Publicado April 29, 2020
El año sagrado: cómo nace una dinastía
Cuerpo

No pretendimos nunca cubrirnos con pieles de oveja, Constancio

No pretendimos nunca cubrirnos con pieles de oveja, Constancio

“Hemos internalizado a Saturno. Y tal como Saturno, hemos castrado y hemos destronado a nuestro padre. En este caso entiéndase el padre como el Estado. Claramente ya no necesitamos a ese Estado porque hemos internalizado al padre. Los que nos responsabilizamos de ser nuestros propios padres somos los que estamos destinados a sobrevivir en medio de esta pandemia”.

“A ver a ver perrito, no entendí,” interrumpió Aureliano, “¿cómo pasamos del padre que nos saca del útero de la madre al padre que tenemos que asesinar?”, y agregó más bajito: “¿Dijo asesinar no? ¿Escuché bien?”

“Del útero no weón, el útero es otra wea”, comentó torpemente Ricardo. “¿Cuándo fue que viste a una guagua[1] salir de un útero saco wea?”, Ricardo era matón y fisicoculturista. Trabajaba para Maximiano cuando éste administraba bares y night clubs en todo Santiago. Como brazo derecho de Maximiano, había sido el encargado de reclutar al personal de seguridad de todos esos antros.

“Y cuándo viste un parto vo’ conchatumadre.  ¡No me hablí con autoridad de esta wea, si no erí médico que yo sepa!”, al andar copeteado[2] Aureliano se emocionaba rápido. Pero la verdad es que nadie le tenía miedo a Ricardo, al contrario, le teníamos mucho cariño. Detrás de esa cara y cuerpo de matón se escondía un tremendo corazón de chocolate, dulce como un huevo de pascua. Él nunca iba a matar a alguien a menos que le diéramos una buena razón para hacerlo.

“Auri, calmémonos, porfa. Dejemos a Augusto terminar con su exposición y después nos agarramos a combos[3], ¿les parece? Lo del parto lo resolveremos en unos meses cuando nuestras mujeres estén dando a luz. Siga compadre”. Siempre me tocaba a mí calmar los ánimos de nuestra gente. Maximiano no hacía nada, parecía disfrutar de esas reyertas triviales. En esos breves momentos de júbilo no le causaba ningún conflicto interno delegarme su autoridad.

Augusto retomó: “Sólo quiero concluir que no es casual si esto pasa en medio del ascenso de la generación millennial. Muchos millennials tenemos a Saturno en capricornio. Algunos también tenemos a Saturno, Uranio y Mercurio en Capricornio.”

“¿Adónde querí llegar con esa omelette de planetas?” se impacientó Octavio. Él era un centúrico de la generación Z y desde el inicio de la exposición yo lo notaba celoso, seguramente porque Augusto no había ni mencionado a su generación. Cuando pasaba eso, siempre se enojaba Octavio.

Augusto gesticuló su reflexión final: “Quiero decir que estamos predestinados a cambiar esta era. Somos los elegidos. Con nosotros comienzan los nuevos tiempos”.

Todos nos quedamos callados. Lo único que oíamos era el ruido de las chispas y las llamas de la fogata alrededor de la que estábamos sentados, religiosamente, como verdaderos apaches. La pipa de la paz era un tremendo bong que nos íbamos pasando entre los ocho. La regla es que nunca debía dejar de girar. El que lo terminaba lo volvía a rellenar. 

Yo sabía que Augusto especulaba. Pero como no creerle aunque fuera un poquito, si todo en lo que creíamos antes se había derrumbado en pocos meses. Y por más confuso que fuera, siempre decía cosas profundas. Como miembro de esta sagrada familia, además del contenido me importaban el efecto y el alcance de estas exposiciones. Los muchachos necesitaban creer en algo. Lo habíamos conversado largo rato con Maximiano. Augusto era el intelectual del equipo. Por eso decidimos que era el indicado para compartir sabiduría. Antes nos burlábamos de él, porque el maricón se lo buscaba: varias veces lo habíamos pillado leyéndole la mano o el tarot (¡y en pleno carrete![4]) a alguna mina que se quería agarrar[5]. Nunca imaginamos que la astrología, la numerología y todas esas artes iban a tener un significado tan profundo para nuestra fraternidad. En tan solo unos meses habíamos dejado de ver a Augusto como un charlatán para considerarlo nuestro Druida.

Con Maximiano y Augusto coincidimos en que las ciencias astrales eran la mejor manera de transmitir un mensaje político y de comunidad a nuestra hermandad de millennials descerebrados. Teníamos el reto de convertir a nuestros amigos zorrones[6] en verdaderos señores de la guerra. Las reuniones nocturnas alrededor del fuego eran el momento ideal para crear un sentido de comunidad místico. Era un momento mágico para todos nosotros. Todos, hasta Maximiano, ponían ojitos de sardina cuando hablaba Augusto. Parecían infantes mirando sombras chinas. Y cuando Maximiano tomaba la palabra, ahí era terror lo que brillaba en el fondo de esas miradas admirativas.

“Que macabro[7] weón”, exclamó Luciano, rompiendo el silencio con regocijo.

Personalmente nunca entendí cómo podían salir tantos subnormales de los colegios más caros del país. Pero eso ya no tenía importancia. Que en paz descanse Luciano, que cayó hace unos meses en el asalto al castillo de Flor. Por él y por todos mis hermanos quiero contarles cómo llegamos a este momento. Y quiero contarles porque quiero que entiendan cómo es que nace una dinastía.

Foto: Loyd Rodríguez / Modelo: Bayardo Hernandez Póveda

LA SAGRADA FAMILIA

No eran ni siete enanos ni siete samuráis, eran siete sacoweas[8]. Ocho conmigo. Ocho personalidades muy distintas, como los planetas. Ahora multiplica esos ocho por tres, porque teníamos dos mujeres cada uno. Réstale uno, porque Maximiano solo tenía como mujer a su prima, una arpía de primera mano. Ahora toma en cuenta que todas las mujeres estaban embarazadas, menos una, Camila, la preferida de mis dos cachorras. Ahora imagínate a toda esa gente en una gran casa de La Reina[9] con casi cien hectáreas. Éramos bendecidos de Dios. Pero nos faltaban dos cosas: disciplina e inteligencia. Ahí es cuando entro yo. 

Dicen de los argentinos que para suicidarse les basta con tirarse de arriba de su ego. Para mí, el ego de los argentinos siempre fue un cerrito que miro como burlón desde la cordillera donde estoy parado. Pero por estar desde siempre rodeado de estúpidos manfinfleros[10] me tocó aprender a moverme por la vida con cautela. Pero de tú a tú, soy rápido y escurridizo como una anguila.

