Publicado Marzo 25, 2021
El SENAME: del slogan político-social al ataque cultural contra la filiación
Cuerpo
Es evidente que la violencia filicida (maltrato de los hijos y las hijas) al interior de la familia tiene su correlato idéntico en la tortura, violaciones y muerte en la institución. Ambos, implican una ruptura de la filiación y una condena al resurgimiento humanitario de la sociedad.

Para resumir caminos muy transitados: es sabido que hoy existe una profunda crisis del SENAME, o de toda institución que se alce en el nombre de la protección infantil en Chile. Aquella que es llamada a acoger a los niños y a las niñas que han recibido atentados contra la filiación – o el derecho a los cuidados de una familia-. Niños y niñas quienes se dividen en dos grandes grupos: aquellos que han sufrido maltrato por parte de sus familias; y/o aquellos que la regulación social y familiar no ha sido incorporada con los estándares que la cultura espera de ellos, es decir, aquellos que han caído en el delito o tienen la potencialidad de hacerlo en virtud de lo que es considerado -por técnicos psi y juristas- como falta de habilidades parentales en sus cuidadores.

Sin embargo, la tendencia histórica a la destructividad al interior de esta institución hace eco de una repetición de la violencia destinada a evitar -violaciones, torturas y muertes-. Por ello, esta destructividad atenta tanto contra la niñez, como contra de la institución misma al impedir la tarea por la cual fue fundada. Y por lo mismo, esta repetición de la violencia trasciende a la institución y atañe a toda la sociedad en su conjunto.

Quiero ser categórico, a menudo vemos como la sociedad civil y sus autoridades rasgan vestiduras al ver u oír atentados contra los más pequeños en las instituciones de protección. Hacen del discurso de la protección de la vulnerabilidad un slogan político -en las autoridades- y un slogan social -en la sociedad civil- que pocos efectos tiene sobre el sentido construido socialmente sobre la protección de la infancia. 

Esto no es una novedad.

Me explico, a mis ojos, es inútil resituar la discusión sobre la reformación del SENAME sin el reconocimiento histórico del maltrato infantil en toda la sociedad civil. El otrora CONAME, hoy Servicio de Protección de la Niñez, pasando por el SENAME, son esencialmente lo mismo. No se ataca el problema central, se actúa una repetición al no considerar los fundamentos de nuestra cultura en particular. Sin extenderme en detalles que, aunque principales suponen un recorrido muchísimo más extenso que estas pocas líneas, al referirme a los fundamentos de nuestra cultura particular planteo la importancia de la incidencia de los Estados liberales que decantan de la evangelización y domesticación de las Indias en el tiempo de la Colonia. Una de las dominaciones resultantes de este proceso de masacre llamado Conquista se basó en la diferencia generacional con tintes de menosprecio. En otras palabras, existió, como herencia de los procesos del Estado europeo basados en la idea de filiación y herencia patrimonial de la Roma antigua, un menosprecio por la infancia tomada como un objeto para el adulto Padre y su patria potestad. En resumen, la dominación arcaica de la adultez sobre la niñez. 

Considerando lo anterior, de forma posterior, desde la colonización y su devenir en los tiempos republicanos, la infancia ha sido maltratada constantemente: el filicidio, la explotación sexual, el abandono infantil son protagonistas de la historia donde el huacherío es el resultado folklórico de un problema heredado desde la madre Patria que se arrastra hasta nuestros días.

En relación con las instituciones como el SENAME que se han generado en estos pasos para tratar un problema históricamente heredado, es que han emergido constantemente discursos ad-hoc que disponen una crítica a la institución, pero que operan prácticamente igual. Un ejemplo es el paso en dictadura del CONAME al SENAME, que tuvo un polémico cambio político-administrativo en tanto organización de las carteras ministeriales pero que, como ahora, no resolvió los problemas fundamentales de la infancia vulnerable.  Los cambios desde entonces hasta ahora continúan siendo cosméticos en medida que el operar siempre es el mismo, desde los encierros carcelarios de los pequeños doscientos años antes hasta los encierros institucionales actuales. O sea, la estrategia de institucionalización se alza como la fundamental -y casi única- tarea de protección.

El SENAME supuestamente se articula con dos grandes campos sinérgicos, por un lado, contra los elementos emergentes de una violencia destructora de la filiación al interior de la familia, es decir, evitando la figuras del deseo filicida o incestuoso (el maltrato en general) -que pone en jaque la integridad física y psíquica de los pequeños-, y, por otro lado, estableciendo un sostén de la filiación en estos niños y niñas evitando su desamparo. Es al menos lo que los nuevos contextos jurídico-políticos refieren sobre la infancia. 

Empero, si bien este es el principio regidor, la violencia institucional destructiva, lejos de  abordar los restos de esta violencia al interior de la familia, la repite en su operar. Actúa el retorno de aquellas violencias donde el niño o la niña son un objetivo para destruir, por consiguiente, donde no hay cuidado ni filiación posible. En otras palabras, este retorno de la violencia supone una desorganización o falla de los marcos institucionales del SENAME, aquellos que son garantes de los procesos de simbolización de la violencia filicida, que permiten el sostén de la vida psíquica y social del niño, del trabajo cultural de los adultos a su cuidado, y que así establecen la posible permanencia de la humanidad. 

Es así de importante la idea de la filiación, es la regeneración de la humanidad, de la sociedad civil en la protección de la infancia. Por eso, aquello que pasa en el SENAME como un atentado a la filiación es un retrato de la sociedad misma en la constitución de una institución garante de una tarea tan fundamental. O sea, como lo demuestra el devenir de gran parte de la historia occidental, la violencia contra la infancia, es un potencial que solo se mantiene a raya en virtud de las evolucionadas capacidades de simbolización y de regeneración de la sociedad. Es en medida que la sociedad civil pueda ir trabajando en conjunto sobre la violencia histórica contra los niños y las niñas, que las instituciones como el SENAME irán evolucionando y contribuyendo a un proyecto social y humanitario.

Apuntar el dedo moral contra una institución, como si está estuviese desligada de su entramado social, es repetir la violencia filicida con la que el SENAME recibe a la niñez vulnerable. Es hacer un acto de desconocimiento de los antecedentes históricos que sostenemos como un retrato de siglos de violencia contra los más pequeños. 

Es evidente que la violencia filicida (maltrato de los hijos y las hijas) al interior de la familia tiene su correlato idéntico en la tortura, violaciones y muerte en la institución. Ambos, implican una ruptura de la filiación y una condena al resurgimiento humanitario de la sociedad.

Entonces, en una simple ecuación, podemos continuar rasgando vestiduras por lo que pasa en el SENAME, y solo hacer eco de siglos de vulneración, sin mirar la existencia histórica de una dificultad de la sociedad chilena de reconocer la vulnerabilidad infantil como un elemento constitutivo y fundacional de su historia republicana; o comenzar a reconocer que, todo acto de dominación de la adultez sobre la niñez en nuestras prácticas cotidianas nos imprime el logo imborrable de que todos, en algún modo, somos parte del SENAME, ya sea en una niñez vulnerable, como en una adultez menospreciadora. 

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