Publicado Marzo 22, 2021
La Comuna de París
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El 18 de marzo de 1871 el pueblo de París proclamó la Comuna, y resistió durante 72 días, hasta el 28 de mayo. No a los asaltos de las tropas extranjeras, sino a los de sus propios generales, a las órdenes del gobierno de Adolphe Thiers. París fue sometido a sangre y fuego.

Han transcurrido 150 años desde los días luminosos –y sangrientos– de la Comuna de París, sin que el recuerdo de tales sucesos haya desaparecido de la memoria de la Humanidad.

La esperanza que el noble alzamiento de los trabajadores de París despertó en el mundo entero fue asesinada con metralla y mentiras. Sin embargo el ejemplo sigue allí, y el comportamiento de los contendientes resuena hasta nuestros días en el eco de las traiciones de unos, y el combate de otros.

Karl Marx inmortalizó el sacrificio de decenas de miles de hombres y mujeres en su panfleto La Guerra Civil en Francia, redactado en inglés y rápidamente traducido a decenas de lenguas: el propósito de Marx –aprobado por la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT)– era transmitirle a los obreros del mundo entero toda la información posible sobre “la tendencia general de la lucha”.

Ya en 1851 –en su libro El 18 Brumario de Louis Bonaparte– la aguda percepción de Marx le llevó a poner de relieve algunas características de la aristocracia francesa que a mi modesto juicio valen para las llamadas “elites” actuales. Emmanuel Todd, en su obra Las Luchas de Clases en Francia en el Siglo XXI, lo resume de este modo:

“La manera en que él (Marx) explica que las costumbres depravadas de la aristocracia financiera y del lumpen proletariado se parecen, y que en los dos extremos de la sociedad se encuentra el mismo tipo de podredumbre moral, es fabulosa”.

Henri Guillemin afirma que para entender la Comuna es necesario examinar la Historia de Francia de 1789 en adelante. La Revolución, dice Guillemin, no es otra cosa que el resultado de la toma de conciencia de la burguesía francesa de su propia existencia. Así, 1789 no es otra cosa que la disputa entre la riqueza mobiliaria de la burguesía (banca, manufacturas, gran comercio) y la riqueza inmobiliaria de la nobleza (tierras) o, dicho de otro modo, un combate entre poderosos.

Finalmente, la burguesía tomará las riendas del poder en 1830, instaurando un régimen de banqueros. Entretanto, Napoleón destruyó las conquistas democráticas de 1792-1794 (episodio odioso para los poderosos) suprimiendo el sufragio universal, reinstaurando el esclavismo y desangrando el país en guerras de conquista y de rapiña de las cuales estuvieron eximidos los hijos de la burguesía. A la caída de Napoleón en 1815, la Restauración monárquica hizo el resto.

Guillemin señala la influencia política de Voltaire, de quien cita una frase para el bronce: “Un país bien organizado es aquel en que una minoría hace trabajar a la mayoría, se hace nutrir por ella, y la gobierna”. El Siglo de las Luces, como la ciudad de Santiago, conoció numerosos apagones. Lo cierto es que en la frase de Voltaire se resume el programa de la nueva clase dominante.

El imperio de la burguesía financiera e industrial se fue imponiendo definitivamente, al punto que en 1862 el barón Haussman –urbanista de París– pudo escribir que de la población parisina de 1 millón 700 mil habitantes “más de un millón vive en una pobreza vecina de la indigencia”. El maquinismo había permitido incorporar a miles y miles de niños al trabajo, contribuyendo así a reducir la masa salarial y concentrando la riqueza en pocas manos.

Louis Napoléon, único presidente de la IIª República (1848), luego Emperador gracias a un golpe de Estado (1851) cuyo objetivo declarado fue “defender la democracia” (sic), cometió una imprudencia en el año de gracia de 1864.

La Ley Le Chapelier, del 14 de junio de 1791, era la prueba irredargüible de las intenciones de la burguesía revolucionaria enquistada en los girondinos, los “progresistas” de la época: le estaba prohibido a los obreros asalariados –so pena de prisión– unirse para “encarecer sus salarios”.

Ante las atroces condiciones del proletariado parisino el propio Napoléon III autorizó las “coaliciones obreras” en el año 1864, pero no las huelgas. No obstante, estas proliferaron, rápidamente reprimidas al precio de decenas de muertos, mientras los oficiales responsables de las masacres –como el capitán Gourcerand, en Aubin– eran condecorados con la Legión de Honor por el ministro del Interior.

Aubin, 14 mineros asesinados, 22 heridos, de los cuales 3 morirían más tarde, –entre los muertos hubo niños y mujeres–, fue la inspiración de Émile Zola para describir la masacre que figura en su obra maestra Germinal.