Me voy a saltar la historia que ustedes ya conocen: nadie se tomó en serio la pandemia, la población de Chile se redujo a la mitad, la economía se fue a la mierda, el Estado se volvió una minarquía[11] y si no fuera por el Banco Central, la policía o los tribunales, olvidaríamos que existe. Hoy el país estaba fragmentado en una multitud de diversas comunidades que controlaban comunas, barrios, condominios, manzanas, calles o edificios de todo el país: estaban los colectivistas, los libertarios, las feministas, los evangelistas, los bandidos, los terratenientes, los carabineros, los que vivían del comercio, los que vivían del contrabando, los que vivían de la industria, los barrios sindicales, los barrios liberales y muchos más que quizás yo ignoraba. La policía patrullaba únicamente durante los toques de queda nocturnos, y en general la consideramos como una pandilla itinerante institucional (la π² le decíamos). Yo nunca fui muy político. Nunca me consideré el relevo generacional de nadie, ni la sangre fresca que iba a transformar algo en nuestro país. Yo no creía en esas cosas. Pero si soy de una generación de clase alta que nunca creyó en el gobierno ni en sus instituciones: yo nunca fui del 6%[12].

Cuando entendí que el mundo había cambiado para siempre, tomé la decisión de protegerme con mis amigos y fundar una comunidad. Maximiano era un viejo amigo del colegio. Siempre había sido violento y mal compañero, tal vez por eso nos llevábamos tan bien. Era un buen emprendedor, poco disciplinado, pero tenía un carácter al que no quisieras llevarle la contra. Por mi parte, mi vida era relativamente sencilla: trabajaba religiosamente durante la semana, me portaba bien con el prójimo; iba al gimnasio; regaloneaba con mis pololas[13], chateaba con mis padres y ayudaba una noche a la semana en un hogar de ancianos organizando el bingo. Pero en cuanto llegaba el viernes me transformaba completamente y lo mandaba todo al carajo; era pascua, pero pascua de carrete. No había fin de semana que no la pasara con Maximiano, chupando y jalando[14] como enfermos, comiéndonos las minas[15] más ricas del país, inmersos en un infierno lujurioso al que poco a poco fuimos integrando a Augusto, Aureliano, Octavio, Luciano y Emilio. Por cierto, se me olvidó presentarles a Emilio, un abogado recto, discreto y trabajador. Bueno para los papeleos y para los números. Yo soy Constancio.

Entre Piscola y Long Island, logré convencer rápidamente a Maximiano de fundar una comunidad: si no lo hacíamos corríamos el peligro de desaparecer del mapa. Y qué mejor comunidad que la de tus compadres de carrete. Ya nos conocíamos todos, y no había ni uno que no hubiera mostrada la hilacha[16], al menos una vez. Dicho y hecho. Con Maximiano nunca le dábamos muchas vueltas a un asunto si nos parecía urgente y necesario. Reunimos a todos los muchachos para presentarles la idea. Imagínense ustedes, estaban todos tan acostumbrados a pensar solo desde el presente que ninguno entendía que esta catástrofe podría cambiar definitivamente sus vidas. Creyeron que los estábamos invitando a una especie de camping o algo así. Augusto nos ayudó a convencerlos sobre la gravedad de la situación. Ahí fue que entendí que con Augusto estábamos en sintonía. El mundo había cambiado: “muchachos, no podemos seguir siendo igual de irresponsables que antes”. Pero como no se trataba tampoco de deprimir a los cabros[17], decidí abordar con humor el tema de la continuidad del género humano desde nuestra comunidad. Les dije: “Cabros, ya es hora de parar el webeo[18]. Es tiempo de escoger a su buena peuca[19] para el resto de nuestra vida.” Empezó una acalorada conversación. Los muchachos estaban algo asustados. En general todos plantearon la idea de llevarse a una polola, o a un crush o a una amiga con ventaja. Les tuve que explicar, con las palabras más simples que encontré, que nuestra sociedad había socialmente retrocedido al medioevo y que, antropológicamente, era hora de volver a una especie de compadrazgo propio de las tribus más primitivas. Obviamente, los weones no me entendieron ni una wea. Simplifiqué: “vamos a buscar dentro de nuestro catálogo personal de primas, a la prima más rica, más sumisa y menos hinchaweas[20] que tengamos, vamos a convencerla de unirse a nosotros por las buenas o por las malas, y cuando ya estén todas reunidas, las vamos a repartir entre todos, y cada quien se va a casar con la prima de uno de nosotros”. Se me quedaron callados y con caras de pez globo. Pienso que en otra circunstancia se hubieran burlado o me hubieran sacado la chucha[21]. Pero cómo iban las cosas, desde la profunda ignorancia en la que vivían, comprendieron que yo había entendido algo que ellos todavía no cachaban[22].

“A mi prima no me la culea nadie” sentenció Maximiano. “Repártanse las primas entre ustedes. Yo pongo la casa. Déjenme a mi prima que solo yo sé cómo hacerla feliz”. Aprobamos en Asamblea la regla y la excepción. Fue toda una experiencia de democracia participativa.

“¿Pueden ser dos primas?” preguntó Octavio. Se sabe por experiencia que los centúricos siempre traen al grupo ideas frescas y revolucionarias. Octavio, que era el más pendejo[23] de todos, resultó ser un cabro muy prometedor. Votamos por la idea de Octavio y así fue que decidimos volvernos bígamos. Salvo Maximiano, que pidió nuevamente que votáramos su derecho a no someterse a la regla. Cagados de la risa aprobamos la segunda excepción. La verdad es que nos importaba pico[24] que fuera tan sumiso con su prima. En el fondo de mí sabía que esa debilidad algún día le costaría caro.

LA COMUNIDAD AGRÍCOLA

Una cosa era llegar a una casa la raja[25] y acompañado por tremendas minas[26], en el mundo de antes. Hubiéramos organizado el manso[27] asado y comprado litros de copete[28]. Pero el mundo había cambiado. Nuestras pobres primas no llegaban ni en bikini, ni a tomar sol, ni a perrear. Llegaban con sus maletas, completamente aterrorizadas. No sabían todavía quién les iba a tocar de esposo pero ya se imaginaban el tipo de monstruos que les tocaría aguantar por el resto de sus vidas. Ahora bien, resuelto el problema de la procreación (y hago un paréntesis para agradecer a Dios por haber quedado con las dos mujeres más bellas e inteligentes, Serena y Camila -nunca entenderé por qué Dios ama tanto a los tramposos como yo), ahora la segunda pregunta clave era: ¿Cómo íbamos a subsistir como comunidad? Obviamente empezamos con ideas mamonas. Nos pusimos a cultivar hortalizas, tubérculos, cereales; empezamos a sembrar árboles frutales, y benditos sean los idiotas porque, gracias a sus ocurrencias, decidimos conservar varios metros cuadrados para la siembra de marihuana.

