Publicado Agosto 18, 2021
“Era de la sexualidad a la olla común”
Cuerpo
Es posible identificar que el cuerpo “permitido” durante la dictadura era el cuerpo de la tortura, duro, resistente y fuerte, negándose las emociones, la sexualidad y el placer. Sin embargo, es posible subvertir este mandado y aquello se hacía en los grupos feministas de mujeres populares donde, juntas, discutían y descubrían sus cuerpos para poder habitarlos desde el placer, para ser soberanas.

*El siguiente trabajo fue revisado y aprobado por M, mujer en cuya entrevista se basó la elaboración de este documento. Si bien este trabajo no es una producción narrativa, ni lo intenta ser, consideré pertinente y necesario que M pudiese leer este trabajo, hacerle comentarios, yo incorporarlos y sólo así tener su versión final.

El presente trabajo se basa en el análisis de mi entrevista con M, mujer de 60 años, chilena, activista en diferentes movimientos sociales desde el inicio de la dictadura cívico-militar en Chile hasta el día de hoy. M ha centrado su activismo en el movimiento de derechos humanos y el movimiento feminista, siendo una participante privilegiada dada su larga trayectoria social, su participación en múltiples espacios feministas, su experiencia directa con hombres y mujeres en organizaciones pro-derechos humanos y en trabajos de compromiso social -no remunerados- en apoyo a víctimas de tortura, a mujeres de la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos, a mujeres sobrevivientes de violación sexual, entre otros. M ha podido observar y participar críticamente en lo que ella siente como una continuidad de la violencia de la dictadura cívico-militar hasta el día de hoy, en una transición a la democracia que “ha sido una desgracia” (p.88.) debido a la penetración del neoliberalismo en nuestra sociedad y la primacía del individualismo sobre el bienestar comunitario.

En este breve ensayo quiero abordar el género en dos sentidos: la relación del género, especialmente del género femenino y sus demandas, con los movimientos sociales de resistencia buscando responder a la pregunta ¿De qué manera los movimientos sociales integran las demandas del movimiento feminista? Además, quiero narrar cómo emerge la experiencia del cuerpo en relación con el género, buscado responder ¿Qué cuerpo se permitía en los años 80? El ensayo se estructura en tres partes: una descripción de la vivencia de M como mujer con un rol activo en los movimientos sociales de resistencia de la dictadura, las tensiones del feminismo en los años 80 y la vivencia del cuerpo “permitido”.

M: una mujer activa comprometida en los movimientos sociales

Para describir y analizar la experiencia vivida y recordada de M es preciso entregar algunos antecedentes de su vida personal. M es una mujer de 60 años, madre de dos hijos varones, que nació y creció en una familia en situación de pobreza en una población de la comuna de Ñuñoa de Santiago de Chile. La precariedad material no fue solo una realidad de su niñez, sino que también del presente, debido a que M no pudo realizar estudios universitarios formales. Si bien M es fotógrafa, técnico en bienestar social y profesora de biodanza, la falta de un título universitario ha coartado su trayectoria profesional y la inestabilidad y precariedad laboral ha sido una constante en su vida adulta.

Desde niña M ha tenido una conciencia social “espontánea” que se vio reforzada por influencias culturales como haber visto telenovelas sobre la revolución mexicana en su infancia y por la lectura de Marx y de la Revista Juventud Obrera Cristiana. M inició su activismo a los 14 años en la iglesia local, a los 19 años en el Comité de Derechos Humanos, como coordinadora de extensión en el Taller Amistad1, apoyando a la Agrupación de familiares de detenidos desaparecidos y otras organizaciones, como el Comité pro-retorno, y la Agrupación de familiares de relegados en dictadura. M recuerda con entusiasmo su participación en estos

Talleres gratuitos dictados en diversas poblaciones de Santiago con el fin de educar en técnicas de denuncia artísticas (canto, serigrafia, fotografía, etc.). espacios y recalca su inocencia, pues no sabía que todo lo que ella hacia ponía en riesgo su vida:“...no sabíamos del peligro. No teníamos idea...vi que los milicos...pero yo no sabía que el hecho de hace una olla común, de participar en la iglesia, en taller, en montones de cosas, podía correr peligro mi vida...me vine a enterar una vez que termino la dictadura...pero hasta el día de hoy siento que mi vida corre peligro...siento que la puerta es un estado constante...una cosa rara que me pasa con las puertas. Había tiempo en que allanaban todas las casas, momentos muy duros... (p.8).

