Publicado Mayo 09, 2021
Asesinar a la Madre-Abolir la imagen divina para que emerja la madre humana
Cuerpo
La maternidad está en crisis, cuantas mujeres hoy día eligen no serlo, precisamente porque no quieren convertirse en este ideal deshumanizado, quieren vivir. Hacer el amor, trabajar, viajar, crecer, desarrollarse como personas y especialmente quieren vivir sin culpa. Sin deuda al patriarcado.

En este día en que celebramos la institución de la madre, marcaremos este concepto: la institución. Entendiendo que la maternidad no es reductible a un acontecimiento natural, sino que está entramada a una red de significantes culturales y roles simbólicamente construidos. De este modo, con la intención de problematizar lo instituido social, propongo que, en lugar de -o sumado a- chocolates y flores, nos regalemos unos minutos de reflexión, para pensar en ellas y sobre todo para pensar el mandato social bajo el cual la experiencia de ser madre, al menos en la cultura occidental-judeo cristiana ha sido condicionada.

Por mi profesión -psicología clínica-, me toca escuchar relatos de madres diversas, desde madres jóvenes a otras maduras. Madres de niños pequeños y madres de adultos ya “formados”. También soy madre, varias de mis amigas lo son y por su puesto tengo una madre. En todas nosotras existe un común denominador: el sentimiento de culpa. “El día que nace un hijo, nace en la madre la culpa”. Aquello que en alemán se escribe Shuld, como concepto que designa en simultáneo culpa y deuda (estar en falta).

La pandemia ha revelado la realidad de las madres alrededor del mundo. Denunciando al “hombre 0”, que no dedica tiempo a labores de crianza o domésticas (salvo excepciones marcadas por el semblante de lo heroico, que parecieran hombres de otro planeta). A estas alturas se estima que la participación femenina en el ámbito laboral retrocedió 10 años, por ende, la equidad de género se vislumbra en un horizonte lejano (como si alguna vez hubiese estado cerca).

Se habla de la salud mental de las madres y se llama a la corresponsabilidad en la crianza. Todo esto está muy bien, es lo que corresponde hacer, sin embargo, carece de la reflexión epistemológica acerca de cómo pensamos la institución de la maternidad. Aspecto central a la hora de tomar acción e intentar cambiar el modelo.  Las teorías feministas nos dan luces sobre la importancia de pensar los estereotipos de género, el peso ejercido por el patriarcado como sistema de orden social que distribuye los poderes de manera asimétrica, perpetuando la dominación del hombre sobre la mujer y ejerciendo control sobre ella. A través de la pandemia de la violencia de género, de su objetivación sexual y por su puesto mediante el control de sus derechos reproductivos se han agudizado las violencias del sistema bajo el tamiz del neoliberalismo.

En esta columna vengo a proponer una reflexión anterior; quiero detenerme en la imagen arquetípica (un arquetipo es un universal psíquico, una experiencia tan humana que todos, independiente de nuestra historial individual, compartimos significados comunes) que determina el “cómo se debe ser madre” en nuestra cultura machista y patriarcal. Quiero irme lejos en el tiempo, retroceder varios siglos, hasta la era de Jesús y su madre: María. Porque esa es la madre que se nos impone ser. El arquetipo como matriz interpretativa deviene en estereotipo de género actualizado en los cuerpos de las mujeres.

¿Cómo fue madre María”? ante todo recordemos que sólo conocemos a María-Madre. Poco y nada sabemos de María-mujer, María-persona, María-humana. Tenemos como referente un arquetipo que, sin ser Diosa, engendra nada más y nada menos que al hijo de Dios. Esa fue su misión en este mundo y es toda la información que tenemos de su vida. María que concibe por obra y gracia del espíritu santo, (no hay sexo de por medio) da a luz en un establo (sola con José, sin más apoyo), que devota acompaña a su hijo, lo ama incondicionalmente (debe aceptar y comprender en silencio este hijo que sale de la norma de la época) y vive el dolor de su muerte crucificado, sin poder hacer nada más que estar a su lado y verlo llamar al padre, clamando por una ayuda que no llega (nunca hubo padre).

¿Podemos-queremos ser como María? ¿Concebir sin sexo, parir solas, criar en silencio, y devenir omnipotentes como ideal imposible de sostener sin culpa?

Eso es lo que esta sociedad nos pide y obliga a hacer. En cuanto nace la madre muere la mujer, es asesinada por una cultura que cercena su sexualidad, la obliga a criar sin ayuda, con un padre ausente, (el hombre 0) más omnipotente (el patriarcado) que le recordará cuál es su obligación y sentido de vida: “ser una buena madre, como María”. Literatura psicológica sobre este problema abunda. Sin ir más lejos, el viejo y patético dicho de los hombres que dejan de nombrar a su pareja, cuando deviene madre, tal como lo hacían antaño y comienzan a decirle (como un hijo más): “mami”.

Yo quiero asesinar a esta institución perversa que es la madre-María, o a lo menos subvertirla en sus impactos.

No quiero y no puedo concebir sin sexo, parir sola, criar sin redes. No puedo y no quiero vivir bajo el poder de un estado que me abandona, de una cultura que me explota, de una sociedad que me exige dejar de ser persona para ser exclusivamente madre. La maternidad está en crisis, cuantas mujeres hoy día eligen no serlo, precisamente porque no quieren convertirse en este ideal deshumanizado, quieren vivir. Hacer el amor, trabajar, viajar, crecer, desarrollarse como personas y especialmente quieren vivir sin culpa. Sin deuda al patriarcado.

Si bien no he seguido el ideal y muchas de mis amigas y pacientes tampoco, el costo es alto. La crítica social enmascarada en sugerencias o benignas opiniones. Las luchas vividas puertas adentro, cuando decides que quieres ser más que madre, la dificultad de conciliar sexo y crianza, el sentirse en falta a diario, el cansancio de intentar cumplir con todo para que no te tilden de “mala madre”. Todos estos malestares tienen a su vez diversas modalidades de expresión según etnia, posición económica y otras variables de explotación.

No tengo nada en contra de María, madre de Jesús, de hecho, la llevo en mi corazón. Mi crianza fue católica y si bien hoy no practico la religión, ni me considero “católica” creo que el arquetipo de María nos hace bien, cuando sabemos que no debemos ser como ella, cuando es un referente de amor, bondad y guía espiritual. Porque un ser humano no puede hacer lo que se nos dijo que María hizo. Profanar un arquetipo para poder honrarlo, disfrutando la maternidad en lugar de padecerla.

 

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