Publicado Julio 20, 2021
El dulce y el agraz electoral
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De lo que parece no existir duda es que la clase empresarial debe haber quedado muy satisfecha con la votación de Sebastián Sichel por sobre sus tres contrincantes de la derecha partidista. Él es reconocido como uno de los suyos, aunque éste insista en su total independencia. Es un secreto a voces, además, que la clase uniformada también ha quedado más tranquila con el rendimiento de los comunistas.

En todas las contiendas electorales existen vencedores y vencidos por más que siempre los dirigentes políticos saquen cuentas alegres. Las recientes elecciones primarias tienen como francos ganadores a Gabriel Boric y a Sebastián Sichel, así como dieron ganador al pacto de izquierda Apruebo Dignidad por sobre la coalición Chile Vamos de la centro derecha. Esto es lo que dicen las cifras, además de constatar otra vez que el número de los que no votaron cuentan con una mayoría abrumadora. Cada referente electoral superó el millón de votos pero el número de los que se abstuvieron fue de más de 10 millones de eventuales sufragantes.

En los números, esta primaria nos deja una enorme interrogante respecto de cuántos serán los ciudadanos simpatizantes de los partidos de la ex Concertación y Nueva Mayoría que no participaron en este evento electoral, pero que mantienen al menos dos precandidatos presidenciales y tienen que despejar si la Democracia Cristiana proclamará en definitiva a la senadora Yasna Provoste, altamente cotizada por los últimos sondeos de opinión pública. Parece muy improbable que socialistas y falangistas, los partidos e Salvador Allende y de Eduardo Frei, se vayan a restar de competir en noviembre por llegar a La Moneda, así como tendrá que definirse, también, si la extrema derecha, el Partido Republicano, resuelve postular a su máximo líder José Antonio Kast.

Enorme mérito tiene el diputado Boric al haberse impuesto sobre el alcalde comunista Daniel Jadue, pero desde la última elección de concejeros constituyentes nada se sabe todavía que resuelva el Partido del Pueblo, la más radical de las expresiones de izquierda y que obtuvo una magnífica votación en su estreno como agrupación política. Con todo, el triunfo de Boric consolida la opción política de los jóvenes (35 años), así como el de Sichel la de los independientes. Al menos, parece ser el triunfo de las nuevas generaciones y de los que se resisten a militar. 

No hay duda que entre los especialmente derrotados están los partidos oficialistas, especialmente la UDI y Renovación Nacional, así como los resultados nos señalan, además, un apoyo más discreto de lo que se creía que tenía el Partido Comunista. Terrible derrota por tercera vez de Joaquín Lavín, el favorito de las erróneas y manipuladas encuestas, aunque el principal vencido es el propio Sebastián Piñera de quien a esta altura nadie quiere sentirse vinculado y que posiblemente reciba ahora todos los fuegos desde sus propios referentes oficialistas.

Los próximos meses serán muy intensos. A los partidos tradicionales que conformaron los gobiernos de Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet se les hace casi obligación superar sus diferencias y arribar juntos a una alternativa presidencial. De otra forma, tendrían que disponerse a morir y perder toda opción de garantizarles a sus militantes alguna cuota de poder en La Moneda y conformarse con las municipalidades y gobernaciones en cuyas recientes elecciones obtuvieron rendimientos satisfactorios. 

De lo que parece no existir duda es que la clase empresarial debe haber quedado muy satisfecha con la votación de Sebastián Sichel por sobre sus tres contrincantes de la derecha partidista. Él es reconocido como uno de los suyos, aunque éste insista en su total independencia. Es un secreto a voces, además, que la clase uniformada también ha quedado más tranquila con el rendimiento de los comunistas.

Factor muy determinante de lo que acontezca a fin de año será el desempeño de la Convención Constitucional, donde las aguas no están muy calmas y las recientes primarias podrían poner más turbulencia en las relaciones políticas. Pero para todos sigue pendiente sembrar confianza en esos millones de ciudadanos renuentes a votar, aunque habrá que resignarse a que la mayoría de los chilenos siga renunciando a su responsabilidad cívica. No es descartable que por fin se imponga nuevamente el voto obligatorio, aunque solo sea para que el país recupere su credibilidad democrática, cuando en todo el Continente la concurrencia a las urnas es sólida y entusiasta y cada elección se constituye efectivamente en una fiesta republicana.

 

 

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Fuera
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