El mundo después de mañana

En términos de comunicación y circulación de las noticias estamos de lleno en lo que Marshall McLuhan anticipó como la Aldea Global. Vivimos una era en donde el estallido social de un país puede desencadenar estallidos en otros países como si existieran mechas para detonantes multinacionales. Desde un punto de vista mediático la globalización parece haber alcanzado su apogeo.

A pesar de estar inmersos en una crisis sanitaria que nos tiene políticamente aturdidos a nivel mundial, no hay día que pase sin que se esté derribando un mito, destruyendo a viejos ídolos o protestando en contra de algún gobierno por su ineptitud, su autoritarismo, o ambos. Este domingo en la ciudad de Bristol (Reino Unido), durante las protestas sociales en contra del racismo y la violencia policial en solidaridad con las protestas en Estados Unidos, los manifestantes derribaron la estatua de Edward Colston, comerciante y traficante de esclavos inglés nacido en el siglo XVII. No será del interés de esta columna buscar porqué es que se erigió una estatua en honor a un traficante de esclavos, ni porqué duró tanto en pie, más bien vamos a buscar entender el tiempo político en el qué esta estatua fue derribada.

¿El crepúsculo de la globalización?

Es en actos tan simbólicos como la destrucción de una estatua que uno mira literalmente caer a los mitos fundadores. No será sorpresa para nadie si afirmo que nuestras sociedades occidentales han sido construidas sobre la sangre de los oprimidos, la esclavización, el acaparamiento, la explotación masiva, la destrucción del medio ambiente y el culto a personalidades nefastas. Y justamente, no es casual que en esta etapa de la historia universal -una etapa que podríamos considerar como transitoria- los viejos valores de ayer pasen a ser los antivalores del mañana. Es precisamente ahora, en estos años tumultuosos, que nos tocará a los pueblos reconfigurar el mundo de mañana y escoger cuales serán sus nuevos cimientos. Desde un punto de vista global, el hecho que la muerte de un afroamericano en manos de la policía estadounidense lleve al derrumbe de la estatua de un esclavista ingles en Bristol despierta emociones, desata pasiones e invita a diversas interpretaciones.

En términos de comunicación y circulación de las noticias estamos de lleno en lo que Marshall McLuhan anticipó como la Aldea Global. Vivimos una era en donde el estallido social de un país puede desencadenar estallidos en otros países como si existieran mechas para detonantes multinacionales. Desde un punto de vista mediático la globalización parece haber alcanzado su apogeo. Sin embargo, el repliegue proteccionista de varios gobiernos, la crisis sanitaria mundial y las desigualdades estructurales crecientes han puesto a la globalización económica en el banquillo de los acusados. Ya desde los atentados a las torres gemelas la globalización había mostrado su peor cara, tanto por el terrorismo mundial como por las guerras imperiales que desataron. Por otro lado, nuestras sociedades fueron abriendo los ojos ante la otra cara de la moneda de esta globalización informática: ya no solo vivimos en Estados policiales, ahora vivimos en sociedades de vigilancia informática.

De repente, por la voluntad de un juez, de un detective o de un político que nos considerara sospechoso de algo, toda nuestra vida privada podría ser almacenada sin necesidad de grandes recursos legales, humanos o financieros. En medio de esto, la globalización económica y financiera parecía prosperar sin ser verdaderamente cuestionada. La ampliación del canal de Panamá (2007-2015) es uno de los muchos ejemplos que reflejan las grandes expectativas que esta globalización seguía levantando en las economías nacionales. Pero hoy existen muchos indicios que llevan a pensar que la globalización ha entrado en un nuevo crepúsculo. ¿La razón? Es acusada de todos partes de ser la causante -o al menos la cómplice- de todas nuestras desigualdades económicas, políticas y sociales contemporáneas. Y si bien la globalización en si no es responsable de nada per se, lo que sí es cierto es que ha reproducido los arquetipos de desigualdad preexistentes a prácticamente todas las escalas y en todos los ámbitos.

