Publicado Noviembre 10, 2021
La derecha casta
Cuerpo
América Latina no constituyó la excepción, recibiendo los coletazos de esta tendencia mundial en casi todos los países, encontrando en Brasil un caso emblemático, con la asunción a la presidencia de un personaje político hasta entonces menor, que cumple con todos los requisitos de la ultraderecha mundial: racista, misógino, homofóbico y xenófobo.

Durante la última década, la mayoría de los países occidentales ha vivido un proceso de radicalización de su tablero político. Tras la crisis económica mundial desatada en 2008, una nueva fase contractiva del capitalismo generó las condiciones para una reacción contra la prédica globalista y liberal que signó los años 90 tras la caída del Muro de Berlín, y dio lugar a la reemergencia de discursos nacionalistas de diversa índole. En Europa, cobró particular impulso una ultraderecha anti-europeísta hasta entonces relativamente marginal que se anotó su triunfo más resonante en oportunidad del Brexit y que se encuentra diseminada por todo el viejo continente. En Estados Unidos, la radicalización se expresó en 2016 sin romper el bipartidismo, pero empujando tanto al partido republicano como al demócrata hacia un outsider como Donald Trump y un pre-candidato “revelación” como Bernie Sanders. En tanto, América Latina no constituyó la excepción, recibiendo los coletazos de esta tendencia mundial en casi todos los países, encontrando en Brasil un caso emblemático, con la asunción a la presidencia de un personaje político hasta entonces menor, que cumple con todos los requisitos de la ultraderecha mundial: racista, misógino, homofóbico y xenófobo.

Sin embargo, el aterrizaje en la región de estas corrientes adopta ciertas particularidades. Si en Estados Unidos y Europa las derechas movilizan un discurso que tiene aristas anti-liberales (en Europa se expresa, como decíamos, en el sentido de un rechazo al proyecto de la UE; en tanto en Estados Unidos se expresó con Trump a partir de medidas proteccionistas y una tensión permanente con instituciones como la OMC o la OMS), en América Latina exhiben un discurso que es al mismo tiempo conservador en lo moral pero profundamente liberal en lo económico, próximo a las matrices ideológicas de las dictaduras que asolaron el continente en las décadas del 70 y parte de los ochenta. Estas derechas regionales difieren en su articulación respecto al contorno de la figura del enemigo que construyen. La arenga xenofóbica que agitan los líderes europeos (tal como lo era la de Donald Trump) es sustituida acá por un discurso que encuentra al enemigo en el interior de las identidades políticas nacionales. La movilización del odio en estos casos traza cortes menos ligados a la pertenencia nacional que a la afinidad política, apelando al gastado fantasma del “comunismo” o a su variante espectral autóctona, el resbaladizo concepto de “populsimo”. Esta adaptación al contexto regional solo puede comprenderse relevando la historia política reciente de varios países del continente, gobernados durante el inicio del siglo XXI por proyectos populares.

El caso argentino resulta especialmente emblemático para observar la lógica de estas tendencias, en tanto el discurso antipopulista tiene en este país un largo arraigo fruto mayormente de la estigmatizada tradición peronista. Después de cuatro años de gobierno macrista, la niebla neoliberal –la oscuridad neoliberal no es una penumbra, sino más bien una blancura y asepsia técnicas, neutrales- no se disipó. La amenaza toma otros tonos, otra coloración, ya insinuados hacia el final del período macrista. Durante ese lapso, en el último tramo de la campaña por la reeleción, la derecha consolidó un fuerte proceso de movilización. Aún cuando eso no le bastó para dar vuelta el resultado adverso de las primarias, funcionó como una instancia de cohesión para los sectores conservadores de la sociedad, y les inyectó una buena dosis de autoestima. Una noción autoperceptiva que nucleaba a aquéllos seguidores del gobierno era la de “rebelión de los mansos”, concepción que les sirvió para autodenominar su proceso de politización callejera. Paradójicamente, tras esa efímera pero intensa expedición por las calles, y aún cuando fue derrotada en las urnas, la derecha salió fortalecida. Este ensayo tardío de una suerte de “bolsonarización” del macrismo fue parte de una estrategia para evitar un progresivo goteo de votos hacia opciones electorales de ultraderecha que arrastraban un proceso de crecimiento. La estrategia fue relativamente exitosa –el macrismo cosechó dos millones de votos más en dos meses- y la mayor representante de la corriente “neofascista” del macrismo canalizó ese éxito, siendo elegida para presidir el partido una vez que éste abandonó el poder. Se trata de la ministra que no renegó del mote de “Bolsonaro con pollera”, Patricia Bullrich.  

