Publicado Junio 27, 2021
Deselitizar el psicoanálisis, estar a la altura del territorio
Cuerpo
El psicoanálisis puede aportar en la gestación de proyectos colectivos transformadores que se sostengan en el futuro, y, de esa manera, contribuir en la recomposición del lazo social en tanto sostén subjetivo.

Es sabido que, en general, la formación y la atención clínica psicoanalítica son costosas económicamente, por lo cual no son accesibles para el grueso de la población. Este hecho tiene una relación lógica con los orígenes del psicoanálisis. Freud comenzó y sostuvo su práctica clínica con pacientes de las clases altas de la sociedad vienesa, y así se mantuvo durante el transcurso del tiempo. Inclusive en sus escritos técnicos sostuvo que una de las condiciones del análisis era que los/as pacientes tuviesen un cierto capital educativo e intelectual. Pero por otro lado Freud también apeló a que se crearan instituciones públicas que atiendan a las personas más desfavorecidas de la sociedad, bajo el argumento que también tienen derecho a la terapia anímica.

Dicho anhelo de Freud se materializó con la creación del Policlínico de Berlín durante la Republica de Weiner en el año 1920, conocido como el primer servicio ambulatorio psicoanalítico de carácter gratuito. En la creación de este policlínico participaron psicoanalistas influenciados por ideas marxistas y socialistas, siendo ubicados en la denominada izquierda freudiana, cuya visión del psicoanálisis trascendía la atención médica, otorgándole un rol social y político en la comunidad.

Por suerte, la experiencia del Policlínico de Berlín no fue la única en lo que respecta a la inserción del psicoanálisis en un dispositivo público. En la actualidad, en el caso de nuestra región, podemos encontrar psicoanalistas y/o psicólogos/as de orientación psicoanalítica trabajando en dispositivos comunitarios, sociales, jurídicos, escolares, hospitalarios, etc. Si bien las realidades varían en cada país, siendo más común este fenómeno en una ciudad que en otra, es un hecho innegable. Asimismo, podemos encontrar dispositivos institucionales específicos que trabajan desde una perspectiva psicoanalítica distintas problemáticas del campo social.

Ahora bien, a pesar de lo anterior, el psicoanálisis sigue ejerciéndose mayoritariamente en las cuatro paredes de la consulta privada. Esto suele ser criticado y problematizado por ciertos posicionamientos que, desde un compromiso social y político de la práctica analítica, sostienen que ésta tiene y puede ser ejercida en los “extramuros”. Las críticas por su lado tienen que ver con los alcances teóricos, clínicos y políticos que implican el reducir la clínica psicoanalítica a la atención privada con pacientes de un determinado estatus socio-económico. Dicha limitación contribuye necesariamente a reproducir el imaginario social de que el psicoanálisis solo es posible aplicarlo en un consultorio, que tiene que durar largos años, dos días por semana, y que solo ciertas personas de un cierto nivel intelectual estarían aptas para emprender un análisis. Si bien estas ideas están cargadas de prejuicios provenientes de discursos por fuera del campo psicoanalítico, una parte importante de dichos prejuicios son alimentados por los/as mismos/as analistas. Cabe señalar, sin embargo, que también hay analistas que atendiendo de manera privada lo hacen considerando la realidad económica de cada sujeto, y desde ahí establecen un arancel diferenciado, de manera que el dinero no sea un impedimento para el análisis.

 Volviendo a la cuestión de los prejuicios, esto se constata a partir de la idea de ciertos psicoanalistas que trabajan (o no) en instituciones públicas cuando se refieren a la dificultad intrínseca de trabajar con los/as pacientes que asisten (mayoritariamente pobres), ya que poseen, según dicen, una suerte de “pobreza simbólica” o falta de “recursos simbólicos”, ubicando así el déficit del lado del paciente (y nunca del lado del analista). Pero frente a estos discursos cabe preguntarse, ¿No será más bien un prejuicio ideológico y/o de clase del analista más que de una supuesta carencia de parte del paciente?

