Publicado Noviembre 10, 2020
Convención Constituyente: forma-partido o forma-movimiento
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Hoy, ciertamente, la legitimidad del neoliberalismo ha sido vencida, hay nuevamente una impugnación económica con pretensión de universalidad. Ya no es legítimo hacer negocios con cualquier cosa. El estallido del 18 de octubre fue eso, la indignación generalizada de una clase desarticulada, ante la explotación sufrida por una clase perfectamente organizada.

El actual proceso constituyente y la discusión de, por ejemplo, las cuotas de representación, la apertura a los independientes y los escaños reservados, revelan una vez más la continuidad de la lógica que se apoderó del activismo ciudadano a partir de los años 80 y definitivamente desde los años 90.

El sociólogo chileno, Jorge Larraín, ya lo observaba hace 25 años atrás, cuando sostuvo que la hegemonía neoliberal, redefinió las lógicas de articulación entre la sociedad política y la sociedad civil. Si durante el capitalismo clásico, los diferentes grupos de la sociedad civil solían articularse en la forma-partido, la sociedad civil del capitalismo tardío en su variación neoliberal, lo hace en lo que podríamos llamar forma-movimiento.

Si la forma-partido, lleva en su definición la conquista de la universalidad del Estado, es decir, del control territorial, la coacción legítima, las instituciones y el sentido común; la forma-movimiento, por el contrario, es la afirmación de la particularidad o de la diferencia, por lo que difícilmente alcanza lógicas propositivas de gobierno general, pues en su naturaleza está la demanda por el reconocimiento de su legítima otredad, más que el gobierno universal de las múltiples particularidades.

Autoras como Nancy Fraser y Judith Butler plantearon en un célebre debate publicado en 2006, que esta transformación se debe fundamentalmente a que la antigua forma-partido, al articularse sobre todo sobre la condición de clase, fue ciega a las necesidades de reconocimiento de distintos grupos sociales, como por ejemplo las minorías sexuales, las mujeres, los pueblos indígenas y las poblaciones racializadas.

Una constatación cierta, pero que a mi gusto carece de fuerza explicativa. Se puede afirmar, aunque también es debatible, que muchas veces la forma-partido fue poco sensible al reconocimiento de la diversidad social, cultural y sexual (aunque solo por poner un contrapunto, valdrá la pena recordar que entre 1970 y 1973, el Presidente Allende restituyó más tierras al pueblo Mapuche, que las que se le han restituido entre 1973 y 2020), no obstante dicha supuesta insensibilidad no es lo que explica la proliferación de la forma-movimiento.

La explicación del tránsito entre estas dos formas de organización, creo que debe ser buscada en la lucha de clases misma, y que en términos sencillos, nos remite a la observación de que, primero, no es cierto que la forma-partido ha sido superada para toda la sociedad y segundo, que los sectores de la sociedad, en que ha retrocedido la forma-partido y se ha abierto paso a la forma-movimiento, son precisamente los sectores sociales derrotados en el sangriento cruce de los 70 y 80.

Un vicio del actual sentido común, es que cuando habla de la sociedad y la ciudadanía, suele referirse exclusivamente a los estratos medios y bajos y a las clases populares, de ahí que con frecuencia se escuchen afirmaciones como que “los partidos están desconectados de la sociedad”, o que “los partidos nos representan a nadie”. Nada más escabroso. Es cierto que hay partidos burocratizados que básicamente se representan a sí mismos, pero tal y como lo expuso tempranamente Tomás Moulian, en la política post dictatorial, los partidos que se desligaron de la sociedad civil fueron los partidos que otrora pertenecieron al campo popular, los partidos de la oligarquía nacional siguen teniendo una conexión plena con los sectores de la sociedad a los que aspiran a representar.

Esta es nuestra primera refutación. La forma-partido, goza de plena vitalidad en los sectores sociales que salieron victoriosos tras la instauración del neoliberalismo ¿o será necesario recordar la ley de pesca o el caso SQM? ¿O quiénes son los partidos que defienden el modelo de  AFP que concentra el 80% del PIB en manos extranjeras y que favorece a seis grupos nacionales que concentran el 75% de las inversiones de las AFP en el territorio nacional?