Ultraderecha y masculinidad hegemónica

 Estas expresiones reaccionarias se articulan con una suerte de supremacismo blanco y heterosexual. Esta ligazón, más nítida en las construcciones que giran en torno a personajes como Jair Bolsonaro, Santiago Abascal de Vox  –o como fue el caso de Trump-, es más tenue en otras figuras menores como Javier Milei, espécimen autóctono de una suerte de liberalismo reaccionario. Sin embargo, buceando un poco en las corrientes afectivas de las que se alimenta la extrema derecha local, vamos a encontrar similitudes con aquéllas otras expresiones. Una reacción masculinista pareciera ser uno de los insumos micropolíticos indispensables del que se sirven estas construcciones políticas.

   El haz defensivo por el que se encuentra atravesada la masculinidad hegemónica hoy puede intuirse en ciertas prácticas de consumo y estilos de vida. Desde la proliferación de peluquerías masculinas hasta el nombre de restaurantes o carnicerías con nombre de impacto como “Carne” o “Res”. Muchas de aquéllas, ahora llamadas “barberías”, han devenido en auténticos salones de belleza masculinos en los que el carácter rudo parece ser exaltado como compensación a una práctica asociada con la feminidad (dedicar tanto tiempo al aspecto físico). Ese investimento en la propia imagen parece justificarse si la imagen producida es la de, por ejemplo, “un rufián”, ícono utilizado por muchos de estos salones. O si el tiempo invertido en la propia imagen es a la vez aprovechado para tomarse una cerveza. La estandarizada semiótica de estos espacios, el cuidado decorado que configura el ambiente parece ser proporcional a la fragilidad de las subjetividades que circulan por ellos. Con una marcada impronta retro, brindan a sus clientes un intervalo de tiempo durante el cual pueden habitar una escenografía supuestamente más estable y segura, tras lo cual vuelven a salir a la vida cotidiana portando una apariencia afín al escenario atravesado. Espacios que funcionan como eficaces reguladores, habilitando a los jóvenes (y no tan jóvenes) hombres urbanos a conciliar su sentido de masculinidad con las exigencias de una sociedad en la que la cuidada apariencia se ha tornado un imperativo.

   También algunas extendidas empresas del rubro gastronómico se hacen eco de estas tendencias, apelando a una política nominal agresiva que disimula mal su carácter verdaderamente reactivo. Algunos acompañan esos nombres con imágenes de inspiración anatomista que muestran el mapa seccionado del cuerpo de las vacas. “Carne”, “Res”, nombres que destacan por una literalidad que parece enrostrar la afirmación del ímpetu carnívoro de la sociedad, en el contexto de un creciente protagonismo de los activismos ecologistas que ponen en cuestión esta tradición cárnica y sus consecuencias sobre el medio ambiente. Acaso en la literalidad y en el carácter impetuoso de estos nombres se pueda perseguir el rastro ansioso de subjetividades que a toda costa buscan atrincherar sus hábitos y costumbres en momentos en que éstas tambalean.

Crisis de lo simbólico y emergencia de liderazgos tiránicos

 El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en su libro “El espinoso sujeto”[i], ofrece una sugestiva explicación al fenómeno de re-emergencia de liderazgos con estilo sádico y tiránico. Apelando a los conceptos freudianos de “Tótem y Tabú”, sugiere que podemos ver en estos líderes la aparición de el “padre primordial”. En contraposición a la función simbólico – fantasmática del padre asesinado que retorna como “fantasma” en forma de Tótem –y que sirve de punto de referencia e identificación a la comunidad-, el padre primordial es la figura del padre antes del parricidio, el padre que monopoliza las relaciones sexuales de la comunidad, cuyo comportamiento tiránico va a despertar el odio que llevará a sus hijos al parricidio.

 Esta singular interpretación permite colocar el elemento de lo simbólico en el centro de la crisis actual. El arrasamiento y la desertificación de la tierra son rasgos centrales de la depredación neoliberal, no menos que el empobrecimiento de relieves que la semiótica empresarial produce sobre la riqueza de nuestro lenguaje. La falta de puntos de anclaje y de referencialidad –o bien la referencialidad puramente icónica y pragmática en torno a signos del capital- es una de las características de este sistema de producción de bienes y subjetividades, que empuja a la progresiva literalidad en el uso del lenguaje. De este modo, las estrategias identitarias propenden a ser cada vez menos reflexivas y simbólicas, más reducidas a sus elementos rituales, aferrándose a prácticas e íconos que funcionan como territorios insulares que garantizan momentáneas certezas en la abierta intemperie de la océano referencial.