Como peucas finas, elegantes y modernas, nuestras esposas eran en su mayoría vegetarianas o veganas. No nos molestaba. Nos convertimos en carnívoros tolerantes. Obviamente entre machos decidimos juntar la plata para mandar a comprar ganado. Existían grandes terratenientes en las regiones que vendían ganado a domicilio pero a precios muy altos. Pero entre comprar carne fresca y comprar ganado directamente no había por donde perderse. Gracias a nuestros contactos logramos unas conexiones interesantes, y después de largas pláticas, nos ganamos la confianza de varios ganaderos. El producto era escaso, decían, y no cualquiera podía ser comprador. Lo interesante es que el dinero se había complejizado gracias a la multiplicación de micro-economías paralelas. Por eso, por más que persistiera el dinero representativo, el palpable o el electrónico, pude constatar que se manejaba cada vez más el dinero mercancía. O sea que ante la escasez de dinero y de mercancías, ahora podías pagar ciertos productos con otros productos. También descubrimos por intermedio de la Deep Web que ciertas comunidades ya se dedicaban al tráfico de seres humanos para pagar: ofrecían niños, mujeres u hombres esclavos a cambio de productos, objetos o alimentos al por mayor. Al ver eso no la pensamos dos veces. Maximiano movió cielo y tierra para procurarse armas y a la semana siguiente ya estábamos recibiendo pistolas, granadas, fusiles semiautomáticos y cientos de miles de municiones. Ricardo nos comenzó a entrenar. Para ese entonces, veíamos las armas como un mal necesario y sólo para defendernos. Si esos salvajes nos atacaban para robarnos nuestras mujeres o esclavizarnos, ¿quién nos protegería? ¿El Estado? Si alguna vez eso había existido en Chile, en todo caso ya había dejado de existir para nosotros.

No sé cómo eran las sociedades agrícolas ancestrales, pero en nuestro Concilio votamos por meter a todas nuestras mujeres a trabajar en la cocina y en las labores de aseo. Mientras, nosotros nos la pasábamos fuera de casa: nos ocupábamos de la tierra; de sembrar; arar; podábamos los árboles frutales, cuidábamos los animales, limpiábamos los cercos, ordeñábamos las vacas, matábamos un animal cuando queríamos comérnoslo y los hacíamos reproducirse cuando los queríamos multiplicar. Fíjense que los tratábamos tan bien que hasta música clásica les poníamos. ¿Han oído hablar de la carne de kobe? Así de rica era la carne de nuestros animales porque así de felices eran nuestras vaquitas, conejos y aves de corral. Muy pronto, el ocio y la gula nos llevaron a elaborar nuestros propios quesos y nuestros licores de fruta fermentada. Yo me compré una acuario gigante y lo llené de pececitos exóticos. 

Dinero era lo que nos sobraba al inicio. No nos veíamos en la necesidad de comercializar nada. Hasta nos divertíamos comprando acciones porque seguíamos creyendo en el sistema financiero. La verdad es que no reflexionábamos mucho, lo hacíamos todo por impulso, instinto o curiosidad. También tratábamos de entender cómo funcionaban la agricultura y la ganadería, porque huasos eramos pa’ todo, pero de huasos-huasos no teníamos nada[29]. Otra cosa que nos tomaba tiempo era el complacer a nuestras mujeres. Ninguno de nosotros había estado nunca casado, entonces pasar de ser solteros a vivir con dos esposas bajo el mismo techo demandaba de mucha energía. Al cabo de unos meses, por el estilo de vida desenfrenada que llevábamos y la cantidad de drogas, alcohol y cigarros que comprábamos, nos dimos cuenta de que nos estábamos quedando sin lucas[30]. Comida y hierba no nos iban a faltar nunca, pero corríamos el riesgo de volvernos una isla. Como isleños terminaríamos siendo la presa de alguien. Por más que tuviéramos armas, un oasis como el nuestro, con mujeres tan bellas y tantas cosas ricas para comer, iba a atraer como a moscas a los escuadrones más violentos. Octavio nos convenció de que tampoco podíamos proyectarnos socialmente desde una economía de subsistencia. Yo expresé que todo me parecía buena idea, y agregué que no podíamos seguir sin saber quiénes eran nuestros vecinos.

LA HERMANDAD EMPRESARIAL

Habíamos almorzado y ya estábamos en el digestivo. Nuestras mujeres nos habían traído el café y ya se habían empezado a instalar en la mesa de afuera para almorzar entre ellas. Se había instalado la tradición de que los hombres comíamos primero, en la gran mesa del comedor de la casa, y cuando íbamos por el café, entonces les tocaba a las mujeres instalarse a comer en la enorme mesa de la terraza, a la sombra de las parras. Nunca comíamos juntos. Pero no éramos machistas. Por ejemplo, nosotros levantábamos la mesa de ellas cuando terminaban de comer. También les hacíamos su cafecito y su cortito que les llevábamos cariñosamente a cada una de nuestras mujeres. Tan salvajes no éramos. Pero al final sí eran ellas las que lavaban todo. Me gustaría decirles que los hombres pasábamos el día al sol, pero para esa fecha ya no había tanto sol y las mujeres comían cagadas de frío afuera.

Ese día conversábamos de posibles emprendimientos. Estábamos preocupados porque se nos venía el invierno y nos estábamos quedando patos[31]. No sabíamos producir nada en grandes cantidades, tampoco éramos artesanos y no nos imaginábamos vendiendo quesos, ni animalitos, ni licores de frutas.

-¿Y qué tal si cultivamos café?,” sugirió Emilio, que sacó la idea como si nada pero en verdad tenía toda una exposición preparada. “Las economías de países pequeños, como la de Costa Rica, se levantaron gracias a la producción de café. Crece en climas fríos, en altura, y aquí no le faltará nunca el agua de la cordillera”.

-¿Estás proponiendo que dejemos de cultivar todo lo demás para convertir todas nuestras tierras en un gran monocultivo de café?”, pregunté, haciéndome el leso[32]. Emilio y yo habíamos averiguado todo sobre ese elixir. Pero no sólo eso, resulta que el precio del café se había cuadruplicado. Por mi lado había conversado con varios ganaderos, fabricantes de alcohol, productores de tabaco y traficantes de armas, y muchos habían accedido a vendernos sus productos a cambio de café.

“El problema que yo veo en esto, reflexionó Octavio, es que como campesinos siempre vamos a ser el eslabón más bajo de la cadena de producción. En serio po, todo el mundo se culea[33] a los que trabajan la tierra. O sea que somos los que menos ganancia van a sacar.”

Emilio retomó su ponencia: “No se trata de operar esta hacienda como si fuéramos un país tercermundista. Aquí vamos a cultivar café, vamos a cosecharlo, vamos a procesarlo, vamos a curarlo, tostarlo y por último vamos a empaquetarlo. Vamos a crear una marca, con valor agregado, y gracias al café vamos a poder diversificarnos. ¡Y lo más hermoso de esto, es que no vamos a conocer la crisis! ¡Que yo sepa nadie quiere dejar de consumir café!

“Lo mismo pensábamos de las funerarias. Nadie va a dejar de morirse, es un negocio es infalible”,  criticó Ricardo, “ahora resulta que cada quien entierra a sus muertos; las funerarias quebraron.”

“Es verdad lo que dice”, confirmó Aureliano, que por una vez estaba de acuerdo con Ricardo. “Antes nos limpiábamos el culo con papel higiénico. Ahora nos basta con agua y con jabón”.

“¡Como Pin Pon, con agua y con jabón!” comentó Luciano risueño.

