¿Regreso a la normalidad en Chile? El descontento social en medio de la crisis sanitaria

Un poder Ejecutivo que decide sacrificar la salud ciudadana en el altar de la economía privada, convierte al Estado en un nuevo Leviatán, monstruo político oeconomicus espeluznante, hoy biopolíticamente modificado para ser más autoritario y más abominable que nunca.

Hay gente que llega a tal grado de sofisticación que leen sin leer. Como los hombres rana, atraviesan los libros sin mojarse.  Son los lectores-rana. Higiene del asesino, Amélie Nothomb, 1992

La primera vez que leí la expresión hombre-rana fue en la novela punzante de Amélie Nothomb. El personaje de la novela se refería a los que creen que la lectura solo sirve para culturizar, o para ser menos tontos o más inteligentes que los demás. Para el personaje, los lectores-rana son los que atraviesan los libros sin mojarse, y no tienen la más mínima idea de que la principal función de la lectura es transformar a las personas. ¿Transformar a una persona en algo mejor, o peor? Ese es otro debate y dependerá de tu relación con la lectura y de las lecturas que tengas.

El mes pasado recordé la metáfora del humano-rana y la usé para apoyar una idea. Fue la primer semana en que llegué a Chile, cuando participé en el taller de Teatro debate impartido por Cerro Escuela en el edificio del círculo de periodistas. Estábamos todos los participantes platicando sobre el estallido social chileno y su impacto sobre las conciencias sociales e individuales, cuando me animé a expresar aproximadamente esto:

No debemos atravesar los estallidos sociales como si fuéramos seres-rana.

En ese momento no imaginé qué impacto podría tener mi reflexión. Por los comentarios que recibí después me di cuenta de que sí, había calado. ¡Que lejos me parece ese tiempo en que todavía podíamos salir a caminar libremente, abrazarnos y bailar en un taller de teatro debate!

Hoy, después de un mes y medio de crisis sanitaria, de dramas humanos y de cuarentena, miro las noticias y percibo un desespero general por regresar a una normalidad imposible en medio de una crisis que aún no termina. Personalmente, puedo entender el ansia del trabajador informal, chileno o migrante, que gana su sustento en las calles diariamente; puedo entender el ansia de los obreros y trabajadores que temen por sus empleos y que están pagando de su propio bolsillo esta cuarentena[1]; puedo entender el ansia de todos esos micros, pequeños y medianos empresarios que temen por sus emprendimientos y su futuro financiero; también puedo entender mi ansiedad después de un mes y medio de cuarentena.

Pero hay un ansia con la que es más difícil empatizar y que no debiéramos de tolerar: es esa de los gobiernos por volver a lo que llaman la “nueva normalidad”. Esa ansia se expresa en anuncios como “vamos a reanudar las clases”, o se manifiesta en decisiones polémicas como por ejemplo el autorizar la reapertura de los centros comerciales bajo el pretexto de que viene el invierno y la gente necesita salir a comprar cosas para el invierno.

Con respecto al regreso a clases, pienso que si el Estado fuera un ser humano, con emociones, sentimientos y empatía, podríamos entender que esté preocupado por la salud mental de los niños, que no quiera que pierdan el año escolar, o simplemente quiera brindarle un descanso a papá y mamá cansados de soportar a sus hijos encerrados en casa. Entonces, sentado en su sillón con cara de tristeza, miraríamos al Estado y le diríamos en la cara: ¡no seas caballo! Lo que en chileno podría traducirse a: ¡no seai weón y no hablí weas! Luego le alcanzaríamos una taza de café y le levantaríamos el ánimo.

Pero el Estado no es ningún ser humano, y hoy el Ejecutivo chileno al mando parece no querer prestarle oídos ni atención a las demandas sociales urgentes en medio de esta pandemia. Un poder Ejecutivo que decide sacrificar la salud ciudadana en el altar de la economía privada, convierte al Estado en un nuevo Leviatán, monstruo político oeconomicus espeluznante, hoy biopolíticamente modificado para ser más autoritario y más abominable que nunca. Una imagen muy alejada del ideal de Estado benefactor, a la que parecía querer acercarse Chile desde octubre 2019. Hoy las cosas han cambiado, aunque es muy pronto para evaluar si hay regresión autoritaria o simplemente continuidad. Si bien se pasó de una crisis política a una crisis sanitaria, el manejo político de la crisis siguió siendo despectivo -cuarentenas parciales y casi exclusivamente en las comunas de gente adinerada- y siguió caracterizándose por su gestión autoritaria -toques de queda y militarización de la calles. En un video difundido por el medio digital El ciudadano, Mauricio Daza, abogado constitucionalista, denuncia el necroliberalismo que promueve el gobierno chileno a través de su fórmula propagandística de “nueva normalidad”.

