Publicado Julio 15, 2021
El gato de Alicia
Cuerpo
Se trata de devolverle al pueblo de Chile la Soberanía arrebatada en dictadura, y a Chile su calidad de República. De devolverle a cada chileno y a cada chilena la dignidad que conviene a un pueblo con derechos. Hacer como si 17 millones de ciudadanos existiesen, contasen, y ejerciesen su voluntad de ser sujetos de su propio destino.

Una profusión de notas publicadas en los últimos días –notas que abordan el tema de cómo salir del lodazal de corrupción, tráfico de influencias, concusión e incuria que sumerge a la costra política local– muestra la gravedad que le acuerdan al fenómeno hasta los más comprensivos e indulgentes analistas de 25 años de democracia protegida.

Sin embargo, la mayor parte de los textos citados evitan –o soslayan– responder a dos o tres cuestiones indispensables, sin las cuales se cae –tal vez involuntariamente– en la cháchara insustancial, en la banalidad, en propósitos más propios del mesón de un bar que en la reflexión política.

Helas aquí: la primera tiene que ver con cómo llegamos a esto. La segunda, con cuales son los intereses en juego y quién está detrás de ellos. La tercera cuestión toca el quid del asunto: adonde queremos ir.

A las tres cuestiones respondí hace años, desde los albores de los acuerdos alcanzados a espaldas del pueblo de Chile que determinaron las condiciones de la llamada “transición”.

En el año 1988, en una nota titulada “Las trampas del plebiscito”, aseguré que entrar en componendas con la dictadura, aceptar su legitimidad y su agenda, nos traería treinta años de sometimiento a su herencia. Henos ahí, y no me alegra haber tenido razón. La dictadura cívico-militar triunfó, no fue derrotada ni política, ni social, ni militar, ni institucionalmente. El peso de los vástagos de Pinochet se ha mantenido en un nivel inimaginable para el peso social real que representan.

Un jubiloso Jovino Novoa llegó a ser presidente del senado –segundo rango institucional después de la figura presidencial– y fue abrazado efusivamente por Ricardo Núñez (PS) en una cínica demostración del concubinato en que el duopolio del poder ha vivido durante 25 años.

Me permití afirmar que durante 25 años hemos asistido a un cogobierno de la Alianza y la Concertación (NM), una suerte de “cohabitación” política, muy lejana de la que vio la luz en la Francia presidida por François Mitterrand.

Mitterrand no descansó un solo día para reducir a la derecha, atacándola incesantemente, jugando incluso la calle contra su propio Primer Ministro.

En Chile nada de eso: el consenso fue transformado en un valor seguro, un dato, una condición sine-qua-non. Luego, el maridaje de los negociados, la admisión en el cenáculos de los directorios de los ex “enemigos” le puso los óleos al modelo chilensis.

La aceptación, mejor aún, la adopción de la Constitución de Pinochet-Guzmán por parte de la Concertación, fue el broche de oro.

Fueron esos polvos los que trajeron estos lodos. El consenso impuesto, la unanimidad forzada, el acallamiento de las críticas, terminaron por podrir la Unión Soviética y el socialismo real hasta hacerlos desaparecer. ¿Cómo podría ser diferente con esta dictadura antipódica?

Algunos meses después de la desaparición de la URSS proliferaron en Rusia los nuevos oligarcas dueños del petróleo, de la minería, de los centros científicos, de la energía eléctrica, de la gran distribución…

Tales oligarcas, que hasta entonces habían sido funcionarios del partido comunista con salarios de algunos miles de rublos, terminaron por comprar media Costa Azul en el Mediterráneo, los equipos de fútbol más famosos de Europa, algunas empresas y no pocos políticos progresistas occidentales, cuestión de blanquear los frutos del más grande pillaje de la historia, realizado con el concurso del FMI, los economistas de Harvard, y la complicidad del “mundo libre” y los mercados financieros.

¿Dónde está la diferencia con lo que ocurrió en Chile? ¿De dónde salieron quienes se consideran los dueños del Club privado que es Chile (el término Club privado viene de ellos) sino del saqueo operado en dictadura y en Concertación?

Como resultado, llegamos a una situación en la que los millares de contradicciones que pululan en cualquier sociedad, terminaron por fundirse en una contradicción esencial: la que separa a los herederos asumidos del legado institucional y económico de la dictadura que son sus grandes beneficiarios, del conjunto del pueblo de Chile que paga las consecuencias.

La juventud en edad escolar y sus familias de un lado, la educación como bien de consumo y sus proveedores privados del otro. Pesca industrial monopolizada por media docena de familias de un lado, pescadores artesanales del otro. Toda la población prisionera de un sistema de salud perverso que transforma los cuidados médicos en un odioso mercado de un lado, y del otro los mercaderes de seguros, medicinas y clínicas privadas. Gran minería privada consagrada al pillaje de las riquezas de todo un país de un lado, y del otro toda una nación despojada. Hasta donde alcanza la vista, cualquiera sea el sector, la contradicción principal asoma su fea nariz.