El mismo año 1864 se fundó la AIT en Londres –embrión de la Iª Internacional–, acusada más tarde de haber provocado la Comuna de París, temprano ejemplo del falaz argumento que pretende que los desórdenes provocados por la cruel explotación de los trabajadores no es sino el resultado de la acción de “agentes extranjeros”. Como quiera que sea, a fines del año 1869 la AIT contaba en Francia con más de 60 mil obreros afiliados y la “cariátide” como la llamaba Victor Hugo, –o sea el proletariado–, se mostraba cada vez más activa.

Buscando disfrazarse de liberal, el emperador Napoléon III llamó al gobierno a Émile Ollivier, opositor republicano que formó un gabinete asumiendo el ministerio de Justicia. El 2 de enero de 1870 Ollivier declaró que llegaba al poder “para aplastar la revolución en ciernes”, tarea frecuentemente reservada a los progresistas como probaría exactamente medio siglo después el tristemente célebre Friedrich Ebert, cabecilla de la social-democracia alemana que asesinó la Revolución de 1919, y de paso a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht, sus… compañeros.

En 1870 estamos en los albores de la Comuna de París, y conviene conocer lo que precede para comprender la infame traición cometida por la casta dominante, alegremente acompañada por una costra militar incompetente, irresponsable, venal y criminal. Antes de abordar la traición es útil conocer su génesis que puede resumirse en la Ley Le Chapelier y la mencionada frase de Voltaire. La burguesía sería capaz de cualquier cosa para conservar el poder.

¿Cómo parar un movimiento social? ¿Cómo parar una revolución? Napoléon III intentó una argucia clásica: organizó un plebiscito, pero París votó contra el Imperio. Al emperador no le quedó sino el recurso del método.

En los años 1950-1960 el gobierno chileno de turno solía utilizar el expediente del nacionalismo: ante cualquier sospecha de erupción social, muy oportunamente surgía un incidente fronterizo con Argentina. Si no se producía espontáneamente –¿qué tiene que ver la espontaneidad en estas cosas?– el incidente era provocado deliberadamente. Al día siguiente toda la prensa ponía títulos gigantes, cada cual más agresivo contra nuestros vecinos de allende los Andes. Durante semanas no era posible hablar de otra cosa, y quien osara lanzar una huelga, un movimiento social o una protesta, era inmediatamente tildado de antipatriota.

En la materia tampoco hemos inventado nada. El mismo método fue utilizado en 1870 por Napoléon III y su cohorte de generales ineptos e inaptos. Henri Guillemin lo explicó así: “Es una astucia muy antigua: cuando hay problemas interiores, se desvía la atención hacia la frontera”. Francia –sin gritar ¡agua va!– le declaró la guerra a Prusia. El chauvinismo, ¡Hay que defender la patria!, pasó a primer plano (dicho sea de paso, Pinochet también usó la estratagema en 1978).

Adolphe Thiers, digno predecesor del Adolf del siglo XX, a la sazón diputado de oposición, mostró que había sido alumno aventajado de Charles Maurice de Talleyrand Périgord, el brillante diplomático que traicionó a la Iglesia, a la Monarquía, a la Revolución, al Directorio, al Consulado, al Imperio y a Napoléon, amén de meter las manos en la caja para hacerse de, como dijo él mismo: “una fortuna, una inmensa fortuna”. Thiers tuvo como maestro a Talleyrand, de quien Chateaubriand pudo decir: “Cuando el Sr. Talleyrand no conspira, trafica…”.

Adolphe Thiers, inescrupuloso pero inteligente, advirtió de la impreparación del ejército francés. El mariscal Le Boeuf le hizo callar con una frase que quedó grabada en el granito de la Historia: "Todo está preparado. No falta ni un solo botón en las polainas" (sic).

Napoléon III y el generalato eran conscientes de que la guerra contra Prusia era una guerra declarada por motivos de política interior: los intereses de Francia no estaban amenazados. Lo que corría peligro era el régimen imperial. Sus generales le aseguraron al emperador que la guerra era carrera corrida, que regresaría cubierto de gloria, que el imperio se prolongaría indefinidamente, y que los desórdenes sociales desaparecerían como por arte de magia.

El resultado es conocido: el 2 de septiembre de 1870 un ejército francés completo –el ejército de Chalons al mando de MacMahon– incluido el emperador, son hechos prisioneros en Sédan. El mariscal Bazaine, jefe del ejército de Metz (170 mil hombres) no juzgó oportuno correr en su auxilio. Grouchy no fue una excepción en Waterloo: la historia está llena de generales y mariscales que no llegaron al combate… El mariscal Bazaine, en cuanto a él, le envió una carta a Bismark proponiéndole ‘neutralizar’ sus 170 mil soldados (“la guerra se terminó para nosotros”) y pidiéndole permiso para atravesar las líneas con el propósito de ir a París a “restablecer el orden”. Bismark, astuto, le exigió rendirse sin condiciones: Bazaine se rindió y entregó intactos 170 mil soldados, las fortificaciones, las armas y la munición.

