Publicado Enero 21, 2021
El presidente y sentido reverencial del dinero
Cuerpo
La fuerza del soberano había sido una cortina de humano para los movimientos efectivos de la legalidad y del constitucionalismo originalista. Lo mismo podemos decir de la clase intelectual conservadora, que ahora veía en Trump la figura de un “pobre diablo” irresponsable y caótico.

El discurso de despedida pronunciado ayer por Donald J. Trump fue estrictamente el discurso de un humillado. La energía del carisma autoritario que a comienzos del 2016 facilitó su irrupción en la escena política nacional se había esfumado. Ahora aparecía en pantalla un simple gestor de cifras económicas, incapaz de inspirar o estabilizar las energías del polo constituyente al que había seducido bajo por la promesa de una América grande y fuerte. Sin lugar a duda, el momento más llamativo fue cuando confesó que “la fe y la confianza” ya no podían constituir una mediación entre el pueblo y la institucionalidad. Esto quería decir algo muy preciso: a partir de ahora solo la fe en el dinero podía asentarse como la única fuente en el presente histórico. En última instancia, Trump se ha dejado ver como lo que siempre ha sido: una figura vicaria de la fe en el dinero carente de comunidad y orden concreto, como señalábamos recientemente. Y, lo que, es más: Trump ha demostrado que el “soberano político” hegemónico es compensatorio de las lógicas fideistas del valor como matriz de lo social.  

 La humillación no ha venido solo porque la “verdad del dinero” ha sido expuesta en el propio centro del soberano, sino también porque ahora la soledad de Trump se ha vuelto manifiesta. Se ha dicho en estos años que el constitucionalismo conversador (en particular de las elites de la Federalist Society) jamás había tomado distancia de Trump. Y en parte fue cierto, a pesar de la dura crítica del constitucionalista Steven Calabresi (fundador de la Federalist Society) sobre la deriva inconstitucional del presidente. Pero a partir del 6 de enero el movimiento ha sido inverso: ni un solo jurista del “conservadurismo legal” se animó en acompañar al presidente en su aventura histriónica. Es cierto, ya para entonces era un lame duck President y los jueces de la Corte Suprema habían sido integrados exitosamente. Sin embargo, este distanciamiento confirmaba que la fuerza del soberano había sido una cortina de humano para los movimientos efectivos de la legalidad y del constitucionalismo originalista. Lo mismo podemos decir de la clase intelectual conservadora, que ahora veía en Trump la figura de un “pobre diablo” irresponsable y caótico.

De ahí que el último acto de Trump ha relevado la ironía del “populismo nacionalista” contemporáneo: puesto que solo la derecha libertaria se ha mostrado cómoda en la defensa de la figura presidencial. Y esta debería ser la lección que podemos extraer del trumpismo: para una época marcada por la “estagnación” (parálisis del crecimiento económico y expansión de la economía de servicios, tal y como lo ha estudiado Jason Smith en su reciente libro Smart Machines and Service Work), las apuestas por una “reindustrialización nacional” y un nuevo corporativismo ya tuvieron una fecha de expiración. La vieja hipótesis de una industrialización nacional capaz de producir “hegemonía” ha quedado revocada por el experimento trumpista.

Ahora podemos constatar que el trumpismo fue el síntoma de la teodicea económica norteamericana desentendida de un principio de realidad institucional mediante la absolutización del dinero. Y este es el principio que ordena la estructura mental de Trump. Como él mismo dice en su libro The Art of the Deal (1987): ‘La vida es muy frágil y ningún éxito puede cambiar esto. Al contrario, mientras más exitosos somos, más frágiles seremos. Para mi el dinero nunca fue una motivación sino una manera de mantener el conteo de la partida. Pero el verdadero estímulo (“excitement”) es jugar el juego”. En efecto, aquí queda claro que la dimensión extática del dinero como forma total busca subsumir a la vida, porque su fuerza ha devenido un puro medio. Por eso el fideísmo financiero no es propiamente económico (o sea, no es una unidad acotada a un tipo de actividad concreta), sino que es una articulación antropológica de autoreconocimiento. Pero la sensualidad de autoreconocimiento en el dinero es irreductible a la autoafirmación. De ahí que la vida siempre sea frágil y sacrificable.

En un importante ensayo El sentido reverencial del dinero (1957) – un libro que intentó renovar las bases espirituales para la modernización económica española y que terminó influyendo en la construcción del Franquismo – el intelectual español Ramiro de Maeztu vio este desarrollo con nitidez: el dinero como medio exige una dimensión reverencial porque su energía se transfiere en “aplauso”, esto es, en forma de aclamación que induce al estimulo en un contexto de contingencia absoluta. Como quiere Trump, la depredación se vuelve un interminable juego de intereses. Esta teología económica pone fin a las viejas formas comunitarias de interdependencia y estabilización, puesto que la nueva “salvación” ahora se limita al estímulo de la reverencia como sumisión al medio. Trump ha quedado humillado ante su propia estimulación, aunque la fuerza reverencial ahora continua desde la élite de Silicon Valley, que ahora asciende como el nuevo partido de la dominación del “espíritu planetario”. Desentendidos de la estabilización de un orden concreto, Sillicon Valley es ahora el relevo y la continuación de la esencia de un presidente humillado por su propio juego.

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