De lo que aquí se trata es principalmente de una lectura superficial (no situada) del territorio de quienes consultan. Para ejemplificarlo de esta manera: No es posible trabajar de la misma manera con alguien de clase media, que con una persona que está en situacion de calle y no tiene satisfechas sus necesidades básicas (alimentación, vivienda, trabajo y ropa). No se puede extrapolar mecánicamente el modo de trabajo de un consultorio privado en un barrio acomodado a un dispositivo comunitario en una población o villa. Evidentemente hay cuestiones del orden de la realidad material que tiene efectos en la subjetividad. Una operación clásica –y conservadora e incluso fascista- es la de, en este caso, patologizar lo social. Es decir, atribuir las consecuencias subjetivas de la precariedad material a un déficit individual, ya sea de origen biológico o intrapsíquico.

Por otro lado, las condiciones estructurales de producción de la subjetividad no son absolutas y estáticas, sino que históricas y transitorias, por lo que la teoría y la práctica analítica necesariamente debe estar situada en las coordenadas epocales de cada momento social, histórico y político. Ya decía Freud en Psicología de las masas y análisis de yo que toda psicología individual es simultáneamente una psicología social.

Sin embargo, pareciera ser que cierto psicoanálisis tradicional se resiste a cuestionar el hecho de que la teoría freudiana fue producida en un contexto socio-histórico en particular, con pacientes de una clase social acomodada de la sociedad vienesa, caracterizada por haber sido marcadamente conservadora, patriarcal y heteronormativa (y todo lo que implica en términos de constitución subjetiva). En consecuencia, ciertos desarrollos en relación a, por ejemplo, el complejo de Edipo, la sexualidad, la familia, la cultura, responden a ese tipo de sociedad europea de fines del siglo XIX, por lo que deben ser revisadas función de la época en la que vivimos, pero además a partir del territorio en el que habitamos.

A pesar de que lo anterior pueda sonar muy obvio, en pleno siglo XXI todavía escuchamos lecturas anacrónicas y conservadoras que no se adecuan a nuestros tiempos, pero que además muestran una inexplicable resistencia al momento de ser interpeladas. Una de las maneras en las que se expresa esta resistencia es cuando algunos/as analistas tradicionales, sobre todo de corte lacaniano, dicen corroborar -casi a modo de mantra- sus supuestos teóricos y formulas a partir de lo que escuchan en la clínica. Cabría preguntarles frente a esos argumentos que tipo de pacientes atienden, y si es que lo inconsciente y el padecimiento subjetivo se pueden pensar independiente de las condiciones de género, clase, nacionalidad, edad, etnia, orientación sexual, considerando además como son presentadas en la actualidad en Latinoamérica.  A esto se le suma que la clínica no es un verificador objetivo y puro de teorías, ya que siempre son lecturas e interpretaciones que hace el analista al momento de formalizar el material clínico, cuestión no exenta de su propia ideología.

Se podría pensar que este tipo de resistencia responde a lo que Silvia Bleichmar se refirió como “las resistencias autoinmunes del psicoanálisis a colocarse en la historia”. O en los términos que plantean Deleuze y Guattari en su libro El Anti Edipo sobre como el psicoanálisis de Freud y Lacan traduce y reduce el campo social a una lectura estrictamente familiarista edípica de la subjetividad.

Para concluir, deselitizar el psicoanálisis tiene que ver con apostar por su democratización, tanto en el sentido del acceso a la formación como del acceso al dispositivo analítico. En ese sentido, el psicoanálisis no se acota a la clínica-terapéutica del diván, porque no tiene que ver con la escenografía, con el espacio físico, sino que con el deseo del analista, anclado a una posición ético-política de instalar el dispositivo analítico en otros espacios.

Una vez un compañero de una editorial argentina llamada Huellas. Psicoanálisis y Territorio, me dijo lo siguiente: “Si para Lacan el analista debe estar a la altura de la época, para nosotros/as el analista debe estar a la altura del territorio”. Afirmación no solo interesante sino que además necesaria de tomarla enserio. Estar a la altura del territorio implica, a mi parecer, salir –pero no dejar necesariamente- de los consultorios como espacios hegemónicos del ejercicio de la práctica psicoanalítica, y trasladarlo a lugares donde el neoliberalismo, la violencia, el arrasamiento de los lazos sociales, la precariedad de la vida, la desigualdad, se hacen más presentes. ¿Por qué? Porque el psicoanálisis puede aportar en la gestación de proyectos colectivos transformadores que se sostengan en el futuro, y, de esa manera, contribuir en la recomposición del lazo social en tanto sostén subjetivo.

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