A los 21 años M se emparejó con un hombre, C, padre de sus dos hijos, quien vivió la detención, desaparición, relegación y tortura. De esa forma, M cumplió el rol que tradicionalmente se ha atribuido a las mujeres durante las dictaduras: ser la familiar, la pareja-de un hombre masculinizado y militante (Jelin, 2002). Socialmente se le solicitaba que fuera una mujer que debía ser comprensiva con su pareja- víctima de la dictadura. Esta comprensión tuvo dos efectos centrales en M. En primer lugar, M vivió muchas situaciones de peligro pues cuando C estuvo relegado M fue echada de la casa en la que vivía, debido a que los amigos con los que convivía tenían miedo a exponerse por la detención de C. Al no tener donde dormir, M recuerda dos situaciones de peligro: quedarse donde una amiga cuya madre quería echar del hogar a M a las 3 am y quedarse con el marido de una amiga quien la acechó toda la noche, estando expuesta al riesgo de violencia sexual. Esto último releva la vulnerabilidad de un cuerpo femenino en una situación desaventajada. En segundo lugar, M tenía un trato con C que no fue posible cumplir. Una vez que C terminara sus estudios universitarios ella estudiaría. Pero dada la vivencia de víctima de C, M nunca pudo estudiar:

“En el caso mío, yo llegue a un acuerdo con el papá de mis hijos que él iba a terminar la universidad y luego seguía yo. Cosa que nunca fue porque nunca se dieron las condiciones...un hombre que vivió la tortura, desaparición, relegación, después el trago, cocaína. Después yo tuve que estar en todo eso. La gente me exigía a mí, mira todo lo que él sufrió, debes tenerle paciencia. Yo tuve toda la paciencia del mundo, pero nadie me tuvo la paciencia...el terminó su cuento, pero yo no. El gran problema que yo tengo es ser universitaria. ¿Qué me voy a poner a estudiar ahora 5 años, plata de dónde? ¿Dónde tendré trabajo?”. (p.20)

De alguna forma, M es también una víctima de las vivencias de su pareja en ese entonces y las repercusiones las experimenta hasta el día de hoy.

Tensiones en el Feminismo de los años 80

La conciencia de pertenecer a un género en desventaja se inicia con la vivencia del machismo en su entorno familiar. Sin embargo, M tenía personalidad “fuerte”, “de líder” que le facilitó poner límites con los demás y ser considerada “intocable” por los hombres, debido a su inteligencia y belleza. De esa forma, ella cumplía y no cumplía con los esperado para su género: era bella pero tenía una personalidad “fuerte”.

A pesar de la satisfacción que sentía por participar en espacios de resistencia, M comienza a ser crítica de las relaciones entre los géneros en dichos espacios, siendo consciente de la desigualdad estructural hacia las mujeres y la desconfianza de los hombres hacia la fortaleza de las mujeres. Por ejemplo, en el Comité deDerechos Humanos la mayoría de las participantes eran mujeres “parientes-de”:

“En esos espacios no había una conducción, había mujeres y hombres habíamos más mujeres en realidad...eso es muy importante, éramos muchas mujeres porque la mayoría de los hombres o estaban relegados o estaban presos o no se atreven o estaban escondidos, etc....habían hartos hombres, pero éramos más mujeres” (p.10).

Consciente de lo limitante que es para una mujer ser consideraba exclusivamente en su rol de pariente-de, M realizó un trabajo de compromiso político en el año 2000 con las mujeres de la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos, a través de la biodanza, con el fin de hacer que ellas pudiesen descubrir su identidad individual, como mujeres, trascendiendo su identidad histórica de ser la pariente-de. “Ellas eran a través de sus desaparecidos/as. Esa era su identidad” (p.84). Este fue un trabajo profundo y gratificante para M, que duró dos años, donde busco reivindicar sus cuerpos desde la afectividad y el placer, los que eran negados en los años de dictadura.

