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Publicado Junio 19, 2020
Funas en redes sociables: la denuncia del abuso sexual como pandemia

El 25 de noviembre de 2019, jornada de la conmemoración del Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, marcó el inicio de un boom de denuncias en redes sociales.

En los últimos años ha tomado fuerza y articulación en Chile, la lucha de las mujeres y en particular de movimientos feministas. En ese contexto y en medio del estallido social, nació el himno creado por el colectivo “Lastesis” que proclama: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni como vestía”, una consigna que dio vuelta al mundo y que le dio la valentía a muchas mujeres para revelar en redes sociales lo que durante años habían silenciado: abusos sexuales o violaciones de las que fueron víctimas. Las “funas” han remecido a los usuarios de Twitter, Facebook e Instagram por lo que rápidamente se han viralizado estos desgarradores relatos.

Como psicóloga clínica dedicada hace casi 15 años al trabajo con mujeres y habiéndome especializado en temáticas de trauma, reparación emocional, autocuidado y autoestima, sentí la necesidad de analizar esta ola de denuncias en redes sociales asociadas a la violencia de género.

Creo que estas publicaciones tienen un impacto a nivel individual y subjetivo en las víctimas; en su percepción y experiencia de que han podido salir del doloroso e impotente silencio. Más allá de todo, este es un primer hito significativo. Muchas mujeres sentían que no valía la pena denunciar y de alguna manera se culpaban por lo vivido, se avergonzaban de ello y vivían queriendo ocultarlo. No en vano Antonia Barra, toma la desesperada decisión de terminar con su vida después de (por su mismo relato) haber sufrido una violación. Actualmente este delito es investigado y denunciado sin Antonia, teniendo que reconstruir su historia en una especie de racconto, tomando trozos de conversaciones, fragmentos de su relato, testimonios, videos, perfiles psicológicos, etc.

Esta es la realidad para tantas mujeres: “Sufrí un abuso, soy víctima, pero la culpa es mía”. “No me cabe más que sentir vergüenza de ello y castigarme con el silencio y la impunidad”. De allí que los significantes “dónde estaba, cómo vestía, estaba ebria, no supe o pude poner más límites, etc”. Pasan a ser mortificaciones morales solitarias que lamentablemente están amparadas y naturalizadas en el lazo social por una ideología patriarcal machista.

En este sentido, la funa surge como una instancia emancipatoria, en la que es posible empoderarse e indignarse sintiendo un soporte en el movimiento colectivo que da fuerza y moviliza. Por dicha razón, es un acto que se inscribe tanto en el registro biográfico como político, diluyendo las fronteras de lo privado y lo público. No olvidemos que una de las máximas de los estudios de género es precisamente: “lo privado es político” (el cuerpo, la sexualidad, los roles de género, lo doméstico, entre otros ámbitos cotidianos, están atravesados por coordenadas sociales y tramas históricas de poder). Esto es precisamente el territorio que trabajó Michel Focault con su noción de bio-política y microfísica del poder.

Si bien publicar en redes sociales un relato de estas características, puede constituir un primer paso importante para las víctimas de abuso, quiero ser enfática en señalar la importancia de denunciar ante la justicia estos delitos. El decidir funar se convierte en una vía de escape en la que la víctima tiene el beneficio, pero también experimenta la paradoja de que denuncia, habla, expresa y cuenta lo que ha sufrido y aparentemente se lo dice a muchas personas, pero al mismo tiempo no se lo dice a nadie, ya que lo publica a través de una pantalla -pero no se sienta a hablarlo con alguien y realmente a verbalizarlo-. Es un “como si”. Puede ser un paso, pero definitivamente es insuficiente cuando hablamos de justicia y reparación para las víctimas. De allí que el espacio de la funa resulta paradójico, por un lado permite a la víctima una denuncia e inclusive una descarga de una verdad que requiere ser dicha de algún modo, y por otro lado, el espacio no ofrece condiciones de verdadera elaboración simbólica y reparación psíquica-emocional. La funa es un espacio de denuncia que ha generado identificación y sororidad masiva, por lo cual ha tenido un valor innegable de visibilización social de una pandemia gravísima: la del abuso.