Da la impresión de que el gobierno chileno desea volver a la normalidad como si el sistema hubiera atravesado la crisis política, y luego la crisis sanitaria, vestido de hombre-rana. La economía ha sido afectada, de eso no cabe duda; la vida de los chilenos también, ¿quién refutaría tal cosa?; ¿pero el sistema? Nada, ni un ápice. El sistema chileno es presentado como un poderoso sistema-rana que ha resistido todos los golpes y cuestionamientos sin tambalearse y sin cambiar ni su piel, ni su esencia.

Hora de volver a normalidad laboral y dudas sobre el calendario electoral…

Este domingo 26 de abril se debía celebrar el referendo constitucional chileno, que fue pospuesto con razón por la crisis sanitaria. Son dos preguntas las que tenían que responder los chilenos y que finalmente responderán el 25 de octubre:

1. ¿Quiere usted una nueva Constitución?  Las alternativas : «Apruebo» o «Rechazo».

2. ¿Qué tipo de órgano debiera redactar la nueva Constitución? Las alternativas: «Convención Mixta Constitucional» (asamblea conformada en un 50% por constituyentes elegidos directamente y 50% por miembros del actual Congreso) o «Convención Constitucional» (asamblea conformada por 100% de constituyentes elegidos).

Ese domingo 26 de abril podría haberse abierto un nuevo capítulo de la historia de Chile. Lamentablemente, en marzo se abrió paso una crisis que nadie se esperaba y que aplazó todo lo demás. En el artículo Del estallido social al estado de catástrofe  analizamos el paso de la crisis política a la crisis sanitaria. Ahora una pregunta legítima sería si Chile pasará de la crisis sanitaria actual a una nueva crisis política, o si lo que se avecina es una terrible mezcla de ambas. Esa angustia la llevan todos los chilenos en sus mentes: todos saben que en esta crisis sanitaria el invierno es un factor agravante, sobre todo si se juega con la salud de la gente defendiendo el regreso a una “nueva normalidad” en la que todos volverían a tomar los transportes públicos para ir al trabajo cómo si nada pasara. El lunes 27 de abril Chile contaba 13.813 casos confirmados de covid-19 y 198 fallecidos, una trágica cifra muy por encima de su vecina Bolivia, por ejemplo. Con respecto a Argentina, Chile esta pareja en número de fallecidos, pero Argentina, gracias a su cuarentena total, solo cuenta con 4.000 contagiados. Los vecinos sudamericanos que peor se encuentran son Brasil, Perú y Ecuador. En Brasil la cantidad de fallecidos por covid-19 ya superó los 4.500.

El 18 de abril, cuando en Nicaragua se conmemoraron dos años de la insurrección de abril, en Chile se conmemoraban seis meses del Estallido social. Un estallido joven, multigeneracional y popular que en menos de dos meses obligó al gobierno a ceder ante el reclamo constituyente. Y aunque en las calles muchos protestantes denunciaron una manipulación política por parte de representantes de los partidos de oposición y de partidos oficialistas, la verdad es que este plebiscito ha logrado canalizar políticamente la contestación sin que esta sea cooptada por algún partido político en especial. No deja de llamar la atención el que se haya escogido octubre 2020 como nueva fecha para celebrar el plebiscito. Quizás por eso el gobierno chileno hoy esté reconsiderando el calendario electoral. Y si bien los argumentos que avanza el ministro de salud son sanitarios, los chilenos disidentes comentan en redes que, si se atreven a aplazar el plebiscito, puede quedar la embarrada[2].

No existió tregua social durante la crisis sanitaria

Cualquiera observador extranjero que analice la comunicación del gobierno chileno dará cuenta de una serie de errores comunicacionales sumamente graves: pero cuando ya está uno sumergido en el contexto de la crisis política, cuando uno escucha y lee a los interlocutores de uno y otro bando y pasa a analizar los discursos, cae en la cuenta de que la comunicación del gobierno chileno obedece a reglas bien definidas de ofensivas, contra-ofensivas y provocación mediática a través de sus canales de televisión y de los medios de prensa más tradicionales.

Ante semejante coloso mediático que controla la comunicación oficialista, lo que hay enfrente es una oposición mediáticamente desarticulada, que se apoya esencialmente en redes sociales, algunos portales digitales, pero queda muchas veces atrapada en las trampas de la provocación comunicacional oficialista y no logra o no quiere liberar el debate del clásico eje ideológico izquierda-derecha que hoy sigue demarcando la cancha en la se juega la política chilena. Las portales políticos o gremiales se han focalizado en generar impacto social con videos de protestas y actos simbólicos, lo que ha dado buenos resultados, pero no le han acordado suficiente importancia al hecho de que pueden ser partícipes de la configuración de un nuevo proyecto político post-plebiscito.

Por ejemplo, la ciudadanía clama en redes por nuevos representantes que no sean figuras de los partidos políticos y eso explica (en parte) la popularidad de la opción convención constitucional. Actualmente, las páginas, portales y cuentas de periodismo disidente en Chile no han tomado conciencia de la importancia que tienen como promotores de los nuevos liderazgos políticos chilenos. Si el debate político se queda anclado en el tradicional eje izquierda-derecha, o se une cada bando o se resquebraja. Usualmente, en ese juego político de las alianzas, la derecha chilena tiende a mostrarse más hábil a la hora de alcanzar la unidad. O sea que, manteniéndose la oposición mediáticamente desarticulada y con la tendencia que existe a la polarización política, por más que gane la opción Convención Constitucional, si no hay unidad en la diversidad la oposición no va a poder salir del impasse político en el que está.