“Vaya, vaya” expresó Maximiano con seriedad, “parece que estoy rodeado de genios en esta mesa”. Paro de hablar para mirar su chupito, lo hizo bailar en círculo y se lo zampó. Luego retomó: “Entonces por qué, rodeado de genios como estoy, ¡no oigo en esta mesa ninguna puta idea clara que valga la pena! ¿Soy el único que está cansando de vivir angustiado por nuestro futuro? ¿Soy el único?” Paseó su mirada por todos nosotros. “Hemos despilfarrado nuestro dinero en buenas cosas. ¡Porqué somos unos excéntricos! ¡Hasta jabalíes tenemos en nuestra hacienda, comiéndose nuestras trufas por montón! Pero que yo sepa ¡Ninguno de ustedes sabe cómo matar a ese animal, ni despellejarlo, y menos cocinarlo!¡Porque son unos inútiles!¡Unos buenos para nada! ¡Y ahora me hablan de café como si fuera la gran cosa! ¡No entiendo cuando fue que los chilenos nos pusimos tan exquisitos! ¡Uy! Tome su cafecito su excelencia. ¡Su excelencia mis huevos! ¡En mi casa con cueva[34] había café en sobres! ¡Porque yo vengo de abajo! En mi casa siempre se tomó té: al desayuno, al almuerzo y a la once. ¡Pero ahora resulta que a los chilenos nos gusta el café! Uy, como en Roma, ¡porque nos gusta estar de moda! ¡Malinchistas de mierda, eso es lo que somos! Ayer nos gustaba el té, hoy nos gusta el café, ¿y mañana qué? ¿La hierba mate? ¿La infusión de hoja de coca?

Maximiano no se daba cuenta, pero tenía eso de maravilloso que no era bueno reflexionando (era un hombre de acción) pero en sus ataques de rabia siempre se le ocurrían inconscientemente las mejores ideas. Antes de levantarnos de la mesa ya habíamos decidido cultivar hoja de coca. Y como no queríamos ser sólo campesinos (Octavio y Emilio insistían con vender un producto con valor agregado), al cabo de unas semanas ya teníamos nuestros propios laboratorios para fabricar cocaína. En unos meses nos convertimos en una empresa muy próspera y moderna. Pero necesitábamos espacio. Necesitábamos más tierras.

LOS SEÑORES FEUDALES

Empezamos a espiar metódicamente a nuestros vecinos en cuanto comenzamos a sembrar coca. Como siempre, la idea era protegernos: necesitábamos saber si ellos nos estaban espiando de antes, y teníamos que enterarnos de que tan peligrosos eran. La verdad es que nos llevamos muy buenas sorpresas. Para el sur nos dimos cuenta de que la parcela estaba abandonada. Decidimos organizar una expedición para incursionar en la tremenda casa sin vida. Esa vez Luciano me llenó de orgullo al sugerir algo inteligente: “¿Y si están muertos y la casa está infectada?” Nos pusimos nuestros mejores trajes antipandemia, máscaras de gas que le habíamos comprado a los traficantes de armas, botas de hule que protegimos con bolsas de basura XL, guantes de jardinería, armas de fuego y un lanzallamas que aún no habíamos estrenado. Parecíamos soldados de una guerra bacteriológica. Y efectivamente, al llegar a la casa, vimos que estaba infestada de cadáveres en descomposición. Quemamos los cadáveres en el patio y desinfectamos la casa de arriba a abajo. A los dos días ya estábamos botando el muro para apropiarnos el terreno. Como era tierra fértil inmediatamente nos pusimos a sembrar coca. La casa se convirtió en laboratorio y Emilio se encargó de sobornar a una autoridad judicial para legalizar la expropiación. 

Al Oeste tampoco nos tocó difícil. Resulta que en una parcela igual de grande que la nuestra vivían unos muchachos que tenían la apariencia de ser unos hippies malolientes. Como nosotros antes, llevaban una economía de subsistencia, con la única diferencia de que ahí todos eran vegetarianos. Cuando no trabajaban la tierra, se la pasaban el día cantando, culeando[35] y fumando weed[36]. Supimos que ellos ya nos tenían vigilados desde antes pero habían decidido guardar distancia. Era por los disparos que oían venir de nuestra hacienda, nos contaron después. El día que decidimos invadirlos optamos por llegar sin armas. Sabíamos que no iban a oponer ninguna resistencia. Era un grupo mixto de veinte muchachos, la mayoría músicos, actores escénicos, estudiantes en ciencias sociales y psicología.

“El mundo cambió”, les dijo Maximiano. “Si no tienen quien los proteja, tarde o temprano vendrá un escuadrón a liquidarlos. Y andan unos escuadrones muy sanguinarios. No sé sabe quiénes son. Algunos dicen que vienen de las poblaciones, otros que son anarquistas, y algunos hablan de militares desertores. Las malas lenguas nos cuentan que también hay escuadrones de policías saqueando. O sea que hoy, ya no se puede confiar en nadie”.

“¿Y que nos van a venir robar? ¿Por qué vendrían a liquidarnos? No tenemos nada que pueda interesarles”. El que habló era un pelado pálido y musculoso. Tenía cara de chino pero era alto e imponente. Parecía ser algo así como el líder de esa comunidad de nerds. En todo caso era el único musculoso. Nos reímos cuando él habló. Además, estaba fumándose un pito y el humo ya nos iba contagiando. Según el orden de palabra que nos habíamos asignado antes de invadirlos ahora me tocaba hablar a mí:

“¿Saben ustedes que hoy existen monstruos que pagan mercancía con órganos humanos? No, ¿cierto?, ¿han oído hablar del tráfico de mujeres, del tráfico de niños y del tráfico de esclavos? ¿Saben ustedes qué valor tiene en el mercado la comida orgánica y saludable que ustedes cultivan? ¿Saben ustedes cuánta gente está dispuesta a matar por fumar esa hierba que ustedes fuman a diario? No, porque no saben nada, y tampoco saben en qué mundo viven, pero esa hierba huele maravilloso, ¿Es sativa?

“Si bro. Es la Shining Silver Haze, respondió el pelado dándonos cátedra. Esa weed nunca falla hermano. Extendiéndome el porro agregó: “También tenemos Haze Berry y Royal Moby.”

Maximiano se impacientó: “Yo no sé de qué chucha estay hablando weón, pero esto huele muy rico”, y acercándose al pelado le sentenció en la cara: “a partir de hoy, vamos a mutualizar tu producción. Se acabó la economía de subsistencia. Vamos a producir weed en grandes cantidades, nosotros la vamos a vender a los distribuidores, y vamos a ir mitad y mitad. Ustedes no van a faltar nunca de nada y nosotros vamos a brindarles nuestra protección, ¿Estamos claros?”

Así fue como tumbamos otro muro y empezamos a diversificar la producción.

EL CASTILLO DE FLOR

Foto: Loyd Rodríguez / Modelo: Camila Fernanda Leyton

Fue cuando quisimos expandirnos al norte que nos encontramos con una resistencia tenaz. Cuando digo norte quiero decir cruzando la calle, porque la entrada de nuestra hacienda miraba para allá. Habíamos estado observando la parcela pero había cosas que no lográbamos entender, como por ejemplo: veíamos a hombres trabajar la tierra y a mujeres cuidar la hacienda armadas. Pero entonces, ¿quién cocinaba en esa casa? ¿Quién se encargaba de lavar los platos? ¿Eran los hombres también? ¿Cómo podían ser tan disciplinados? ¿Si las mujeres cuidaban la hacienda armadas, sería porque los hombres eran sus esclavos? Aureliano, quién había sido encargado de espiar esa finca, nos contaba que todas las mujeres estaban encapuchadas y que muchas de las cuidaban armadas andaban con las tetas[37] al aire. ¿Eran guerrilleras, prostitutas o simplemente feas? Todas esas preguntas nos hacíamos mientras limpiábamos y alistábamos nuestras armas para ir a invadirlas. Nos preparábamos para un largo combate. Antes de partir, habíamos comido jabalí y le habíamos hecho el amor a todas nuestras mujeres embarazadas. Sólo mi Camila no lograba embarazarse. Yo no tenía derecho a morirme mientras eso no ocurriera.