Ahora bien, no es menos cierto, que fuera de la élite la realidad no es la misma. Allí la decadencia de la forma-partido y su fundamento clasista, puede palparse en plenitud, de la misma manera que puede observarse como la forma-movimiento se ha convertido en lo más cercano a alguna clase de politización social –solo si es que se puede hablar de politización cuando no se pretende el poder del Estado (¡lo dudo!)–. Pero ¿se debe esta situación a que la forma-partido fue ciega a la diversidad de demandas que se expresan en la forma-movimiento?

Mi hipótesis es que no. Que muy por el contrario, la proliferación de la forma-movimiento propia del capitalismo tardío, se hizo posible debido a la desconexión de los partidos de sus fundamentos de clase, lo que a su vez se produjo por la destrucción de las bases objetivas en torno a las cuales se organizaban las clases subalternas. O lo que es lo mismo: la forma-movimiento no superó a la forma-partido en el campo popular, fue la derrota de los partidos del campo popular, lo que abrió el espacio a la forma movimiento en su seno.

Si nos detenemos un poco más en el análisis de las transformaciones sociales neoliberales –al menos en Chile– creo que podremos dar cuenta de que no es lo más adecuado atribuir a la “insensibilidad” de la forma-partido, la proliferación del reivindicacionismo de la diferencia, pues este emerge cuando las orgánicas de clase ya habían sido destruidas.

El giro neoliberal del patrón de acumulación, durante los 70 y 80, significó en Chile la destrucción de las formas sociales de organización, que sustentaban la articulación de las clases subalternas.

Por un lado el mundo de los trabajadores y trabajadoras, fue golpeado fuertemente por la quiebra de la insipiente industria nacional y la super-liberalización de los contratos de trabajo, lo que redundó en el cambio de la composición sindical y la decadencia de su peso político. Para 1973, la sindicalización se ubicaba fundamentalmente en el sector público e industrial, hoy lo hace sobre todo en el sector servicios, fuertemente fragmentado.

Por otro lado, la neoliberalización del campo acabó con la relevancia social del campesinado, arribando a los 90 con un 75% de la fuerza de trabajo agraria proletarizada, en su mayoría residiendo en ciudades y con contratos temporales.

Fue esa la derrota del campo popular, que dejó a los partidos “flotando” por sobre la sociedad civil, que en los 90 los llevó a intentar representar un mundo popular cuyas formas habían cambiado radicalmente. Fue entonces la emergencia de la forma-movimiento, que a diferencia de la forma-partido llevó a los distintos grupos de la sociedad civil a abandonar su pretensión de universalidad, para centrarse en luchas por la identidad y la distinción, que por un lado pusieron de relieve legítimos sentimientos de injusticia, pero que por otro, sacó la cuestión económica, de clase, de la discusión.

Hoy, ciertamente, la legitimidad del neoliberalismo ha sido vencida, hay nuevamente una impugnación económica con pretensión de universalidad. Ya no es legítimo hacer negocios con cualquier cosa. El estallido del 18 de octubre fue eso, la indignación generalizada de una clase desarticulada, ante la explotación sufrida por una clase perfectamente organizada. Lo que no deja de representar un problema ahora que viene el momento de instituir un nuevo orden, ya que esa clase desorganizada en virtud de su clase, tiene 30 años de escuela en organización en virtud de su diferencia.

¿Cuál será el camino que tomarán las grandes mayorías ante esta coyuntura constituyente? ¿Cómo se relacionará la forma-movimiento y su reivindicación de lo particular con la necesaria universalidad de la Constitución? 

¿Es la forma-partido y su vocación de universalidad la que debe fortalecerse y nutrirse de la diferencia? ¿O es la forma-movimiento y su vocación particular, la que debe quedar a cargo de la construcción de lo común?

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