Crisis sociales, crisis democráticas, crisis del neoliberalismo

Las tensiones sociales en el mundo convergen en varios puntos comunes: el rechazo de las desigualdades y la pérdida de control democrático. El motor de las protestas podría ser la falta de pertinencia del neoliberalismo para dar respuesta a los desafíos actuales, agravando su propia crisis y abriendo la puerta al enfrentamiento.

os militares en las calles de Santiago de Chile, la plaza de Urquinaona de Barcelona en llamas, las barricadas que emergen en las calles de Beirut… Mientras que la Francia política y mediática se apasiona por un símbolo musulmán como el velo, el mundo parece arder. Pues las escenas de revueltas violentas que han marcado los últimos días no son casos aislados. Son precedidas de acontecimientos similares en Ecuador, Haití (donde la revuelta popular continua), en Irak, en Egipto, en Indonesia, en Hong Kong, en Colombia… Sin olvidar los movimientos populares del pasado invierno en Zimbabue, Nicaragua, Rumania y Serbia, o, por supuesto, los chalecos amarillos en Francia. 

Quito después de la manifestación del 9 de octubre de 2019. © Reuters

Quito después de la manifestación del 9 de octubre de 2019. © Reuters

Evidentemente, es posible considerar que todos estos eventos no son más que movimientos locales en respuesta a problemáticas precisas: la pobreza endémica en Haití, la persistencia del militarismo de la derecha chilena, la dolarización parcial o total de las economías ecuatorianas y libanesas, el rechazo de España a reconocer la existencia de una « cuestión catalana », o la aspiración democrática de Hong Kong. Todas estas explicaciones son justas. Pero, ¿son suficientes? Los movimientos sociales o democráticos locales siempre han existido, pero queramos o no, la peculiaridad del momento es que todos ellos surgen en el mismo momento. Inevitablemente, este aspecto contemporáneo de revueltas en los cinco continentes deja pensar que, sin duda, existe una relación entre ellas.

El neoliberalismo quiere sobrevivir y agrava su propia crisis

Esta relación podría hallarse en la gran crisis en la que el mundo se adentró en 2007-2008. Más allá de lo que subrayan la mayoría de los observadores, el « gran crash » que siguió a la quiebra de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008, esta crisis es mucho más profunda y continúa en nuestros días. Pues no se trata de una mera crisis financiera o económica, es la crisis de un modo de gestión del capitalismo, el neoliberalismo, que se funda sobre el uso del capital del Estado, la “financiarización” de la economía y la mercantilización de la sociedad.

Como aquellas de los años 1930 o 1970, la crisis actual cuestiona profundamente el funcionamiento contemporáneo del capitalismo. Con frecuencia, estas crisis son largas y están acompañadas de periodos de agitación. Como lo ha mostrado el historiador Adam Tooze en Le Déluge (Les Belles Lettres, 2015), la crisis de 1929 no es más que el inicio de una perturbación del capitalismo, que comenzó con la I Guerra Mundial y realmente no encontró su subterfugio hasta después de esta Gran Guerra. En cuanto al liberalismo, no se impuso hasta los años 1990, veinte años después del inicio de la crisis del antiguo paradigma. 

Todavía hoy, la crisis es larga y se intensifica a medida que el neoliberalismo se resiste a morir. Pues, tratando de sobrevivir, empuja al mundo al abismo. Cierto, el neoliberalismo a sobrevivido al choque de 2008 e incluso regresó tras 2010 para proponer soluciones al mundo de la austeridad presupuestaria y las « reformas estructurales » con el objetivo de destruir las protecciones de los trabajadores y de los más frágiles. Pero tratando de perpetuar su posición dominante, el neoliberalismo no ha hecho más que acrecentar su propia crisis. 

La primera redención de este sistema económico global fue, en efecto, un salto adelante en el crecimiento liderado principalmente por un régimen chino ansioso por continuar alimentando la demanda occidental, pilar de su sistema económico. Y esta huida hacia delante se ha traducido en una sobreproducción industrial sin precedentes contribuyendo al deterioro brutal de la situación climática actual. Algunas cifras lo demostrarán fácilmente. China produce en dos años más acero que Reino Unido -que durante mucho tiempo fue el mayor productor mundial-, en 150 años y más cemento que Estados Unidos durante todo el siglo XX. Esta estrategia ha fallado. Ha conducido a un ajuste de la economía china que ha golpeado directamente a sus proveedores emergentes, desde Brasil hasta Argentina, pasando por Ecuador y Venezuela. Todos han visto desaparecer la bonanza de las materias primas y han tenido que reajustar sus políticas. 

El otro motor de salvaguarda del neoliberalismo fue la política monetaria concebida como un medio para evitar cualquier estímulo presupuestario en los países occidentales, pero que, en realidad, solo consiguió salvar el sector financiero y los grandes grupos multinacionales. Este plan de salvación del neoliberalismo ha fracasado profundamente. El crecimiento mundial no ha vuelto a despegar y la productividad se encuentra en su nivel más bajo a pesar de la « revolución tecnológica ». El sector privado invierte demasiado poco y, a menudo, mal. Desde hace algunos meses, la economía mundial ha entrado en una nueva fase de recesión. 