En cuanto cruzamos sigilosamente la calle que separaba nuestras dos parcelas, oímos un grito de guerra estridente: “Ahí vienen los zorrones! ¡Prepárense!” Y de todos lados empezaron a gritar: ¡zorrones culiaos! ¡Devuélvanse por donde vinieron! ¡Prepárense a morir! ¡Malditos machistas! ¡Peucos primitivos!” La verdad es que nos paralizamos de miedo al escuchar tantos gritos de guerra tan fuertes y amenazantes. Iban acompañados por detonaciones de armas y cohetes luminosos de múltiples colores. Como era el más tarado, decidimos poner a Luciano a la cabeza del pelotón, guardando siempre una sana distancia entre cada soldado. Apenas habíamos andado unos metros dentro de la parcela que nos comenzaron a disparar. En cuclillas tuvimos que improvisar un camino hasta que Luciano estalló en mil pedazos por los aires. Había pisado una mina antipersona. Cagados de miedo tuvimos que replegarnos y volver con pedazos de Luciano a casa. Al llegar nos dimos cuenta de que no teníamos todas las partes. Yo encontré un dedo suyo en el bolsillo de mi camisa pero claramente faltaba la cabeza. O lo que quedaba de ella. Tuvimos que cambiar de estrategia. Necesitábamos conocer mejor al enemigo. Decidimos mandar un cuerpo diplomático para pedir los restos de Luciano que no habíamos podido recuperar. No quisieron recibirnos las mujeres. Nos mandaron a un par de hombres demacrados que nos lanzaron por encima de la reja los restos morados y húmedos de sangre de nuestro amigo. Fue un irrespeto tremendo, sobre todo porque estábamos con las dos viudas que se nos desmayaron al instante. Al ver la mirada digna de esos dos rostros secos y cerrados, no supe adivinar si eran esclavos o no, pero me vino una rabia gigante por como deshumanizaron los restos de nuestro hermano.

“¿Quién manda en esta parcela?”, pregunté.

“Aquí mandamos todos”.

«No me sirve como respuesta.” Saqué mi pistola y apunté al corazón de piedra de uno de los hombres.

“No te lo quería preguntar dos veces. ¿Quién manda en esta parcela?”.

“Nadie. Este es el castillo de Flor”, respondió asustado esta vez.

“Entonces mándale este mensaje a Flor” y le disparé a su compañero que cayó muerto al instante. Un par de encapuchadas vigilaban la escena armadas pero no alcanzaron a llegar a tiempo. Ya habíamos huido con las viudas.

A partir de ese día decidimos hostigar el Castillo de Flor. Cualquier hora del día era buena para matar a uno de los suyos, que fuera hombre o encapuchada. El camino se volvió la frontera de una guerra de posiciones cruenta. Nosotros teníamos la frontera tan vigilada que las mujeres empezaron a sentirse cercadas. Lo que más les angustiaba eran las granadas. Habíamos conseguido un lanzagranadas con alcance de un kilómetro y cuando las tunas empezaron a entrarles en la casa, decidieron al fin enviarnos una comitiva.

“Queremos conversar con Flor. No conversamos con subalternos” les dijo Maximiano.

Al día siguiente teníamos a Flor en la entrada de la hacienda. La recibimos los siete hombres. Octavio llevaba en un ánfora las cenizas de Luciano, así que estábamos los ocho presentes.

Flor era una pequeña mujer muy ágil y muy erótica. Su rostro jovial, brillante y abierto era la máscara detrás de la cual había acostumbrado a esconder sus gustos, sus excentricidades y su mal genio. Su voz sensual y sus movimientos ondulantes llamaron la atención de todos.

“¿Qué quieren? ¿Por qué nos molestan?” preguntó Flor secamente.

Maximiano le respondió: “Queremos controlar el camino. Sabemos que allá arriba en la cordillera están las empresas mineras. También hemos visto pasar a varios camiones del ejército. No sabemos lo que traen. Lo que verdaderamente nos interesa son las fuentes de agua cordilleranas. A ustedes no las queremos someter. Queremos que sean nuestras aliadas. Necesitamos que nos ayuden a controlar el camino. A partir de hoy cobraremos peajes, salvo a los militares. En todo será sesenta-cuarenta a nuestro favor. Nosotros decidimos quién pasa y quién no.”.

“Si quieren ser nuestros aliados ¿por qué imponernos el cuarenta?”, preguntó Flor con una voz melosa, mientras se limaba dulcemente las uñas. Parecía una gatita haciéndose las uñas. “¿Así tratan a sus aliados ustedes?”

“Tenemos mujeres embarazadas. Comen por dos. ¿Cuántas mujeres embarazadas tienen ustedes?” replicó Maximiano.

“Ninguna, machito, ¿por qué? ¿Andai con ganas de someter a otra hembra?”

Todos nos sonreímos al escucharla. Lo había dicho con tanta sensualidad que habíamos quedado electrificados y confundidos a la vez. No sabíamos si seguir en el rol de macho protector y violento o si caer para siempre rendidos a los pies de esa vulva, para ser eternos esclavos de su placer. Octavio nos contó después que sintió como Luciano se emocionaba dentro de su ánfora. Había sentido como se agitaba. De calor debía ser, al escuchar la voz de Flor. Yo miré a Maximiano y me encogí de hombros. Que le íbamos a hacer. Quedamos cincuenta y cincuenta y pasamos a controlar el camino con nuestras nuevas amigas.

Foto: Loyd Rodríguez / Modelo: Camila Fernanda Leyton

JACINTA

Les conté del norte, del oeste y del sur, pero nunca les mencioné el este. De hecho, no le decíamos el Este, le decíamos Arriba, porqué era hacia la cordillera. Y para Arriba la verdad es que no nos atrevíamos a ir, y no porque se tratara de una parcela cuidada por un grupo numeroso y violento como lo éramos nosotros, sino que al revés, era una familia simple, simple pero de lo más fome[38] que hay. A los lejos, Aureliano los había identificado como una trinidad: estaba el padre, la madre y la hija virgen. Lo de virgen lo suponía Aureliano. Nos contaba que la muchacha había tomado la costumbre de ducharse con las ventanas y la cortina de baño abiertas, y eso cada vez que Aureliano los estaba espiando. Pero, ¿por qué no nos habíamos apropiado de esa parcela todavía? Necesitábamos de ese espacio para sembrar más droga y más alimentos, y además sospechábamos que esa parcela nos daría un acceso directo a ciertas fuentes de agua cordillerana. Lo que nos bloqueaba era que, todos los días, una limusina venía a buscar al padre de familia a la mañana, para traerlo de vuelta por la tarde o a veces por la noche. No sabíamos quién era. Tal vez se trataba de un oficial de carabineros, un diplomático, un general, o el ministro de algún gobierno de cartón. Pero ahora que controlábamos el camino con nuestras amigas encapuchadas, estábamos por descubrir la identidad del susodicho.

