Publicado April 19, 2021
Cuando los gobiernos le tienen miedo a la libre expresión
Cuerpo
El gobierno quiso censurar los programas de un canal de televisión en los cuales se ejerce un periodismo de alto vuelo profesional, ético y crítico contra un gobierno catastrófico desde lo moral, democrático e institucional.

La libre expresión es uno de los principios fundamentales de los derechos humanos, está garantizada por los artículos 10 y 11 de la declaración universal de los derechos humanos de 1789: « Nadie debe ser incomodado por sus opiniones, inclusive religiosas, siempre y cuando su manifestación no perturbe el orden público establecido por la Ley» «La libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más valiosos del Hombre; por consiguiente, cualquier Ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, siempre y cuando responda del abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley» Esos mismos artículos que fueron redactados durante la revolución francesa, son también replicados en la declaración universal de los derechos del hombre de 1948 y en la convención europea de 1950.

Es verdad, que el artículo 10 de la declaración de 1789 pone límites a la libre expresión cuando una opinión perturba el orden público y el artículo 11 le otorga a la ley la potencia para determinar dicha libertad. No obstante, toda libre expresión es legítima del momento que se denuncia la corrupción, el abuso, la tortura y la violación de los derechos humanos. De igual forma, en democracias consolidadas, la libre expresión es castigada por la ley cuando existe racismo, la discriminación sexual, la difamación y opiniones que atenten a la dignidad de las personas.

La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos protege los derechos a la libertad de religión y a la libertad de expresión sin interferencia del gobierno. La libertad de expresión incluye los derechos a la libertad de palabra, de prensa, de reunión y de petición (que es el derecho que permite a los ciudadanos reclamar ante el gobierno una compensación por agravios). También, incluye los derechos implícitos a la libertad de asociación y creencia. El componente más básico de la libertad de expresión es el derecho a la libertad de palabra. Este derecho permite que los individuos se expresen sin intervención ni restricción del gobierno. La Corte exige que el gobierno brinde una justificación sólida para intervenir. Para las leyes de contenido neutral, se aplica una prueba menos estricta.

Es en ese marco, en la arena periodística y política de nuestro país, el gobierno encabezado por Sebastián Piñera ha intentado censura o intervenir en la libre expresión de— Mentiras Verdaderas y Pauta libre—programas emitidos por el canal TV la Red, dirigidos por los excelentes periodistas Alejandra Matus, José Antonio Neme, Eduardo Fuentes y Mónica González. Estos programas se han vuelto muy populares y están marcando constantemente un alto ranking de audiencia por la calidad de sus profesionales que realizan un periodismo ético y crítico. Son precisamente estos ejemplos de periodistas los que deberían tener como modelos a todos quienes ejercen esta profesión inherente al buen funcionamiento de la democracia, la actividad política y el comportamiento de sus actores.

Así, el malestar del gobierno de Piñera con la Red se produjo por la entrevista que le realizó Eduardo Fuentes al ex frentista Mauricio Hernández Norambuena, alias el comandante Ramiro, quien cumple condena por el asesinato del fundador de la UDI Jaime Guzmán y del secuestro de Cristian   Edwards del Rio, hijo del fundador del Mercurio Agustín Edwards.

Esta entrevista provocó un fuerte impacto mediático por los dichos del ex frentista sobre el — gobierno de Piñera, la legitimidad de la lucha social, sobre la represión y la violación de los derechos humanos en la actual crisis sociopolítica que vive Chile. Reivindica el ajusticiamiento de Jaime Guzmán por haber sido autor ideológico y material de la violación de los derechos humanos. Da apoyo a las reivindicaciones del pueblo mapuche, considera que su lucha es justa, legítima y necesaria. Igualmente, pone dudas la existencia terrorista, aludiendo que la criminalización al pueblo mapuche son montajes por los grandes intereses de las forestales en el sur de nuestro país— al final de la entrevista, se da el gusto de enviar un saludo a los jóvenes que se han manifestado, los insta a continuar con las movilizaciones y organizándose como el único camino para las transformaciones sociales y políticas en el país.

Frente a la mencionada entrevista, el gobierno contactó al dueño del canal Remigio Ángel González, un empresario mexicano quien posee un imperio en el mundo de las comunicaciones. Fue Magdalena Díaz quien realizó telefonazo, asesora comunicacional de Piñera e hija de Pedro Pablo Díaz, íntimo amigo de Piñera e involucrado en el caso Kiotazo para hacerle una encerrona a Evelyn Matthei quien era la competencia de Piñera para ser candidata de RN a la presidencia. Díaz, actualmente es embajador en Portugal nombrado por Piñera. La Hija del íntimo amigo del presidente, no posee grandes méritos, tampoco estudios en grandes universidades ni dentro ni fuera del país— tráfico de influencias—tuvo la mala idea de llamar al empresario para exponer las molestias del gobierno y este le respondió magistralmente que lo que estaban haciendo los programas de la Red era parte del ejercicio del periodismo y de la libre expresión.

Edwy Plenel[1], un destacado intelectual, periodista francés y fundador de MediaPart escribió en plena crisis de los chalecos amarillos un libro en el cual sostiene lo siguiente: « La información también e un campo de batalla donde se juega el ejercicio de un derecho fundamental, mucho más crucial que el derecho a voto: el derecho a saber«  La información es un derecho inseparable a la exigencia de una real democracia, que conlleva la preocupación por una deliberación pluralista que se niega a encubrir verdades basadas en hecho bajo la pasión ideológica. Viceversa, debe existir siempre una crítica ciudadana hacia los medios de comunicación que no informan con la verdad, exigirles siempre a los periodistas que sean artesanos meticulosos de sus trabajos en terreno, plenos de pensamiento crítico cuando el poder abusa, viola derechos fundamentales y corrompe.

La filósofa Hannah Arendt[2] escribió en 1967: «La libertad de expresión es una broma si la información de los hechos no es garantizada y si no son los hechos por sí solos el objeto del debate «  y es porque «las verdades basadas en hechos son políticamente las más trascendentales«

En efecto, el gobierno quiso censurar los programas de un canal de televisión en los cuales se ejerce un periodismo de alto vuelo profesional, ético y crítico contra un gobierno catastrófico desde lo moral, democrático e institucional. La entrevista de Eduardo fuentes al ex frentista no constituye ningún peligro para el orden público. Mauricio Hernández Norambuena, esgrimió opiniones que se apegan a verdades basadas en hechos irrefutables—Jaime Guzmán fue autor material o ideólogo de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura; El gobierno de Piñera violó los derechos humanos; el Estado Chileno oprime al pueblo mapuche; no hay pruebas que exista terrorismo mapuche; hay pruebas que las forestales tienen enormes intereses económicos en la zona del conflicto; detrás de la fortuna de Piñera hay un crimen—No solamente fueron estas opiniones que le molestaron al gobierno y a la UDI, más bien, que haya sido un preso político cargado de simbolismo quien haya tenido tribuna para expresarse desde su celda contra gobierno que es simplemente nefasto y que será recordado como violador de los derechos humanos.

Finalmente, los gobiernos le tienen miedo a la libre expresión cuando no hay principios ni virtudes para gobernar con la conciencia tranquila, cuando la ética periodística cumple un rol esencial para el buen funcionamiento y el triunfo de la democracia— por y para el pueblo—

[1] Edwy Plenel, « La victoire des vaincus », la découverte, 2019.

[2] Hannah Arendt, « Vérité et Politique » , la crise de la culture, Gallimard, Paris, 1972.

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