Muchos ciudadanos, al no sentirse representados, podrían verse tentados por la violencia política. Quizás lo que le haga falta a la oposición ciudadana sea un aparato mediático coordinado que propulse a los nuevos liderazgos de diversas organizaciones y gremios, canalice el debate político y promueva una nueva cultura política chilena de cara al plebiscito del 25 de octubre.

Volviendo al tema de la provocación mediática oficialista, podríamos pasar párrafos y párrafos comentando citas “desafortunadas” y contradicciones del ejecutivo. Pero hay casos en que una imagen vale por mil palabras. Por eso quiero a continuación volver sobre una imagen del 3 de abril pasado que causó mucho revuelo e impacto y que marcará la historia política chilena:

En medio de la pandemia, algunos ingenuos como yo pensaron que la crisis sanitaria daría lugar a una tregua social y que el gobierno adoptaría una postura más conciliadora para calmar los ánimos de la población. Estaba de veras muy lejos de la realidad y esta foto terminó de convencerme. Aunque pidió falsas disculpas después, argumentando que un impulso bonachón lo decidió a tomarse esa foto en la célebre Plaza de la Dignidad, centro neurálgico de las protestas sociales chilenas, la afrenta del presidente Sebastián Piñera encendió la ira de toda una ciudadanía en cuarentena.

La foto que se hizo tomar Sebastián Piñera simboliza un especie de victoria personal, solitaria y pasajera en plena cuarentena militarizada. Esta foto delata que, a pesar de las figuras retóricas, nunca existió la intención de aprovechar esta crisis sanitaria para reconciliar a los chilenos. En su ofensiva mediática, el gobierno aprovecha cada oportunidad para transmitir un mensaje claro: todo está bajo control. Me recuerda una metáfora que narra un personaje de la película francesa El odio (La Haine): es la historia de un hombre que cae y cae y cae y nunca deja de caer en un abismo tenebroso pero, en su eterna caída, sigue mintiéndose a sí mismo y piensa “hasta aquí todo bien”.

¿La noche del 27 abril marcará el inicio de un nuevo estallido?

Mientras los economistas se preguntan si la futura curva de recuperación económica será en forma de V, de U o de W, los pueblos siguen pasando hambre y no les interesa qué letra de alfabeto tendrán los futuros gráficos del PIB. Porque ni las promesas, ni las elucubraciones económicas, van a satisfacer sus necesidades más urgentes. Y es normal que en los países donde más desprotegida está la clase trabajadora, como en Chile (existen 300 mil nuevos cesantes desde marzo pasado),  más desesperación hay por volver al trabajo a pesar del riesgo sanitario que se corre. Al momento en que estoy por terminar de redactar este artículo me están llegando muchas publicaciones en redes y la más grave de todas denuncia que andan carros con gente armada disparando contra manifestantes y ya se reportan varios heridos.

La denuncia podría parecer ser fantasiosa si no fuera por un video publicado por Sebastián Izquierdo, líder del grupo extremista progobierno capitalismo revolucionario, anunciando esta misma noche que tienen fachos móviles en Valparaíso, Viña del mar, Santiago y Concepción: tengo autos con hombres armados dispuestos a destruirlos, declara Izquierdo, amenazando a los protestantes que habían anunciado  una movilización para la noche del 27 de abril, día de aniversario de los carabineros de Chile. Este tipo de provocación no es nuevo pero nunca había sido tan explícito el mensaje.

A pesar de las amenazas, esta noche tuvieron lugar las protestas más concurridas desde el inicio de la crisis sanitaria. Ya desde hace varios días se venían movilizando grupos ciudadanos en Mejillones, Putaendo y también en Santiago. Esta noche, Antofagasta, Iquique, Plaza de la dignidad y ciertas comunas y barrios de la capital fueron los principales focos de protestas ciudadanas. Cabe preguntarse si las protestas de hoy, en medio de la crisis sanitaria y con un país militarizado, abrirán un nuevo capítulo de las protestas sociales chilenas, o si sólo se trató de protestas puntuales para manifestar el rechazo al gobierno en el día de los carabineros.

[1] La ley de protección del empleo  facilita a las empresas para no pagar el salario a sus trabajadores, que sólo reciben el 70% de sus ingresos -que disminuye mensualmente- a través del seguro de cesantía. Los empresarios sólo están obligados a pagar el seguro de salud y el aporte del 10% mensual a las futuras pensiones.

[2]   En Chile: que quede la embarrada significa que el desorden y el descontenta pasan a ser predominantes. Aquí hay que entender el significado más político: si cambian el calendario electoral los protestantes volverán a las calles en masa.

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