Esto llevó a uno de mis amigos a la lúcida conclusión de que el pueblo de Chile no existe. El pueblo de Chile, en cuanto sujeto de su propia historia, defensor de sus propios intereses, generador de sus propias ideas, articulador de su propia fuerza, no existe.

El citado amigo va más lejos: a lo largo de dos siglos de historia republicana el pueblo de Chile no ha existido sino por muy breves intermitencias, la más larga de las cuales la vivimos durante los mil días de la presidencia de Salvador Allende.

El pueblo de Chile sólo existe como objeto de los designios ajenos: objeto de abusos, objeto de lucro, objeto de explotación, objeto de créditos usureros, objeto de sórdidos contubernios políticos concebidos a sus espaldas, objeto de atropellos, objeto de negligencias, objeto de latrocinios, objeto incluso en la legitimación de la arbitrariedad cuando es convocado cada cierto tiempo a “elegir” a los designados por la oligarquía política.

Lo que nos lleva a otra cuestión esencial a la hora de comprender la realidad chilena: la estructura política no es sino la escoria del proceso ya descrito. Escoria en el sentido siderúrgico, esa basura resultante de la fusión del hierro, que conviene eliminar para obtener acero de calidad.

Los partidos políticos sobrevivientes fueron completamente desraizados de su base social. Peor aún, la base social misma fue sometida a cambios y modificaciones brutales. La modificación del modelo productivo nacional, que había buscado durante décadas una suerte de industrialización, fue realizada con el cañón del fusil en las sienes.

Chile debía insertarse en los mercados mundiales apoyándose en sus “ventajas competitivas naturales”. Mano de obra barata, explotable y explotada sin chistar, sin derechos laborales (José Piñera y William Thayer Arteaga pasaron por ahí), recursos básicos entregados a cambio de nada gracias a Patricio Aylwin y su gobierno de Concertación, desarrollo a ultranza de servicios privados para satisfacer una población privada de servicios públicos.

Es en el sector de los servicios que Chile se enorgullece de haber innovado “tecnológicamente”, a tal punto que sus hallazgos son exportados incluso al primer mundo: por lo esencial se trata de explotar y aprovechar al máximo una mano de obra barata, abundante, con muy poca o ninguna formación profesional y –como queda dicho– sin derechos laborales.

Los partidos políticos no existen sino como un business de representación, consagrados esencialmente a su propia supervivencia y al enriquecimiento de quienes los controlan.

En partidos sin base social, los “líderes” no soportan sino las relaciones de sometimiento, la obsecuencia de quienes les deben la “pega”, una gestión en su favor, una “ayuda”, un “pituto” o, en el mejor de los casos, el haberles conseguido el reconocimiento de algún derecho imposible a traducir en los hechos sin la intervención de algún padrino.

Ya no hay militantes, sino “obligados”, deudores de algún favor.

François Mitterrand, interrogado a propósito de un personaje político, habría respondido: “A ese tipo no lo soporto… Nunca me ha pedido nada”. La política entendida como el ejercicio de una suerte de patriarcado (palabra que tiene el mismo origen etimológico que “padrino”…), un feudo constituido básicamente por el tráfico de influencias que está al alcance del “líder”.

Esta es la estructura política –si oso escribirlo– que legisla y dirige el Ejecutivo. Estructura política parasitaria, cuya remuneración –legal e ilegal– no guarda ninguna proporción con los supuestos servicios que le rinden al país y a la ciudadanía.

Estructura política que tuvo el descaro –más de dos siglos después de la Revolución Francesa– de pretender que sus cargos electivos les pertenecían cuando enunciaron eso de: “El que tiene mantiene”.

Chile, el país en el que el (o la) jefe de Estado no osa dimitir a nadie: es el funcionario que debe partir el que “pone su cargo a disposición…” (sic) cargo que al parecer le pertenece en propiedad.

Sin embargo, tal jefe de Estado, supuestamente, está coronado de un halo misterioso que llaman el “liderazgo”. Halo que va y viene, aparece y desaparece, se pierde y se recupera. Jesús no lo hacía mejor. Más adelante volveré sobre este curioso elemento.

Habida cuenta de lo ya expresado, no sorprenderé al lector al afirmar que en Chile la izquierda no existe. Toni Negri afirmó hace muy poco: “La izquierda ha sido tan infame que pronunciar su nombre hace daño”. ¿Cuál afirmación es más caustica y definitiva? ¿La suya o la mía?

No pretendo, desde luego, embarcarme en un concurso de logorrea estética, ni en un fárrago gramatical, ni en una megapirámide de cartas verbales ni en un vudú del enredo semiológico como los atribuidos a Lacan, a Derrida o a Deleuze. Se trata de aclarar el panorama, de por sí oscuro.

Si adoptamos una clara noción de lo que es la “izquierda” en política, –una definición que no reposa ni en el onanismo del ocaso etáreo, ni en el oportunismo pragmático de los que entienden que su destino personal depende de su capacidad a servir un amo– no se pueden evitar las náuseas cuando tal o cual evoca su pertenencia a una “izquierda” cuanto más ambigua mejor.

