Palabras, palabras, palabras

Han asesinado a dirigentes de las comunidades, han realizado operaciones de contrainsurgencia para atemorizarlos, los han hostigado allanando sus casas, golpeando niños y, sin embargo, el Gobierno los acusa de terroristas.

Mirando uno de esos programas pseudo-políticos donde aparecían los mismos de siempre condenando la violencia en la Araucanía, me pareció interesante que un señor Fontaine hablara de ello, agregando lo terrible que era para la economía esta imagen de violencia y la necesidad de llamar a un diálogo. En la misma línea aparecía un señor Larraín con el mismo discurso. Hasta que le tocó hablar a Alejandra Matus, que enfrentó de manera interesante la cuestión de la violencia. Ella puso el asunto en la llaga señalando a  quien siempre pone la violencia en la sociedad. Todo estaba bien, me animaba su incorrección política ante un panel que traía tras sí siglos de masacres.

 Pero no todo podía ser tan maravilloso, Alejandra para dar una muestra de que la violencia no tiene más salida que violencia, se refirió equivocadamente a la Revolución Francesa y sus calles chorreando de sangre, olvidando y evitando enrostrarles que hace solo 47 años la derecha, su derecha, la misma que hoy califica al pueblo mapuche de terrorista -usando a la milicia, su mano de obra barata- asaltó a sangre y fuego el palacio de La Moneda, llevó a la muerte al Presidente constitucional, asesinó a sus asesores, asaltó fábricas, la casa presidencial, poblaciones, universidades, hospitales, museos, colegios, estadios, centros de madres y comunidades mapuches para iniciar su genocidio, limpiar del marxismo llenando de sangre el país.

Una lástima que evitara ser completamente incorrecta y les enrostrara que la violencia no nace de los pueblos, que la historia nos muestra que ella constituye parte fundamental del poder, de quienes poseen las riquezas y que necesitan de la violencia para sostenerlas.

Hoy se vive en la Araucanía un conflicto que ha estado soterrados siglos. No es el pueblo mapuche quien ha puesto la violencia, ellos han sido víctimas de la violencia de una clase social que ha gobernado siglos y sigue gobernando. 

El único momento en que el pueblo mapuche logró avances en sus demandas de tierras, de dignidad y reconocimiento fue entre 1970 y 1973, donde logra correr los cercos y tomar lo que les pertenecía. Aún así, en esos años de luchas políticas hubo asesinatos a mapuches cometidos por los patrones. Uno de ellos fue el asesinato de Moisés Huentelaf en la corrida de cercos del fundo El Chesque, donde carabineros y terratenientes repelieron con armas a campesinos desarmados, sin embargo, los jueces respondiendo a los patrones condenaron y encarcelaron a la comunidad mapuche, dejando en libertad a los criminales. 

A pesar de ello, el pueblo mapuche logró levantarse, organizarse, para pelear por lo que les era propio. Logró recuperar el orgullo avasallado por siglos, volver a sentir que la única vía para conseguir justicia era organizándose reforzando su cultura. Luego vinieron las masacres y muchos mapuches cayeron en las balas huincas vestidas de militar. Nehuentúe tiene una historia que nos recuerda como llegaron los militares y los huincas a destruir su vida, a torturar, a sumergirlos desde helicópteros en el mar. Esa comunidad mapuche que había logrado vencer la miseria trabajando juntos vivió el anticipo del genocidio que comenzaría el 11 de septiembre de 1973.

A casi 47 años de ese momento, seguimos viendo el genocidio contra el pueblo mapuche. Los dueños de las forestales quieren exterminarlos para tomar las pocas tierras recuperadas y transformarlas en monocultivo, terminando con la tierra y el agua. Han asesinado a dirigentes de las comunidades, han realizado operaciones de contrainsurgencia para atemorizarlos, los han hostigado allanando sus casas, golpeando niños y, sin embargo, el Gobierno los acusa de terroristas. 

Hoy nos corresponde a todos las buenas personas de este país ser mapuche y reconocer que ellos son los verdaderos dueños de estas tierras.Volviendo al comienzo, sería bueno que las buenas periodistas no olviden nuestra historia, más aún, cuando tienen tribunas para transmitir y reforzar la memoria.

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