Durante los años 80, M comienzan a ser crítica de que los “hombres revolucionarios” pues aquel “hombre nuevo” (Hiner, 2020) eran igualmente machista y violento:

“porque muchos hombres que venían del 73 todos estos compañeros que se creían revolucionarios, pero muchos estos que tenían una mujer en la casa, la virgen maría, y fuera de la casa la maría magdalena. Mucho engaño a las mujeres, muy machistas dentro de la casa y afuera mostraban otro cuento...yo me di cuenta de eso. Había algunos que no confiaban mucho en las mujeres, no confiaban en nuestra fuerza vital, pero también en no resistir a una...a una detención” (p.14).

Este descontento hizo que M comenzara a participar en espacios feministas, por ejemplo, organizaciones como el MEMCH, la iniciativa feminista, las feministas autónomas, las EAS. M siente que los movimientos sociales nunca podrán considerar plenamente ni priorizar las demandas feministas y que estas tampoco pueden ser cooptadas por los partidos políticos, esencialmente jerárquicos, mientras que el feminismo sería horizontal.

Sin embargo, en estos espacios de toma de conciencia donde se cuestionaban los roles de género, M vivió discriminaciones de clase y conflictos entre las mismas feministas. De esa forma, se aprecia cómo se dan relaciones de poder dentro de las mismas participantes, mostrando la importancia de lo relacional y la versatilidad dentro de la categoría género, tal como lo describe Haraway (1997). Por ello, M asegura que “ser mujer” no garantiza ser feminista, que es importante la conciencia de clase dentro del feminismo y que lo primordial es la desconstrucción contra la opresión hasta sus últimas consecuencias, lo que implica la desconstrucción en el espacio de la intimidad:

“... yo el feminismo me lo vivo de esa manera...no sirve de nada tener un tremendo discurso feminista si en mi cotidiano soy tremendamente machista o soy tremendamente opresora, hay una construcción el lenguaje que dice Maturana. Es el mundo privado se dan todas las condiciones para que el patriarcado surja y resurja con mucha fuerza... en el mundo privado, en el mundo íntimo, del hogar” (p.16).

Así, M observó como mujeres intelectuales discriminaban a las mujeres populares, considérenlas menos capaces, lo que, si bien lo negaban, M lo podía observar implícitamente en lo relacional, en su lenguaje verbal y corporal:

“en ese momento, había una relación donde el trabajo intelectual era un trabajo tenía esa capacidad de reconocerse a sí mismo y no mirar nunca que al frente también hay intelectualidad, pero más integral porque tiene todo. Los cognitivo, la reflexión y la acción. Las mujeres ahí reflexionan en el aprendizaje con otras mujeres lo van llevando a su casa” (p.26).

Como mujer popular, M considera que existe intelectualidad en las mujeres populares y que su vivencia del feminismo es mucho más integral. Esta mirada obliga a una reflexión interseccional sobre el género, incluyendo integralmente la categoría de clase social y evitando la reproducción de opresión dentro de lacategoría “género” desde la supremacía de la intelectualidad y las mujeres de clase alta (Montenegro, 2020).

La relación del movimiento feminista con el movimiento social siempre fue tensa, pues sus demandas siempre fueron consideradas secundarias con relación a la lucha contra la dictadura: “entonces un cuento de toma de conciencia de la desigualdad contra las mujeres, pero aun siempre pensado siempre que hoy día en se momento era más importante la lucha contra a Pinochet” (p.26).

Por lo tanto, había una doble tensión en el movimiento feminista en los años 80: una tensión externa con el movimiento social donde las demandas de las mujeres eran “secundarias” y una tensión interna: las discriminaciones internas por clase social y la posterior discusión de integrarse o no a la institucionalidad como movimiento feminista o mantenerse al margen. Este es un debate activo que genera discusión y división hasta el día de hoy, por ejemplo, con la creación de un partido político feminista que pueda integrarse como lista Constituyente para la elaboración de la nueva constitución.

El cuerpo “permitido”

M identifica dos relaciones con el cuerpo: en el movimiento social el cuerpo debía ser un lugar duro, capaz de resistir a la tortura y siempre subyugado a la mente. En los grupos feministas de mujeres populares el cuerpo era el territorio a descubrir, hablando abiertamente de sexualidad, masturbación y placer, siendo este un derecho a reivindicar. El trasfondo común a ambos era la negación de las emociones.

En esta primera visión del cuerpo, el cuerpo “permitido”, M lo identifica como un mecanismo de auto defensa de las personas al desconectarse del cuerpo durante la tortura y el ocultamiento de las emociones, disociando la consciencia del cuerpo.