“¿Dónde es que va?” preguntó Ricardo al chófer de la limusina. Era de madrugada y la frontera la cuidaban Ricardo y dos encapuchadas armadas.

“Vengo como todas las mañanas, a buscar al médico cirujano, doctor Amunátegui. Primera vez que los veo”. Ricardo lo dejó pasar amablemente. Era la orden de Maximiano. La habíamos decidido la noche anterior. Durante el día trataron de bajar en auto[39] su mujer y su hija pero nuestras amigas no las dejaron pasar y las hicieron regresarse. ¿Tenían la intención de huir? No lo podíamos permitir. Cuando se hizo de noche, la limusina trajo de vuelta al médico cirujano. Éramos cinco esperándolo en la entrada de su hacienda.  Augusto se había quedado en casa porque una de sus mujeres estaba por parir prematuramente y Ricardo había sido voluntario para cuidar nuevamente el camino.

“¿Qué me quieren y qué buscan?, el hombre estaba todo sudado. “¿Dónde están mi mujer y mi hija?”

“Están bien. Están adentro, respondió Maximiano cortésmente. Todavía no he tenido el agrado de conocerlas pero espero que tenga la amabilidad de presentarnos esta noche”.

“No sé quiénes son ustedes, ¿por qué los haría pasar?”, se defendió el cirujano.

“Porqué somos sus vecinos” le advirtió Maximiano, descubriendo su gran dentadura de predador.

La casa de los Amunátegui era lo más moderno que había visto en mi vida. Era el tipo de casas con una cascadita de agua en el salón y bastaba con aplaudir de cierta manera para que el agua dejara de correr o corriera con más abundancia. La entrada tenía reconocimiento facial y, al pasar la puerta principal, se activaba una especie de nana[40] virtual que te saludaba en cuanto entrabas y te recibía con tu música de ambiente preferida. El suelo era de lino, las paredes de granito, las escaleras de mármol y los muebles de un caoba oscuro, lustroso y elegantísimo. Pero todo eso dejó de tener importancia en cuanto vimos unas caderas bamboleantes que bajaban sensualmente por las escaleras. Sus ojos asustados inspiraban ternura, su cabellera resplandecía con más intensidad mientras más se acercaba y su silueta parecía el vivo retrato de la Venus de Boticelli. Pero esa fusión de energías que ella desprendía, esa mezcla entre fuego, irreverencia y lealtad, hacían de ella la reencarnación de Vesta, diosa del hogar y de la fidelidad, hija de Saturno y de Ops. Quedamos espantados ante tanta belleza. La deidad respondía al nombre de Jacinta.

“¿Qué quieren? ¿Qué quieren de nosotros? Siempre hemos vivido aquí, nunca hemos molestado a nadie”. Oír la voz del pater familias en ese instante era como oír relinchar a Chewbacca en los oídos. Pero a Maximiano pareció no importarle. Estaba tan atrapado en su fascinación que no podía despegar sus ojos de esa divinidad. Por primera vez en mi vida lo oí tartamudear:

“Vi..vi…¿viven aquí desde hace tiempo, dijo?”, y dándose vuelta para mirar al cirujano agregó, “yo igual, ¿cómo es que no nos conocimos antes?” Le tendió la mano en signo de respeto.

Había en el espacioso salón con cascadita de agua, un sofá muy largo que parecía de piel de bisonte. Ahí se sentaron a conversar Maximiano y el cirujano mientras se toman un whiskacho. Parecía una plática afable, serena, y nosotros parecíamos unos imbéciles esperando el momento para volver a casa. Las dos mujeres no sabían qué hacer con nosotros, pero tampoco nos atendían. Estaban ahí, paradas, mirándonos con caras de merluza. Decidí aprovechar el tiempo:

“Damas, ¿me harían ustedes el favor de regalarme un paseo turístico por la terraza y los jardines de la casa?

La madre dudó pero rápidamente se compuso. La invité a tomar mi brazo, hice lo mismo con la doncella, y los tres enlazados salimos por un ventanal para ir a caminar alrededor de la casa. Estaba helado y había luna creciente.

“Gracias por habernos sacado de ahí, me dijo la madre, es la primera vez que me siento insegura en mi propia casa.”

Jacinta, que no tenía un pelo de tonta, me miró intensamente y sentenció con despecho: “si me obligan a casarme con ese monstruo, se lo juro que voy a matarlo, aunque me cueste la vida”.

Traté de contener mi emoción: “Entonces tendrás que matarlo, Jacinta, porque otra solución no le veo”. Los dados estaban tirados y los ojos de Jacinta brillaban como dos lunas.

NACE UNA DINASTÍA

Ya todo había sucedido. Las mujeres habían dado a luz y ya no éramos más ocho alrededor de la fogata, ni siete. Ahora éramos cinco, más unidos que nunca. Les contaré como ocurrió todo.

Desde que Maximiano se casó con Jacinta las cosas se empezaron a chacrear[41]. El ambiente se volvió agrio, insostenible. Todo el mundo estaba distante y de mal humor. Quizás el hecho de que las mujeres hubieran empezado a parir contribuía a ponernos tenso a todos. Íbamos a ser padres y todos estábamos asustados por como eso iba a cambiar nuestras vidas. Camila se me deprimió y llegué a temer por su salud. Gracias al cirujano le habíamos conseguido unos exámenes en un laboratorio para entender por qué no podía quedar embarazada: los resultados arrojaron una terrible noticia. Camila tenía síndrome de ovarios poliquísticos, algo que no teníamos idea que existía y que nos pareció bastante extraño puesto que aparte de sus reglas irregulares, no presentaba ningún otro síntoma. Pero en ella se traducía por esa incapacidad a quedar embarazada. Sus óvulos simplemente no llegaban a maduración. Al enterarse, Camila cayó en depresión y hasta pensó en matarse. Tuve que poner a Serena, que estaba en su octavo mes de embarazo, a cuidarla día y noche por miedo a que se suicidara. Les dejé el cuarto y con el permiso de todos me apropié de un espacio de coworking que había en casa para armar ahí mi nuevo dormitorio.