Sin embargo, mientras van cayendo uno por uno todos los mitos fundadores, existe una nueva divinidad irreverente que ya ha marcado profundamente nuestras vidas y será uno de los pulmones políticos de las democracias contemporáneas. Me refiero obviamente a las redes sociales que han abierto violentamente las compuertas de una democratización de las sociedades; prometiéndonos a la vez libertad y justicia en un mundo de democracias imperfectas para las que, visto desde el presente, nuestra opinión no parecía importar demasiado fuera de los momentos electorales. Las redes ya están cambiando ese mundo, pero progresivamente tendremos que aprender a cuidarnos de ellas. Antes las falacias e ineptitudes del mundo político, las redes van a tender a buscar erigirse como contrapoder. Dentro de los grandes debates políticos de nuestro siglo estará el tema del control o de la regulación de las redes sociales y el de la construcción de las redes sociales como fiscalizadoras del poder político. Si bien seremos incapaces de vivir sin las redes, tendremos que encontrar la manera de protegernos de la manipulación, de las incitaciones al odio o de cualquier forma de abuso que afecte la humanidad de las personas. Por eso, es muy probable que nuestras futuras sociedades democráticas naveguen en aguas turbias oscilando entre el espanto por la tiranía de las redes y el peligro de gobernantes autoritarios que buscarán manipular, controlar o cerrar esas redes

¿Hay muertos que cuentan más que otros?

Una de las paradojas de la globalización mediática es que, a pesar de la democratización del acceso a la información en las economías emergentes, sigue albergando una de las características más fuertes de nuestra globalización económica: la desigualdad. No todos los países, conflictos o tragedias acaparan ni acapararán la misma atención mediática, y cuando decimos esto queremos decir lamentablemente que todos los muertos por razones políticas y sociales no valen lo mismo desde un punto de vista mediático. ¿Cómo puede ser?

Para que la noticia de una injusticia local genere impacto más allá de sus fronteras primero tiene que generar impacto a nivel nacional. Tomemos el ejemplo del asesinato del comunero mapuche Alberto Alejandro Treuquil este 5 de junio pasado en Chile. Sin omitir el impacto y la indignación que pudo causar la noticia, así como el debate que generó en redes sociales, el asesinato de Alejandro Treuquil no es capaz de generar una dinámica de contestación popular a pesar de la injusticia que representa que le arrebaten la vida a un luchador social. Razones hay varias. Condiciones inciertas de su asesinato, contexto de crisis sanitaria, alta presencia policial y militar en las calles de Chile. Pero uno de los factores más importantes de la apatía es que una mayoría de la sociedad chilena sigue viendo el conflicto mapuche como un conflicto de minorías. Pero entonces ¿quiere decir que porque la gente no está en las calles la indignación no existe? Claro que existe. Pero al no haber movilización, lo que también existe es el peligro de que un crimen similar vuelva a ocurrir.

Existe otro punto con el que quisiera concluir. Hablábamos de un mundo que cambia, pero no parecemos entender en qué sentido está cambiando. Quizás porqué debemos dejar de buscar respuestas fuera de nosotros. Las soluciones no están afuera, como si existieran en un mundo platónico de ideas abstractas y maravillosas. El cambio está en nosotros. Y como dice la expresión, tendemos a ver la paja en el ojo ajeno, pero no vemos la viga en el nuestro: el racismo violento y asesino del que fue víctima George Floyd no es una enfermedad que aqueja solo a los Estados Unidos. Nosotros como latinoamericanos debemos cuestionarnos profundamente. En América latina, ser aborigen, negro, mulato o tener rasgos indígenas y estar de alguna u otra manera distanciado de los  cánones sociales, culturales y estéticos occidentales te hace automáticamente propenso a ser víctima de discriminación étnica por parte de ciudadanos y agentes del Estado. Por eso, en cierta medida, y tomando en cuentas los diferentes contextos, desde la perspectiva del racismo social e institucional ser negro en Estados Unidos equivale a ser mapuche en Chile.

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