Cuando el fracaso asoma la nariz, aparece el desquiciamiento

¿Desquiciados mentales? ¿Delincuentes comunes? ¿Neo fascistas enajenados? son reacciones de personas que creen ciegamente que ser mapuche, moreno, de izquierda, significa pertenecer a un sector poblacional que debe ser ‘eliminado físicamente’. Hay mucho de Heydrich, de Himmler y de Trump en ello.

Durante largas semanas he mantenido silencio y el teclado de mi ordenador ha permanecido en descanso, hasta ahora, pues resulta imposible esconder la cabeza cual avestruz y dejar que las estupideces fluyan libres y a su antojadiza voluntad, construyendo una situación que se agrava a cada momento.

En el trienio 1970-73 los chilenos vivimos algo parecido a lo que ha comenzado a ocurrir hoy. En esa época la lucha social aceleró su ardor con las diatribas de políticos y medios de prensa de lado y lado y, en menos tiempo de lo esperado se dividió el país entre quienes deseaban asegurar el satu quo dependiente y semi colonizado, y quienes querían soltarse de tales amarras para transitar por una vía distinta.

Ha pasado medio siglo desde entonces, y al parecer poco ha cambiado nuestra sociedad ya que durante más de cuatro décadas se mantuvo silente, obnubilada y aherrojada por un sistema económico que la envenenó a tal grado que dio paso al individualismo y a la política de consumo enfermizo que le intoxicó sus neuronas y envileció sus músculos sociales.

Durante esos 40 años pareció que la sociedad chilena difícilmente podría retornar a los niveles de agresividad y enfrentamientos de antaño. Después de todo, el dinero plástico, el endeudamiento feroz de las familias, la ausencia de solidaridad y el ‘ráscate con tus uñas’ le podrían asegurar a los dueños del billete y de las riendas mantener bajo control un país pusilánime y obsecuente. Craso error de los amos de Chile… y craso fracaso además. Cuatro décadas en las que se cocinó a fuego lento el caldo de la ira y la rabia, hasta que los primeros borbollones salieron a flote desde la olla social un 18 de octubre.

Luego, llegó el virus del COVID-19 y el establishment del viejo y corrupto duopolio político, que cohabita en La Moneda desde 1990 a la fecha, vio en ello su oportunidad para desestibar demandas y aguar manifestaciones, con lo cual podía resarcirse de derrotas recientes y continuar expoliando a placer.

Pero, el horno ya no estaba para bollos de corazón ultra neoliberal. Las actuales generaciones son distintas –y mucho- a las de 1970. Ni mejores ni peores, pero sí, muy diferentes. Lo que no ha cambiado es la clara división de clases y de ideologías que continúa imperando en el territorio nacional. El dinero plástico y el endeudamiento rampante no lograron el objetivo principal de las clases dominantes: quemarles las neuronas al 90% de los habitantes del país vendiéndoles la falsa imagen de pertenecer a una nación que está “a pasos del desarrollo” y que es “un ejemplo envidiable para todos las repúblicas del subcontinente”.

Las demandas no satisfechas impetradas por el estallido social del 18 de octubre 2019, sumadas a los efectos de la actual pandemia que atenaza al país, acompañadas por la saga de indecisiones y criticables actitudes de las autoridades nacionales, han rebrotado, reavivado, las iras de la masa. Y las redes sociales (inexistentes en 1970) resultan un factor de elocuente manifestación en contra de quienes llevan el pandero nacional y son dueños absolutos de esta larga faja de tierra.

Entonces, tal cual lo hicieran diarios como “Tribuna” en el trienio 1970-73, el establishment reacciona violenta y soezmente contra quienes tienen voz para protestar y aclarar situaciones en nombre de las mayorías. Y lo hacen cobardemente, ocultos tras identidades falsas, intentando vanamente copar las redes sociales puesto que son conscientes que en ellas siempre será mayoritaria la voz de quienes desean democracia de verdad, justicia social e igualdad de oportunidades. Así comenzaron… pero, hoy han alcanzado grados de estulticia, maldad y criminalidad dignas de atención psiquiátrica (y de comparecencia ante un tribunal).

Estimado lector, entérese usted de la amenaza enfermiza y delictual que cobardes delincuentes enviaron al correo electrónico de la presidenta del COLMED (Colegio Médico de Chile), doctora Izkia Siches, atacándola por haber intentado aclararle situaciones y acciones al gobierno derechista encabezado por el inefable y zigzagueante Sebastián Piñera.

Usted, por favor, lea y juzgue, pero no se altere, ya que hay demasiada coincidencia con lo que realmente hacían los criminales agentes del estado dictatorial en las sesiones de tortura y aniquilamiento en sitios como Villa Grimaldi, ‘el palacio de la risa’, ‘la venda sexy’, etc.

En fin, la Fiscalía Oriente inició una investigación, y el fiscal jefe de La Florida, Jorge Martínez, informó que «existe una orden de investigar vigente otorgada al Cibercrimen (PDI) para efectos de determinar la identidad de los autores de las amenazas”.

¿Desquiciados mentales? ¿Delincuentes comunes? ¿Neo fascistas enajenados? En honor a la verdad son reacciones de un pueblo enfermo, de personas que creen ciegamente que ser mapuche, moreno, de izquierda, significa pertenecer a un sector poblacional que debe ser ‘eliminado físicamente’. Hay mucho de Heydrich, de Himmler y de Trump en ello. Mucho.

No se agota allí el problema actual. En Vallenar, región de Atacama (provincia de Huasco), un grupo de enajenados trató de incendiar la vivienda de una familia que sufrió el contagio del coronavirus, pese a que había sanado y contaba con la correspondiente alta médica.

Sobre este caso, el diario derechista “El Mercurio”, publicó la opinión de Sara Correa, socióloga de la Universidad Diego Portales, para quien “estas actitudes son esperables en un contexto de pánico colectivo que se genera ante la cantidad de información que circula en estos días, lo cual provoca que “el miedo deje en segundo plano lo más racional (…) la empatía también deja de estar entre las prioridades. La especialista cree que esta respuesta que se está dando, deja ver «los valores de nuestra sociedad». «Una sociedad altamente individualista, en un contexto de una economía capitalista que va a generar una respuesta distinta (a los de) una sociedad donde se tienen valores más comunitarios o más compartidos»”

En resumen, lo que ocurre en Chile hoy, huele mal, se avizoran tiempos oscuros y la responsabilidad absoluta –toda ella- recae sobre los mandantes que asociadamente han gobernado el país desde 1990 a la fecha, siguiendo las aguas de los Chicago’boys y del totalitarismo social-económico-educacional-informativo implantado por el gremialismo de Jaime Guzmán bajo el amparo de bayonetas y fusiles.

De acuerdo a las encuestas conocidas, es precisamente lo que el 75% del país desea cambiar de un solo golpe. Constitución de por medio. Aún hay oportunidad para detener esta minoritaria locura neo fascista colonizada –violenta y poderosa- que patalea desesperadamente por evitar que el avance de los tiempos se asiente en el país.

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