Por otra parte, la necesidad de recurrir a dichos formatos de expresión, revela una falla sistémica: allí falló la educación, las familias, las amistades, las instituciones, la psicología, las leyes, el Estado; es decir, falló la cultura. El machismo es precisamente el estado de la cultura que deja en desamparo a la mujer y que invisibiliza los abusos y violaciones sistemáticas en base a una trama de poder incuestionada. La culpabilización, la vergüenza, el autoreproche, la duda, la melancolía, la angustia, el asco, el miedo, entre otros afectos “privados” que sienten las víctimas, están sostenidos por un espacio “público-social” que opera en complicidad y desmentida. Ante oídos sordos, la funa es un grito. Y para aquellos críticos y suspicaces, es necesario señalar que no se trata de un deporte entretenido ni un capricho histérico para joder a alguien por despecho; más bien es, en la gran mayoría de los casos, un esfuerzo gigante y complejo por dar voz a un afecto estrangulado y mortificante. Sin ir más lejos, Antonia ya no está con vida.

El apoyo cibernético a las víctimas de abuso a través del hashtag #YoTeCreo, ha entregado legitimidad y la validación dentro de un contexto social que muchas veces penaliza y culpabiliza a la víctima. De cierta manera viene a reparar esa herida de no ser validada y ser cuestionada por lo vivido –incluso por su núcleo íntimo-. Permite salir del silencio, lo que es siempre aliviante para las víctimas en tanto función de descarga. Muchas mujeres han ocultado estos abusos por miedo a ser juzgadas, a ser puestas en duda, a recibir más agresiones en lugar de sostén, terminando con una doble victimización, al ser sometidas a la desmentida social, que en lugar de asegurar sus derechos termina por convertir esta terrible experiencia en un trauma redoblado. Por no ofrecer la suficiente legitimidad para su experiencia y dolor.

Si bien la funa es un movimiento de denuncia y descarga, no posee todos los elementos propios de una reparación psicológica y social y no reemplaza un proceso reparatorio legal y terapéutico. Una mujer abusada necesita un espacio de acompañamiento, idealmente profesional, en el cual elaborar esta experiencia, recuperar la confianza, tramitar los sentimientos confusos y muchas veces contradictorios que se movilizan, sanar su autoestima, y la relación con su cuerpo y su sexualidad.

Lo que podemos hacer como entorno es acompañar respetuosamente y sin juicios este proceso, validar los testimonios, no cuestionar o poner en duda como primera respuesta. Respetar el silencio o la necesidad de hablar del asunto. Ojalá la familia y el núcleo cercano de amistades y seres queridos, pueda constituirse como un espacio donde la víctima puede encontrar seguridad, protección y contención. Muchas veces esto no ocurre y lo que la víctima encuentra, no sólo en la sociedad, sino también en sus vínculos cercanos, es abandono y soledad. La compañía humana es un lugar donde pueden advenir los aspectos de la persona que no quedaron tocados por el trauma, y en ese sentido favorecer un proceso en que la mujer no quede identificada a la identidad de víctima (victimización) como guion fundamental de su existencia. Por ello y tantas otras razones es que los vínculos son cruciales para la reparación.

Sin embargo, no queremos hablar de abuso, de violencia de género, de violación, de femicidios, ni de maltrato. No queremos saber, queremos permanecer con los oídos tapados, los ojos vendados y sin voz. La negación como defensa opera a la orden del día.

Aquí es donde me pregunto si como sociedad estamos realmente disponibles para avanzar en justicia y equidad de género o si sólo estamos dispuestos a que sean temas puestos sobre la mesa de modo superficial y cuando la contingencia lo obliga.

Mi máxima admiración y respeto para todas esas valientes que toman la justicia en sus manos (tecleando) y hacen lo único que pueden hasta ese momento: denunciar por redes sociales. Pero espero no nos conformemos con esto. Todos bien sabemos que las publicaciones en redes suelen ser consideradas actos irrelevantes e irreflexivos, y que además no durarán más de 24 horas en la mente de nadie, no obstante, el recuerdo de un abuso puede acompañar toda la vida de una víctima. Un pasado que nunca deja de ser presente.