“Si, además que la valorización que había era que la gente torturada puede hacer lo que quieran con mi cuerpo, pero mi mente, mi conciencia, jamás será tocada. Había una desintegración del cuerpo, del alma, para poder resistir la tortura y así no quedarse en la victimización que ni siquiera la vivimos (se emociona) ...era como resiste, revolucionario.” (p.46).

De esta manera se identifica una corporalidad militante que responde a los ideales de los partidos (Galaz, 2020). El cuerpo del buen militante es un cuerpo fuerte que, aunque se quiebre, no revela a la mente. De hecho, quienes no resistieron a la tortura y “hablaron” fueron muy mal visto por los compañeros/as y hasta el día de hoy son juzgados/as.

En el caso de los hombres que habían sido violados, se recalca el silencio por el sufrimiento y denigración de la feminización del cuerpo por esta práctica de tortura sexual (Jelin, 2002).

“hubo hombres violados que no lo quieren decir porque es tremendo Si a las mujeres les costó tanto, imagínate para los hombres. Además, cuando la gente era liberada no le preguntamos cómo estas, como te sientes, sino que le preguntaba si había visto a esta persona... que estuviera con vida era ya mucho. Vivimos tanto solidaridad con el otro, dábamos la vida por el otro como algo natural, fluía como un manantial. Pero faltaba eso otro” (p.40)

Como fotógrafa, M recalca las fotografías que logró sacar en la cárcel de mujeres en plena dictadura, imágenes de ellas desnudas con toda su dignidad, trabajo que logró hacer por su ingreso clandestino al recinto. Este trabajo lo considera como una recuperación política del propio cuerpo, primer territorio soberano de una persona:

“El ser dueña una vez más del cuerpo, de ese territorio, aunque estés encerrada en 4 paredes...esa postura, soberana, de la propia existencia, a pesar de la tortura, a pesar de todo. La vida pasa por el cuerpo, tocamos la vida por el cuerpo, la memoria, etc” (p.84).

En el caso de los grupos de mujeres populares, las conversaciones ponían en común las vivencias sexuales negativas, como al abuso sexual, la violación y violencia por parte de los maridos, el desconocimiento del orgasmo. Discutir estos temas es altamente político “porque en el feminismo que yo conozco hablamos desexo, de masturbación, de todo, no solo era hacer política...la política del cuerpo es político” (p.56). En la conversación cotidiana se reconocía la represión y se buscaban formas de superarlo:

“entonces es un trabajo de la intimidad de las mujeres. Era de la sexualidad a la olla común. Yo ayudaba mucho en la cocina estaban también estas conversaciones, que las parejas les pegan, los compañeros les pegaban, esos mismos. Otros que tenían 2 parejas, invisibilidad del cuerpo, de la sexualidad, mucha represión. El placer era algo fuera de nuestro alcance” (p.62).

Participar en estos espacios hacía que las mujeres hicieron cambios en su cotidianidad, que le exigieran a sus parejas y esto podía traer conflicto

“Pero si ocurría cuando las mujeres participaban de los encuentros había problemas en la casa porque empezaban a exigir, tomaban conciencia de los roles de género, se dan cuenta que ella tenían derechos, que ellas pueden decir que no, que el cuerpo es suyo...todo eso era un tema super fuerte” (p.66).

De esta forma, el espacio de discusión feminista del cuerpo llevaba al cuestionamiento de los roles de género, desestabilizaba el orden y afectaba en las relaciones sociales. Cuando discutían estos temas con mujeres de clase alta, M se sorprendía como ellas no se abrían y no reconocían si sentían o no placer, remarcando una vez más la diferencia de clase social:

“Porque la de arriba no quería reconocer que nunca había tenido un orgasmo o que nunca se había masturbado. Pero no lo hacía porque la hacía ver menos intelectual, como que eran de otro planeta. Adema del dinero hay una cosa de discriminación hacia sí mismas y hacia el otro lado. Si tu sientes y dices que no sientes es porque eres pobre. Pero no le puedes decir. Esa experiencia te da acceso a distintas cosas” (p.74).

El cuerpo aparece en el relato como un territorio de disputa donde lo público y lo privado se entrelazan y donde, una vez más, la clase social manda discreción y represión. En ese sentido, las mujeres de clase alta mantenían más escondidos sus emociones y sus sentimientos, mientras que, en grupo, las mujeres populares podían abrirse y explorar nuevas formas de relación consigo mismas y con sus parejas.

