Los juegos del hambre

En marzo el «doctor Mañas», quien fuera expulsado del Colegio Médico por falta a la ética, dijo «Nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta»

Quien no ha vivido el hambre poco puede hablar de él, poco puede entender la actitud temeraria de quienes no tienen opción y salen a gritar su desesperación.

Esta muerte llegó anunciada. La vivía la mitad de la humanidad y se sabía que no tenía remedio. Se sabía la alta contagiosidad y que la única alternativa era un sistema de salud robusto y cuarentena a full.

Mientras la letalidad del virus se exhibía por TV, el gobierno apostaba a mostrar las mejores cifras macroeconómicas de la región para mantener contentos a los inversionistas y a quienes se benefician de los bajos salarios y la expoliación de los recursos naturales.

En marzo el «doctor Mañas», quien fuera expulsado del Colegio Médico por falta a la ética, dijo «Nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta».  Está claro que jamás se había paseado por alguno de los hospitales públicos del país, que si bien cuentan con un buenos profesionales, en su mayoría, carecen de equipos técnicos, medicamentos, instrumentos de buena calidad e infraestructura que permita sostener una crisis sanitaria extrema como la que hoy estamos viviendo.

El «doctor Mañas», como el presidente «Patán», más su séquito de obsecuentes, solo vieron el negocio en la pandemia. Sacaron cuentas de cuánto negocio producirían los servicios externalizados de la salud: alimentación, exámenes médicos, servicio de limpieza, insumos varios y equipos médicos externos. Lo mismo hicieron las Isapres, las clínicas, las grandes empresas de ambulancias, muchos amigos y familiares del gabinete y del Congreso que tenían parientes en negocios ligados a la salud pública. 

Pensaron que esta pandemia bien manejada mejoraría la alicaída economía. Pensaron que poniendo al sector más favorecido de la población a resguardo, el resto podía sacrificarse en aras de sostener la productividad. Pero el jardinero o la nana que viajaba de la Pintana a Las Condes o Providencia, traía y llevaba el virus. En pocas semanas los contaminadores que habían traído de exóticas tierras la pandemia la habían diseminado. Varios de ellos viajando en avión a matrimonios, contaminando en sus lugares de trabajo, al fin, se decía que el virus no era letal para quienes no tenían enfermedades de base, tenían buena nutrición y eran jóvenes. Por desgracia, nuestro pueblo está mal alimentado, con grasas saturadas de la comida chatarra, era presa fácil para el virus. 

Fue ahí cuando la mejor salud del planeta sucumbió. También sucumbió el sueño de la «nueva normalidad» con el escalonamiento de la población infectada. Porque en la febril mente del «doctor Mañas» y el presidente «Patán», este gobierno lograría generar brotes controlados de personas infectadas. Mientras algunos trabajaran hasta infectarse, otros se mantendrían produciendo, para ir produciendo en forma escalonadas cuarentenas. De esa forma no habría saturación en los hospitales públicos, seguiría funcionando la economía y moriría los que tenían que morir.

Pero el colapso llegó porque tenía que llegar. La cuarentena total con milicos en las calles llegó y con ello el desempleo y el hambre. 

La memoria de hambre se reprodujo, con ella la aparición de ollas comunes, solidaridad de feriantes y pescadores. Desgraciadamente esta hambre no tiene la misma fisonomía que las hambres anteriores. En esta la cercanía humana contagia y mata. No es fácil hacer una olla común sin llegar a contagiar a quien tratas de salvar. Pero nada sabe de hambre quienes no la han vivido, quienes han saqueado las riquezas y a los seres humanos de esta tierra. La solución temprana que se hubiese esperado nunca llegó. No hubo recursos económicos para quienes producen a diario la riqueza que otros se llevan a paraísos fiscales. Solo trajeron espejitos y luces de colores. La «cajita feliz» favoreció a varios ricos empresarios y mantiene en la desesperación del hambre a los más carenciados. Como solución el canal de Luksic propone a los hambreados tomar tres litros de agua para saciar el hambre. Ante esto el silencio.  

Parafraseamos a Gandhi sólo diremos: La grandeza de una nación puede ser juzgada por el modo en que tratan a sus habitantes más frágiles. Claramente en nuestra nación no hay grandeza. 

Nancy Guzmán Jasmen 

Periodista, historiadora, trabajó  como guionista, investigadora, entrevistadora, productora de documentales y reportajes para cadenas de televisión europeas y para la cadena internacional Univisión. Escribió́ reportajes para el desaparecido La Nación y  El Mostrador.

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