia de inequidad. Una es la reforma tributaria, que no toca  a los superricos ni a las transnacionales, y otra la reforma de pensiones, que consagra la existencia de las AFP, el corazón del modelo. La agenda social que se reclama, que mejora las condiciones de vida de las mayorías, no aparece por ninguna parte.

Este Piñera deslegitimado y tambaleante es el mismo que hace justo un año vaticinaba que al presidente constitucional de Venezuela le quedaban muy pocos días. Preocupado de hacerse notar en el plano internacional y de congraciarse con el imperio yanqui, nunca quiso ver ni escuchar a los marginados que demandan una democracia plena, solidaria, participativa y distributiva. Ahora, paga las consecuencias.





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