Publicado Octubre 20, 2020
Bolivia dijo: ¡Más democracia, más justicia!

Socavar la democracia como método de presión contra el entonces Presidente Evo Morales, fue un golpe contra la paz y ese proceder violento por parte de los sectores conservadores de Bolivia constituyó la base de una crisis institucional y política que ha tenido efectos catastróficos en términos económicos, sociales y políticos durante el transcurso del año en el país altiplano. Ya el Fondo Monetario Internacional ha pronosticado para 2020 una caída del 7,9 por ciento del PIB en la administración del Gobierno de facto, que ha paralizado inversiones y recortado el presupuesto en material social para compensar una fuerte caída de los ingresos nacionales.

En tal sentido, la economía boliviana decrecerá este año por primera vez en dos décadas. Todo esto también está relacionado con la pandemia que afecta a todos en el mundo, pero que en Bolivia, particularmente, representa un peligro mayor para los sectores de la economía informal y/o rural, sector que constituye la base electoral del partido Movimiento Al Socialismo (MAS) y que constituye la mayoría del pueblo boliviano que se expresó en las elecciones del 2019, siendo estafado por la OEA y amordazado con la ayuda de las fuerzas armadas cuando intentaron manifestarse contra la ruptura del orden constitucional.

Este escenario, en donde el pueblo fue agraviado a través de la vulneración de su sistema democrático y además fue arrinconado con un paquete neoliberal de corte imperialista, explica la contundente respuesta que se ha dado en las urnas, otorgando el 52,4% de los votos a Luis Arce. Ha sido una elección que más allá de reivindicar una posición ideológica, ha dejado en claro la profunda conciencia del pueblo boliviano, su compromiso con la paz, su entendimiento sobre momento histórico que vive la humanidad y su apuesta por la construcción de una sociedad que reivindique la prosperidad en la medida que esta sea regida por la justicia social.

Por eso, a pesar del amedrentamiento y las artimañas de intimidación, los ciudadanos de “la hija predilecta del Libertador”, salieron a ejercer su voto con tranquilidad, con seriedad y respeto a la democracia, no importó que el gobierno de facto de Añez desplegara más de 23 mil policías y militares en las calles, ni la campaña sucia a través de las redes sociales a propósito del COVID-19, ni las largas filas que se generaron para sufragar, ni la posición intervencionista de la OEA, en su rol defensor de los intereses de EE.UU. en la región, importaron las aspiraciones del pueblo y su indeclinable voluntad de construir un camino al socialismo y a la unidad latinoamericana.

Ahora, como nuevo presidente y vicepresidente, Luis Arce y David Choquehuanca tiene el gran reto garantizar de la unidad de los movimientos populares en Bolivia y la reconciliación nacional, cuestión que permitirá un escenario de entendimiento y concertación para una pronta recuperación de la economía en el marco de una pandemia mundial, a la cual también deberán hacer frente.

No es primera vez que estos actores conducen al país por las vías prosperidad y la justicia, hay que recordar que Luis Arce fue Ministro de Economía y David Choquehuanca Canciller de la república plurinacional, ambos en el gobierno de Evo Morales, en el cual el PIB creció 327 por ciento, llegando en 2018 a 44.885 millones de dólares, convirtiendo a Bolivia, según el FMI, en la economía con el mayor crecimiento económico de la región, con una proyección de 3,9 por ciento. Es decir, Luis Arce fue Ministro de Economía en el gobierno que hizo que Bolivia se convirtiera en el 2018 en el séptimo país menos endeudado de Latinoamérica, después ser el segundo país con mayor nivel de deuda externa del continente. En tal sentido, la revolución boliviana de los indígenas, no sólo habla de justicia social, sino de desarrollo económico.

En cuanto a la región, luego de un ataque sostenido de los sectores más conservadores y pro imperialistas de la región, que se ha expresado en un bloqueo cada vez más violento a la economía venezolana; en la persecución de Rafael Correa, Lula Da Silva, Cristina Fernández de Kirchner y del propio Evo Morales, a través del lawfare; en la intentona de Golpes de Estado bajo el formato de la revolución de colores en Nicaragua, Bolivia y Venezuela; en la adopción de políticas racistas, xenófobas e incluso fascistas en países como Brasil; y con la implementación de paquetes neoliberales que han endeudado y desmembrado la seguridad social en países como Argentina, Chile y Ecuador; la respuesta del pueblo boliviano parece el indicador definitivo de que América Latina comenzará un nuevo ciclo progresista, donde las organizaciones políticas de izquierda deben no solo analizar el momento histórico, sino ajustar los programas políticos en torno a la unidad del sur del continente y el caribe, así como en el pago de las deudas que han dejado en tiempos pasados.

Bolivia se convierte de esta forma en hito, desde el punto de vista político, que permite pensar en una recuperación de los sectores progresistas por medio de vías democráticas. Frente a este escenario, la izquierda latinoamericana se encuentra en un momento histórico en el que las aspiraciones del pueblo y las necesidades concretas de los países son coherentes con las banderas de lucha.

Incluso EE.UU. se enfrenta a una crisis política y social que debe ponernos en alerta como latinoamericanos. Hoy la organización política de los sectores populares es una amenaza inmensa para los intereses del imperialismo norteamericano, pues los pueblos quieren más democracia y más justicia, y esto se traduce en menos injerencia y más desarrollo humano. Y casos como el de Bolivia demuestran que el camino más seguro para alcanzar el desarrollo humano es el socialismo.