Personalmente adopté la noción de “izquierda” que nació en septiembre de 1789, cuando la naciente Asamblea Constituyente del pueblo de Francia tuvo que decidir sobre el derecho a veto sobre sus propias decisiones del cuestionado monarca. Los que aceptaron que había una autoridad por encima del pueblo se situaron a la derecha. Los que afirmaron que por encima de la decisión soberana del pueblo no hay nada, que el pueblo es el único Soberano, se situaron a la izquierda.

Alice said, «Would you please tell me which way to go from here?» The cat said, «That depends on where you want to get to»

Alicia dijo: “¿Podrías indicarme el camino para salir de aquí?” El gato respondió: “Eso depende de adonde quieres llegar”.

(Lewis Carroll. Alicia en el País de las Maravillas)

Desde ese punto de vista Toni Negri tiene razón: la izquierda ha sido infame reconociendo otros poderes por encima de la voluntad popular, llámense como se llamen: mercados, poderes fácticos o influencia del dinero.

Y yo no estoy equivocado: en Chile no existe una izquierda que niegue los poderes que se sitúan por encima de la voluntad popular. En Chile la “izquierda” va a pedirle plata a esos poderes, la “izquierda” vive comiéndoles en la mano. Financiamiento de campañas, créditos privilegiados, aportes reservados, dieta parlamentaria… ¡qué importa!, visto que todo proviene del arbitraje de quienes detentan el poder real y efectivo. Y que quién paga, a fin de cuentas, es el pueblo de Chile.

Lo que nos lleva directamente a la última cuestión que realmente tiene importancia.

Como muy justamente apunta el gato de “Alicia en el país de las maravillas”, se trata de saber adonde se quiere llegar. Salir de la podredumbre es una cosa. Saber dónde ir es otra. Hay quienes sugieren un par de medidas susceptibles de devolverle a Bachelet –y a la costra política parasitaria– la vacilante confianza popular.

Ese parece ser el objetivo mayor, que es como pretender recuperar una virginidad desaparecida. Desafortunadamente la virginidad y la confianza tienen eso en común: se pierden sólo una vez y no se recuperan jamás.

Superar esta (enésima) crisis, salir del “pillo”, ganar tiempo, adormecer la percepción que la ciudadanía tiene de la magnífica incompetencia de este Ejecutivo, no es plan. A lo sumo una estratagema, un engaño más, una artimaña dilatoria. Para dejarle el pastel al próximo gobierno.

Si se trata de eso, a Bachelet van a parecerle eternos los dos años que le quedan en La Moneda.

Que la Sra. Presidente –el rostro tenso y ajado– lance eso de “Es obvio que yo nunca más seré candidata a nada”, como diciendo “Uds. se lo pierden, porque no me merecen”, muestra hasta qué punto llega la falta de lucidez con relación al hecho de saber cómo llegó adonde está, en donde –precisamente– está, y adonde debiese ir.

Bachelet no es de izquierdas ni de derechas, está donde la ponen. Lo peor es que no se da cuenta.

Tal parece que sus asesores, sus colaboradores, el círculo íntimo de quienes logran hacer llegar su voz a los tímpanos presidenciales, también está en Babia. Mala cosa: “Nunca hay buen viento para el marino que no sabe donde va”, decía Séneca.

Los tensos rostros y la ausencia de una sonrisa amable agravan en Peñailillo y en Elizalde el famoso defecto de los políticos chilenos que no saben conjugar el presente del indicativo, ni acordar los tiempos verbales, y que ignoran eso de sujeto-verbo-predicado. Cuando funciona la empatía, la ignorancia pasa piola. Cuando el encono se agiganta, es un gol en contra.

Donde ir pues, cual es el rumbo, a qué tipo de sociedad aspiramos, a que forma de convivencia, con qué derechos ciudadanos, con que Soberanía, con qué legitimidad, esa es la cuestión.

Y a tal cuestión siempre respondí del mismo modo: se trata de devolverle al pueblo de Chile la Soberanía arrebatada en dictadura, y a Chile su calidad de República. De devolverle a cada chileno y a cada chilena la dignidad que conviene a un pueblo con derechos. Hacer como si 17 millones de ciudadanos existiesen, contasen, y ejerciesen su voluntad de ser sujetos de su propio destino. Hacer que el pueblo de Chile exista. Forjar las estructuras políticas enraizadas en la sociedad real, como defensoras de sus intereses comunes, plurales, diversos, colectivos, generales.

No como una dádiva caída del cielo, ni como una concesión que proviniese de la buena voluntad de un monarca improbable, sino como un derecho irrenunciable e imprescriptible.

Ese pueblo con derechos no puede ni debe confiarle a sus cancerberos, a los politicastros tarifados que le sirven de capataces a los propietarios de lo que consideran su propio Club privado, la construcción de una nueva institucionalidad.

El pueblo de Chile debe convocarse en Asamblea Constituyente.

¿Suena revolucionario? Desde luego, porque lo es. En Chile, en donde hasta la decencia es revolucionaria.

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