En París, un grupo de parlamentarios de oposición se había apresurado en proclamar la IIIª República, temiendo que los faubourgs parisinos –obreros simpatizantes de la Internacional– decidiesen erigirse en autoridad republicana. Formaron entonces el gobierno de los “Jules”, compuesto por Jules Favre, Jules Simon, Jules Ferry y el general Jules Trochu.

Tan eminente gobierno buscaba solo firmar la capitulación de París ante el poder prusiano. Jules Favre se reunió confidencialmente con Bismark en Versalles, para proponerle la cesión de las provincias de Alsacia y Lorena y de las ciudades de Strasbourg y Metz, a cambio de la preservación del sistema político y económico que prevalecía hasta entonces. Nada de eso debía ser conocido de la población parisina. La traición estaba en marcha. El gobierno de los “Jules” amputó el territorio nacional a cambio de la ayuda prusiana para mantener “el orden establecido”. Al mismo tiempo, públicamente, los “Jules” se presentaban como defensores de la patria.

Los parisinos, opuestos inicialmente a la guerra contra Prusia, recordando 1792, la batalla de Valmy que rechazó la invasión prusiana y gatilló la proclamación de la Iª República, se dispusieron a resistir una vez más. Auguste Blanqui lanzó du diario La Patria en Peligro. El periodista Jules Vallès, que será comunero, se apuntó en la Guardia Nacional para defender París. El diputado Léon Gambetta –único miembro del gobierno que se tomó en serio la defensa del país– huyó de París en Montgolfière para continuar la guerra con los ejércitos franceses del sur. Era no contar con la traición de los “notables”: la burguesía prefirió la derrota a perder sus privilegios. Gambetta se quedó solo.

Más tarde el general Trochu confesaría que nunca tuvo la intención de resistir, sino solo la de ganar tiempo para que una Asamblea aprobase la cesión de territorios a Prusia. De ese modo se ganó el derecho al reconocimiento de lo que se autodenominaba “honnêtes gens”, las gentes de bien. Es lo que Henri Guillemin llama la terrible traición. Hay traición cuando un mandatario actúa contra la voluntad de sus mandantes. El pueblo de París exigió resistencia, y el gobierno de Trochu organizó la capitulación. Esa traición constituye el origen de la Comuna de París.

El 18 de marzo de 1871 el pueblo de París proclamó la Comuna, y resistió durante 72 días, hasta el 28 de mayo. No a los asaltos de las tropas extranjeras, sino a los de sus propios generales, a las órdenes del gobierno de Adolphe Thiers. París fue sometido a sangre y fuego. Las víctimas se contaron por decenas de miles, y la cifra comúnmente aceptada gira en tono a 30 mil. En los últimos días de los violentos combates, durante la llamada Semana Sangrienta, la soldadesca fusiló miles de obreros, hombres, mujeres y niños, en el cementerio Père Lachaise.

Para celebrar la hazaña el arzobispo de París, Monseñor Guibert, obtuvo la construcción de una iglesia en la colina de Montmartre: Le Sacré Coeur. Monseñor Guibert arguyó haber tenido una visión que le aseguró que la iglesia sería la protección divina de la capital francesa.

Miles y miles de comuneros fueron condenados a penas de muerte, de prisión, de trabajos forzados y de deportación. La mayoría fue deportada a la Guyana francesa en América del Sur, y a Nueva Caledonia en las antípodas. Entre ellos iba la inmensa Louise Michel, quien durante su proceso se declaró culpable de todos los cargos y pidió ser fusilada como sus compañeros. Años más tarde, ante la exigencia popular de liberarla, la Administración Penitenciaria recibió la orden de entregarle un informe sobre Louise Michel al gobierno. La Administración Penitenciaria declaró por escrito “Esta mujer es una santa”. A su muerte, más de 300 mil personas asistieron a sus funerales en París.

En noviembre del año 2016, la Asamblea Nacional francesa rehabilitó a todas las víctimas de la Comuna de París, ese noble intento de la clase obrera francesa de tomar el cielo por asalto para defender su patria y sus derechos.

Esta nota le debe mucho al historiador Henri Guillemin, sus libros y sus 6 horas 27 minutos y 33 segundos de conferencias sobre el tema. También al distinguido historiador y miembro de la Academia Francesa Alain Decaux, así como a todos los autores citados en el texto.

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