Del COVID-19 a la palabra como virus (y de vuelta)

La voz paranoica de Schalper pidiendo buscar a los “responsables” del hambre (sólo de la palabra, lamentablemente). La voz soberbia de Mañalich pidiendo aplausos para sí mismos o, recientemente, en un extraño ejercicio de mea culpa, que las fórmulas de proyección, gráficos y ejercicios epidemiológicos se han derrumbado “

Foto: Proyección de Delight Lab

«La palabra es un virus. Quizás el virus de la gripe fue una vez una célula sana. Ahora es un organismo parasitario que invade y daña el sistema nervioso central. El hombre moderno ya no conoce el silencio. Intenta detener el discurso subvocal. Experimenta diez segundos de silencio interior. Te encontrarás con un organismo resistente que te impone hablar. Ese organismo es la palabra».

Esta reflexión prueba su eficacia en lo ocurrido hace unos días atrás en Santiago, cuando se proyectó la palabra hambre en el edificio junto a Plaza de la Dignidad. Plaza que supone una suerte de límite simbólico que divide Santiago, inmortalizado en la figura: de Plaza Italia pa’ arriba y de Plaza Italia pa’ abajo[1]. Esta intervención fue del grupo artístico Delight Lab, a raíz de las manifestaciones en la comuna de El bosque por la falta de apoyo del gobierno en esta crisis. Al día siguiente, el edificio fue intervenido por el deseo de invisibilizar el mensaje proyectado. Esta disputa ideológica materializada en aquel edificio revela varios aspectos interesantes de la situación de Chile en los últimos meses.

Resulta llamativo este exceso de luz cuya finalidad es enceguecer, interferir la mirada sobre un aspecto de la realidad, como si lo intolerable se pudiera simplemente blanquear con luz, tela blanca (Plaza Dignidad al día siguiente del acuerdo) o pintura (el caso de los murales del GAM). Este desalojo de la conciencia de ciertas representaciones, como Freud llamaba a la represión, encuentra su realización espacial en estos casos.

Es llamativo, también, el hecho de que lo que se censure sea una palabra. Una miserable palabra. Evidencia de la materialidad, bella y terrorífica, del lenguaje. Una palabra que debe ser sofocada para no mancillar la autorrepresentación de una nación que se jacta de su fortaleza económica. Un horrendo “repudio” o “forclusión”[2] de la realidad, cuyo retorno es en la forma del delirio: habría “partidos” o “políticos” que les dictan al oído a los pobladores que digan que tienen hambre, con la siniestra intención de producir “tensión”, “miedo” e “inseguridad” en el país. Sentimientos que, por supuesto, existen, pero no por las razones que el delirio sostiene. Aquellas razones pueden agruparse en las fuentes del descontento: la corrupción y el descrédito de la clase política, el olvido (y el desprecio) de las clases populares por parte de las élites y la desigualdad imperante en Chile, a pesar de las ficciones creadas para maquillarla (léase sistema crediticio y privatización de derechos básicos).

Sin embargo, no habría que caer en la trampa de desestimar estos delirios como formas distorsionadas de la realidad. Son estos delirios los que entretejen y dan forma a nuestra realidad, junto con otras ficciones más neuróticas y/o normalizadas. Son vectores con los que algunos intentan orientarse en el mundo y la tarea, más que desestimarlos, es desenredarlos o desanudarlos. ¿Por qué para una clase es tan intolerable ese significante? Porque lo intolerable, para algunos, es la incertidumbre. Incertidumbre que tensiona la imagen de un país que se construye en base a ilusiones y especulaciones crediticias. Porque para algunos simplemente no hay hambre y esa posibilidad se vuelve terrorífica.

En este sentido, la pandemia por supuesto es “real”, pero también tiene una dimensión ficticia y es esta la que se administra políticamente de distintas formas[3]. De hecho, ha sido el gobierno el que actuó desestimando la realidad de la pandemia, bajándole el perfil a la situación y forzando al retorno de la normalidad, “la nueva normalidad” (¿Qué normalidad? Habría que preguntarse rápidamente).