A esa habitación llegó Ricardo como compañero de cuarto. Sus mujeres se habían enterado de la razón por la que era constantemente voluntario para cuidar el camino en horarios nocturnos. Le pregunté a Ricardo si había pensado irse a vivir con sus dos encapuchadas al Castillo. No me parecía mala idea tener a alguien dentro del Castillo de Flor. Pero la hermandad era más fuerte y nunca nos abandonaría, decía él. Por lo que dejó sus turnos nocturnos y se dedicó a la masturbación. En el fondo yo sabía que se moría de ganas por ir al Castillo, y a sus espaldas ya habíamos empezado a apostar con los muchachos sobre cuánto aguantaría Ricardo en una casa administrada por guerrilleras feministas. Yo había apostado que un mes, pero no me importaba ganar, lo que me importaba es que fuera. Tenía mis propios planes. Por eso todas las noches le comentaba a Ricardo que las cosas no podían seguir así: tenía que probar de ir a vivir al Castillo, porque sino iba a seguir siendo responsable por la tensión que había en casa. No teníamos porqué soportar que sus dos mujeres lo odiaran. Y no me cansaba de insistir: “si algún día volví[42], las puertas siempre van a estar abiertas mi hermano. De hecho, tus mujeres te van a odiar mucho menos si te vas y luego vuelves.  Amigo, date cuenta, al menos así no van a vivir con la duda de si las dos encapuchadas son o no son mejores que ellas para ti”. Una noche Ricardo armó sus maletas y se fue al Castillo. Nunca más volvió. Lo bueno fue que todos perdimos la apuesta. Es más, pasó lo que nunca nos hubiéramos imaginado: Ricardo se volvió la pareja de Flor, lo que en ese caso no sabíamos muy bien qué quería decir. Cuenta la leyenda que Ricardo embarazó a todas las encapuchadas de la casa, y que todos los niños que hoy caminan por esa parcela son suyos. Pero esa es la leyenda, nunca la podremos confirmar.

Cuando se fue Ricardo, yo pude al fin pasar a la acción. Empecé a jotearme[43] a Jacinta, que odiaba a su esposo Maximiano y a su prima-esposa Carlota. La pobre estaba tan desesperada por huir de alguna manera su relación tóxica con Maximiano que en menos de una semana ya la tenía en mi cama. Por su parte, Maximiano no se enteraba de nada. Estaba completamente hermético por culpa de Carlota. Su prima odiaba a Jacinta y sentía desplazada, y además de estaba embarazada, sufría de trastornos bipolares que la llevaban a tener cambios de humor extremos. Maximiano ya no daba abasto y me delegaba cada vez más responsabilidades. También lo tenía deprimido la partida de Ricardo, quien había desde siempre su más leal compañero. A veces pasaban horas hablando por teléfono: parecían dos tortolitos desesperados. Recientemente fui a visitar a Ricardo al Castillo. Ahí fue que me contó que en esos momentos él necesitaba de esas llamadas tanto como Maximiano: “Casi cumpliendo el mes en el Castillo yo me empecé a desesperar”, me dijo mientras nos tomábamos unas chelas, “tenía puras ganas de devolverme. Pero como hablaba seguido con el Maxi, entendí que las cosas en casa tendían a empeorar. Entonces opté por quedarme. Fue ahí que decidí conquistar a mi reina”. El hombre estaba verdaderamente enamorado.

El único que me causaba molestias era Aureliano. De todos mis hermanos era el que menos bien conocía y el único con el que podía ser distante. Siempre lo había considerado estúpido y le faltaba esa ternura que sí tenía Luciano. Me molestaba mucho que se pusiera grosero y gritón cada vez que andaba alcoholizado. Cuando no tomaba, Aureliano era un hombre discreto y silencioso que paseaba su mirada burlona sobre todas las cosas. Se sentía más inteligente que todos nosotros pero nunca nos faltó el respeto ni a Maximiano ni a mí. No sabía si deshacerme de él o probar su lealtad. Desde hacía varios días había notado un cambio en su forma de mirarme. Él estaba pendiente de todo y le costaba esconder su pasión por Jacinta. Me imaginé que sospechaba que ella y yo teníamos un affaire. ¿Me habré equivocado? ¿Era Aureliano el que debía estar en mi lugar? Luego recapacitaba: por más grande que fuera la casa, era difícil hacer algo a escondidas. El único que tenía su cuarto propio era yo. Y a mi cuarto se escurría Jacinta todas las noches, para deslizarse en mi cama completamente desnuda en medio de la oscuridad. Antes del amanecer volvía al cuarto donde, por estar embarazada Carlota, había convencido a Maximiano de ponerle una cama propia. Pero había gato encerrado. ¿Cómo podía ser que Jacinta saliera todas las noches del cuarto sin que nadie se percatara?

Ocurrió una noche en la que estaban todos drogados y curados. Lo de las drogas se había intensificado por causa del malestar general. Había tenido una conversación con Aureliano y habíamos quedado en que esa noche él iba a ocupar mi lugar con Jacinta. Ella estaba de acuerdo, le dije. Esa mujer era salvaje y solo buscaba el placer que no le podía brindar Maximiano. Eso sí, tendrían que verse en la bodega de jardín. La que estaba cerca de la entrada.

Cualquiera de nosotros estando sobrio se hubiera percatado que estaba por pasar algo anormal. Ya entrada la noche, Maximiano decidió que no quería seguir diciendo estupideces y subió tambaleándose a su cuarto. Jacinta sabía exactamente lo que tenía que hacer. Sólo quedamos Octavio, que estaba raja curado[44] en su silla y Aurelio, que estaba desesperado por encontrarse con Jacinta.

-”¿Tú creí que llegue pronto?, me preguntó.

-No sé, pero ve a esperarla. Y no olvides los preservativos, no vaya a pasar…

No se hizo rogar y se perdió en la oscuridad. Octavio seguía roncando. Obviamente yo no estaba ni borracho, ni drogado, sino no hubiera pensado tan claramente esa noche. Agarré mi cuchillo apache y en la punta de los pies subí al cuarto de Maximiano. Empujé la puerta como previsto y ahí vi a  Jacinta, bella y petrificada de miedo. En la inmensa cama matrimonial estaba Carlota, roncando boca abierta con su tremenda panza hacia arriba.

-¿No la mataste?, pregunté acelerado.

-No pude, murmuró sollozando. No pude matarla. Ni a ella ni a él.

-¿Qué? ¿Dónde está él?

-En el jacuzzi, se quedó dormido.

Mi corazón latía a mil por horas.

“¿Dónde está tu cuchillo?

-Aquí”, y me mostró el cuchillo de cocina que le había afilado la noche anterior.

-Vé, corre donde Aureliano, él te está esperando para sacarte de aquí. ¡No, no corras! ¡Despacio!

La vi salir bamboleante y llena de gracia a pesar de su desesperación. Me volteé hacia Carlota. Sudando y aterrorizado me acerqué a ella. Sus ronquidos parecían los de un motor agotado al que le urgía más gasolina. Dudé. ¿Tenía realmente que pasar por esto? La odiaba, siempre la había odiado, pero ella no tenía por qué hacer de mí un asesino. El plan era matarla a ella y a Maximiano, salvar el bebé y acabar de una vez con la maldición que había traído Jacinta a la casa. Pero era Maximiano el que había traído la maldición, ¿que tenía que ver Carlota? ¿Tenía que ser ella también parte del plan?

Fui al cuarto de baño para observar a Maximiano. Se veía ridículo así dormido, totalmente hecho mierda, borracho y desnudo dentro de su jacuzzi echando burbujas. Me recordó los buenos tiempos, cuando no nos preocupábamos por nada y cada fin de semana era como si se acabara el mundo. Y los domingos de resurrección, como le llamábamos, siempre los coronábamos con un asado o con una cazuela familiar para pasar la borrachera. Él era mi familia, por más despreciable que fuera. ¿Cómo lo iba a matar? Todos eran mis hermanos, todos lo eran. No podía permitirme acabar con sus vidas ni con la de sus mujeres. Estábamos fundando una dinastía, nuestros hijos estaban naciendo al mismo tiempo. Éramos hermanos hasta la muerte.