Protestas en las calles de Beirut, el 20 de octubre de 2019. © DR

Protestas en las calles de Beirut, el 20 de octubre de 2019. © DR

En estas condiciones, la continua aplicación de reformas neoliberales para salvaguardar los márgenes de las empresas y las ganancias de los más ricos, ha tenido un efecto perjudicial. Lo hemos visto: los beneficios son mal o poco invertidos, la productividad no cesa de ralentizarse, seguimos dando prioridad a los ricos y a la empresas, es decir, a aquellos que invierten mal o poco, mientras que las desigualdades continúan aumentando. En esta lógica, cuando tiene que producirse un ajuste, reclamamos a los más modestos una gran parte del esfuerzo: a través de una tasa proporcional como la de las llamadas de Whatsapp en Líbano, con la supresión de las subvenciones para los carburantes en Ecuador o en Haití, o con el aumento del precio del transporte público en Chile. Todas estas medidas tienen un impacto directo en las necesidades básicas de las poblaciones para trabajar y generar beneficios. 

Incluso si el diferencial de crecimiento acercaría las economías emergentes a las de los llamados países avanzados y, por lo tanto, reduciría las desigualdades a nivel mundial, en todos los países, las desigualdades nacionales están aumentando más que nunca. Esta fue la conclusión del economista Branko Milanović en World Inequalities (2016), que advirtió un regreso a la cuestión de las clases sociales. Por lo tanto, lo que estamos presenciando a nivel mundial es un regreso a la lucha de clases. 

Durante mucho tiempo, pensamos que la crítica al neoliberalismo era un « privilegio de ricos » , reservado a los países más avanzados que no conocían los beneficios de este sistema. De una cierta manera, el aumento de las desigualdades era el precio a pagar por el desarrollo. Y había que aceptarlo en nombre de estas poblaciones que sacábamos de la miseria. Pero este discurso ya no puede funcionar y esta es la novedad de la situación actual. La contestación surge en los países emergentes. El pistoletazo de salida fue dado en 2013 en Brasil, justo después del vuelco del mercado de materias primas, con un movimiento social inédito contra las medidas de Dilma Rousseff para aumentar el precio del transporte público. A partir de ahora, esta ola se ha intensificado y toca a países que, como Chile, durante mucho tiempo han sido presentados por instituciones internacionales como ejemplos de éxito y estabilidad. 

En estos países emergentes, el resorte del neoliberalismo también se ha roto. Su necesidad de crecimiento y competitividad les empuja a un impasse: mientras que el crecimiento es menos fuerte, la realidad de las desigualdades aparece, las mejoras en el nivel de vida conocidas en el pasado están perdiendo competitividad en un contexto de desaceleración del comercio mundial. El espejismo de alcanzar los estándares de vida de los países más avanzados, la gran promesa neoliberal, desaparece con las medidas mencionadas. La única solución propuesta a estas poblaciones es un nuevo empobrecimiento.

El presidente chileno Sebastián Piñera con el Estado Mayor del Ejército. © DR

Enfrentado a este conflicto permanente y a la puesta en duda de su eficacia, el neoliberalismo podría endurecerse y refugiarse detrás de la « violencia legítima » del Estado para sobrevivir. Como Emmanuel Macron justifica todas las violencias policiales en Francia, Pedro Sánchez en España solo visitó a los policías heridos en Barcelona este 21 de octubre, Sebastián Piñera, el presidente chileno invitado al G7 de Biarritz en septiembre, quien hizo su juramento bajo la mirada de soldados como anteriormente hizo Augusto Pinochet... Este último declaró abiertamente: « Estamos en guerra », refiriéndose a los manifestantes. La guerra social se vuelve global e implica al neoliberalismo y a sus defensores contra sus oponentes.

Ante la violencia de esta guerra y la incapacidad de los gobernantes a ir más allá del neoliberalismo, asistiremos entonces a una convergencia del neoliberalismo, dicho de otro modo: a la defensa estatal de los intereses del capital con movimientos neofascistas y nacionalistas, como es el caso desde hace mucho tiempo de antiguos países del Este o, más recientemente, de los países anglosajones, paro también de India y China. La necesidad de estabilidad, tan requerida por el capital, solo podría ser adquirida por una « militarización » de la sociedad que acompañaría su mercantilización. El neoliberalismo ha demostrado que no es incompatible con esta evolución: su laboratorio fue... el Chile de Pinochet, un país entonces privado de libertades, pero muy abierto al capital extranjero. Este retorno de la historia podría ser un presagio siniestro que ahora requiere una reflexión urgente sobre la construcción de una alternativa social, ecológica y democrática.