Conclusiones

En este ensayo se presentó cómo emerge la vivencia del género en el relato de M en relación con el pasado de resistencia, estando presente elementos identificados por varias autoras, como el rol de la mujer- pariente (Jelin, 2002), el cuerpo femenino en riesgo de violencia sexual y otros. A partir de las reflexiones hechas por M es posible afirmar que las demandas de las mujeres se han considerado y se consideran hasta hoy secundarias, priorizándose las demandas de la “contingencia” sobre la permanente contingencia de la situación de desigualdad y precariedad de las mujeres.

Por otro lado, es posible identificar que el cuerpo “permitido” durante la dictadura era el cuerpo de la tortura, duro, resistente y fuerte, negándose las emociones, la sexualidad y el placer. Sin embargo, es posible subvertir este mandado y aquello se hacía en los grupos feministas de mujeres populares donde, juntas, discutían y descubrían sus cuerpos para poder habitarlos desde el placer, para ser soberanas.

Es relevante remarcar que la experiencia de M es desde una posición situada que está en los márgenes, que no es el centro por su posición como mujer pobladora popular, mientras que una gran parte de la narrativa del movimiento feminista se ha institucionalizado y oficializado a partir de las narrativas de mujeres intelectuales feministas, quienes muchas veces actuaron con desprecio hacia mujeres populares. En ese sentido, valoro la honestidad M de permitir escuchar su experiencia en dictadura, en una posición descentrada, que si bien no constituye una “verdad” enriquece los relatos sobre las vivencias de mujeres en la dictadura en Chile. Sobre todo, destaco el rol central que su propio cuerpo y el de los otros y otras ha tenido en su vida, en una búsqueda subversiva constante por revindicar el derecho a la exploración y el placer.

Referencias bibliográficas

Galaz, C. (2020). Apuntes CLASE 8: El cuerpo, los afectos y la memoria.

Haraway, D. (1997): "enlightement@science_wars.com: A Personal Reflection on Love and War". Social Text , 15 (50), 123-129.

Hiner, H. (2020). Apuntes del video para la CLASE 9: Críticas feministas en el campo de la memoria colectiva.

Jelin, E. (2002) Género en las memorias. En: Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria, Siglo Veintiuno editores, España

Montenegro, M. (2020). Apuntes Clase 5: Memorias colectivas desde una perspectiva feminista interseccional.

Columnas populares

Columnas más populares de las últimas 2 semanas.

No podemos seguir oponiendo simplemente un “atrévete” por un “infórmate”, se requiere un plus imaginativo. De modo que la imaginación popular restituya su flujo hacia sueños emancipatorios, democráticos, inclusivos, equitativos y justos. Aún es posible, ya que lo imposible puede suceder…
Descaradamente, el gobierno y la prensa exhiben el 46,7% de participación como un triunfo. Hace una semana afirmé que estas elecciones serían una payasada. ¡Menuda perspicacia!
Lo que debería intentar es movilizar a todo el mundo democrático en contra de una amenaza que puede derivar en un Bolsonaro, en un Trump, una cuestión así. Ante eso creo que es el mejor antídoto para esta línea de ataque que Kast ya desarrolló diciendo “esto es libertad versus comunismo”.
La propuesta del candidato presidencial de la extrema derecha recuerda mi experiencia personal con la Operación Cóndor, la que ahora intenta reeditar. La democracia, la paz y no violencia que anhelamos chilenas y chilenos se encuentra amenazada en varios ámbitos con la propuesta de este candidato. Pero resulta particularmente preocupante que su política internacional, en vez de atender el mejoramiento de las relaciones vecinales, responder a las demandas por enfrentar el deterioro de los ecosistemas o favorecer la reducción del armamentismo, se concentre en la represión de personas que tienen ideologías distintas a las que el defiende.
Es muy poco probable que el nuevo Presidente pueda realmente dar paso a una “era nueva”, como se ha prometido y, salvo las consabidas fluctuaciones accionarias y del precio del dólar, todo indicaría que el país va a seguir gobernado por la clase política, como que el sacrosanto mercado seguirá siendo nuestro soberano. Con el aval de los gobernantes y de la casta militar o guardia pretoriana.