A lo lejos se oyeron varios balazos. Guardé mi cuchillo y sequé mis ojos húmedos. Salí rápidamente del cuarto sin hacer ruido. Mientras cruzaba la casa oía venir de las distintas habitaciones los quejidos y las voces de todas las mujeres. Estaban las que intentaban despertar a sus maridos y estaban las que nos buscaban. Cuando salí al jardín, Octavio ya estaba despierto pero no había querido moverse mientras no llegáramos. Cuando se nos unieron Emilio y Augusto decidimos ir por las armas. Ya de regreso afuera vimos correr a una encapuchada armada hacia nosotros. Se detuvo bruscamente y nos gritó:

-¡Tienen que ver esto!”, y sin decir más se dio vuelta y se devolvió corriendo por donde venía.

Al acercarnos trotando hacia la entrada fuimos visualizando a muchas encapuchadas armadas y otras con linternas en la entrada de la bodega. Las luces de adentro y afuera estaban encendidas.

-Qué chucha hacen en nuestra propiedad, dijo para sí mismo Octavio indignado.

Al escucharnos venir giraron sus cabezas hacia nosotros. Una encapuchada de pecho descubierto se nos acercó. Era la líder de la escuadra. Se detuvo a uno pasos frente a nosotros y bajó su escopeta. Las otras mujeres se pusieron en línea detrás de ella. La líder declaró:

“Por la potestad que nos da el acuerdo de paz, circulación, comercio, justicia y reconciliación que firmaron nuestras dos casas, nuestras compañeras que estaban cuidando el camino sintieron el legítimo derecho de intervenir ante una situación preocupante de violencia de género que estaba ocurriendo en esta parcela. Como todos nuestros espacios de cultivo se encuentran ahora mutualizados, y no existe una clara diferencia entre lo comercial y lo privado, Josefa y Rosario, aquí presentes, decidieron intervenir en este suelo por considerar que la jurisdicción penal de nuestro Castillo también se aplicaba aquí.

-¿Qué chucha está pasando?”, pregunté.

Una de las mujeres encapuchadas que estaban detrás de la líder dio dos pasos adelante y se descubrió el rostro. Era linda y cachetona:

“Yo soy Rosario. Y Bueno. Estábamos con Josefa, cuidando el camino, cuando oímos unos gritos venir de esta bodega. Por la urgencia y la proximidad de la situación acudimos corriendo al lugar de donde provenían los gritos. Ahí fue que encontramos, en medio de un charco de sangre, a Jacinta muerta en el piso y a Aureliano a su lado, herido y sangrando también, pero con un cuchillo en la mano. Ahí fue que se nos empezó a acercar el weón, hablando de manera muy nerviosa. Vimos que tenía el pantalón desabrochado y el cierre abierto. Nos decía que todo era un malentendido, que no era lo que parecía y que le habían tendido una trampa. Después empezó a decir que tú, Constancio, erai el que le había tendido la trampa. Después se retractó y dijo que Maximiano le había pedido de matar a Jacinta. Y todo lo decía temblando y acercándose a nosotros con el cuchillo goteando sangre. Le gritamos que se detuviera, que dejara de caminar hacia nosotras, que soltara el cuchillo pero no nos hacía caso. Yo de puros nervios fui la primera que le disparó”.

-Después disparé yo, dijo Josefa, como que me asusté, me sorprendí, y le dejé ir su pencazo.” Soltó una risita nerviosa.

-Y después yo volví a disparar, agregó Rosario. Como que me asusté de que se asustara. Fue pura sorpresa también”. Se rascó la cabeza con una mueca de perdón.

No sé si fueron los nervios pero yo empecé a reír. Para mí mismo primero, con una risita ahogada, pero no me pude contener. ¡Es que no podía! Poco a poco fui soltándome más, y más, y cada vez más hasta convulsionar de risa. Emilio, atónito, empezó a contagiarse también. Muy rápido se contagiaron Rosario y Josefa. La líder también y todas las demás encapuchadas comenzaron a reírse. Octavio y Augusto, que habían estado serios, fueron los últimos en largarse a reír. Y así todos juntos nos reímos a carcajadas. Nos reímos tanto, tanto, como nunca nos habíamos reído antes.

Foto: Loyd Rodríguez / Modelo: Bayardo Hernandez Póveda

[1]           bebé

[2]   Copeteado: tomado

[3]           a combos: a golpes

[4]           carrete:  fiesta

[5]           que se quería agarrar: que quería besar

[6]           zorrones: muchachos inmaduros, irresponsables, egoístas y fiesteros de clase social acomodada.

[7]           en lenguaje zorrón “que macabro” significa “ que intenso”.

[8]           sacowea: inbécil

[9]           La Reina: comuna oriente de Santiago de Chile, Región metropolitana

[10]         Manfinflero: joven perezoso y bueno para la masturbación

[11]         Modelo político en que el Estado es prácticamente inexistente y se limita a funciones básicas de mantención del orden político, financiero, económico y social.

[12]         El 6% es un término político que acuñaron los chilenos para referirse a la población que siguió apoyando al presidente Sebastián Piñera aún en sus índices de aprobación más bajos. Fue la encuestadora CEP la que reveló en enero 2020 que solo un 6% de los chilenos aprobaban a su presidente.

[13]         Pololas: enamoradas, novias

[14]  Chupando y jalando: tomando y aspirando droga

[15]         Minas: mujeres

[16]         Mostrar la hilacha: revelar tu mala educación o tus malas costumbres a los demás, voluntariamente o por accidente

[17]         Cabros: muchachos, chicos

[18]         Del verbo webear: hacer cosas estúpidas.

[19]         Peuca: palabra chilena vulgar, despectiva y machista para referirse a:  mujeres jóvenes y liberadas sexualmente.

[20]         Hinchaweas: hinchapelotas, molestosa

[21]         Sacar la chucha: golpear a alguien

[22]         Cachar: entender algo

[23]         En Chile, pendejo quiere decir: joven o cabro chico

[24]         Importarte pico: que no te importa

[25]         La raja: tremenda, genial

[26]         Minas: mujeres

[27]         Manso: gigante

[28]         Copete: alcohol, licor, guaro

[29]         La palabra “huaso” en Chile tiene muchos significados. En esta frase el primer significado es despectivo, quiere decir: persona torpe y poco instruida, el segundo significado es el original: trabajador del campo, en general capataz de una hacienda.

[30]         Lucas: dinero, plata

[31]         Patos: sin lucas, sin dinero, sin plata

[32]  Haciéndome el leso: Fingiendo tontamente no estar enterado de nada.

[33]         Se culea: se jode, se atropella

[34]         con cueva: con suerte

[35]         Culeando: teniendo sexo

[36]         Weed: marihuana

[37]         Las tetas: los senos

[38]         Fome: aburrido

[39]         Auto: carro

[40]  Nana: en Chile, Trabajadora del hogar

[41]         Chacrear: empeorar, deteriorar

[42]         Volví: vuelves, volvés

[43]         Jotearme: seducir, enamorar

[44]         Raja curado: borracho e inconsciente