Es en el registro discursivo donde se disputa un modo de articular la realidad. Y el problema está en el hecho de que los términos y la posibilidad de esa disputa discursiva se encuentra retenida por una clase que ha hecho de su propia voz el centro de la representación de la realidad. Una clase que cuenta una historia que se supone que nos engloba a todos. Es la voz de Lavín diciendo que el error de abrir el mall en realidad fue un acierto. Es la voz de Erika Olivera promoviendo una campaña contra el sedentarismo forzoso, en un espacio irreal para la mayoría de la población. La voz paranoica de Schalper pidiendo buscar a los “responsables” del hambre (sólo de la palabra, lamentablemente). La voz soberbia de Mañalich pidiendo aplausos para sí mismos o, recientemente, en un extraño ejercicio de mea culpa, que las fórmulas de proyección, gráficos y ejercicios epidemiológicos se han derrumbado “como un castillo de naipes”, y que fue incapaz de prever lo que todo el mundo le señaló. Discursos narcisos, construcciones monolíticas, voces sin destinatario real presas de una fascinación especular. Discursos donde no hay cabida al error, o en los que el error es reformulado como oportunidad de rectificar una autoimagen discursiva de triunfo.

El malestar también ocurre en este nivel: hay un agotamiento generalizado frente a estas acrobacias retóricas acomodaticias. Discursos que posponen constantemente cualquier posibilidad de diálogo real (por ejemplo, el plebiscito). Una proliferación de enunciados que circulan y que nunca tocan lo real del modelo que genera el sistema de exclusiones que hoy se evidencia insostenible. El sistema de una voz que se asume una.

La política también se juega en este “reparto” (Rancière) de las voces, entre quienes pueden hacer de sus palabras un verosímil, articulado en la realidad, y entre quienes cuya voz aparece como mero ruido destinado a diluirse en el silencio. Sin embargo, el momento de la verdad es justamente cuando aquellos que han sido relegados a meros espectadores asumen una voz que corta el curso de los acontecimientos e irrumpe en ese conglomerado de injusticias denominado “normalidad”. Aquí la fuerza de la represión despliega sus estrategias para sofocar lo que insiste a través de una palabra: hay hambre porque hay una injusticia fundamental en el núcleo de la sociedad chilena que debe ser repensada.

El hambre horada el engrasado discurso de una élite política solipsista; mientras el hambre, real, horada el cuerpo de los que ahora se ven expuestos a las consecuencias de ese solipsismo.


[1] Es llamativo el hecho de que el lenguaje nuevamente muestra su materialidad aquí: la disputa por llamarla Plaza de la Dignidad o Plaza Italia, como si en esa simbolización se expresara un desacuerdo fundamental, dos modos fallidos de fijar un centro imposible.

[2] Lacan define este término del siguiente modo: “Lo reprimido siempre está ahí, y se expresa de modo perfectamente articulado en los síntomas y en multitud de otros fenómenos. En cambio, lo que cae bajo la acción de la Verwerfung [repudio] tiene un destino totalmente diferente… la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real de lo rehusado por el sujeto” (Lacan Seminario III 24-25). Después añade: “[…] a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión” (456). Forclusión tiene dos sentidos: “1) En derecho: vencimiento de una facultad o derecho no ejercido en los plazos prescritos. 2) Figurativamente: exclusión forzada, imposibilidad de entrar, de participar” (457).

[3] Ricardo Piglia tenía una formulación muy acertada al respecto: “(…) Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente. Hay un circuito personal, privado, de la narración. Y hay una voz pública, un movimiento social del relato. El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está siempre imponiendo una manera de contar la realidad”.

David Parra

Doctor (c) en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile.

[1] Es llamativo el hecho de que el lenguaje nuevamente muestra su materialidad aquí: la disputa por llamarla Plaza de la Dignidad o Plaza Italia, como si en esa simbolización se expresara un desacuerdo fundamental, dos modos fallidos de fijar un centro imposible.

[2] Lacan define este término del siguiente modo: “Lo reprimido siempre está ahí, y se expresa de modo perfectamente articulado en los síntomas y en multitud de otros fenómenos. En cambio, lo que cae bajo la acción de la Verwerfung [repudio] tiene un destino totalmente diferente… la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real de lo rehusado por el sujeto” (Lacan Seminario III 24-25). Después añade: “[…] a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión” (456). Forclusión tiene dos sentidos: “1) En derecho: vencimiento de una facultad o derecho no ejercido en los plazos prescritos.

[3]Figurativamente: exclusión forzada, imposibilidad de entrar, de participar” (457).

[4] Ricardo Piglia tenía una formulación muy acertada al respecto: “(…) Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente. Hay un circuito personal, privado, de la narración. Y hay una voz pública, un movimiento social del relato. El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está siempre imponiendo una manera de contar la realidad”.

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