 Pero esta ausencia generalizada de referencialidad y esta progresiva literalidad pragmática del lenguaje -de tan anglosajona inspiración- lejos de desembocar en una política auténticamente libertaria, fumiga el suelo para la aparición de figuras sin autoridad, es decir, autoritarias.  Son personajes a través de los cuales convive una destitución de lo político y la escenificación de una suerte de arbitrariedad soberana, en donde la política queda reducida a gestos desmesurados, muchas veces con connotaciones bélicas, como el saludo-disparo de Bolsonaro o la muletilla trumpista “you are fired!”. Escenificaciones bélicas que traducen en el plano gestual una suerte de tendencia a favorecer un estado de barbarie, una guerra de todos contra todos, una instancia pre-simbólica y pre-contractual. Pero también a realzar la expresividad viril, anudando la teatralización de la soberanía con una performance masculina, que resulta reivindicatoria de una masculinidad hegemónica, es decir blanca y heterosexual. Este lazo entre soberanía y masculinidad hegemónica expresa la torsión moral de algunas ultra derechas, que colocan en el centro de su retórica la defensa de la familia tradicional, reponiendo un imaginario de heterosexualidad obligatoria y ligando la soberanía a la reproducción. 

 Economía Libertaria

 Uno de los rasgos más llamativos de las corrientes libertarias es su capacidad para dar consistencia a la narrativa que los sitúa como la encarnación epocal de lo políticamente incorrecto. No detectan sus seguidores –y omiten sus líderes- que la rebeldía anti-estatal que esgrimen esconde el absoluto servilismo y la triste inclinación frente a las leyes del mercado, aquéllas que efectivamente gobiernan el mundo. Sus estrategias discursivas se sostienen en el trazado de una hipérbole: la idea de progresismos cuya influencia sobre las agendas gubernamentales sería prácticamente ilimitada.

 El personaje más resonante de esta corriente en Argentina es Javier Milei, el candidato a diputado porteño que cosechó el nada magro 13 % de los votos en las elecciones primarias (PASO) del 14 de septiembre pasado. Con una estética capilar que tiene algo de animé y dotado de un histrionismo grotesco, despierta simpatías y admiración en un espectro de perfiles no tan heterogéneos, entre los que destacan mayormente hombres jóvenes y adolescentes. Un relevamiento de los perfiles profesionales de sus seguidores arroja un abanico solo un poco más amplio: gamers, deportistas, inversores en criptomonedas, comerciantes, economistas, coachs motivacionales, gastronómicos, desarrolladores web, un puñado de artistas estilo performers… perfiles que poseen un denominador común: una marcada tendencia competitiva que convive con un fuerte sesgo antisocial.

 Las derivas icónicas de esta corriente libertaria nos permiten asomarnos a los elásticos contornos autoperceptivos de los seguidores de Milei. Elasticidad tan generosa que puede abarcar, en su referencialidad zoológica, tanto a una oveja como a un león. La clásica imagen de la “oveja negra” –posteada por el propio Milei- permite dar forma al sentimiento de “ir contra la corriente”, al tiempo que re-significa positivamente la situación de aislamiento y relativa desintegración (muchos aluden a sentirse “incomprendidos” por su entorno) que muchos seguidores del economista esgrimen. Sin embargo, esa plasticidad icónica parece haber hallado cierta estabilidad en torno a la figura del león, acompañada en el último tramo de la campaña por la encendida arenga del candidato, que pareció querer aclarar a sus seguidores el carácter más bien circense –y no pastoral- de su liderazgo, al decirles: “Yo no me metí acá para estar guiando corderos, yo me metí para despertar leones", insinuando, quizás involuntariamente, la tendencia un tanto dormilona de la manada.

 Un posteo acaso algo más escatológico (que posiblemente hubiese deleitado a Wilhelm Reich) puede darnos otro atisbo de la orientación económica de estas corrientes libertarias. Ya no de su economía política, sino de su economía libidinal, en la que parece predominar, pese al pretendido carácter no pastoral de su líder, una tendencia a la castidad. La publicación provoca una cascada de comentarios irónicos, auto-referenciales, de una abrumadora mayoría de hombres jóvenes y sugiere la siguiente fórmula: “Liberal en lo económico, sin actividad en lo sexual”. Las asociaciones que despierta el posteo nos acercan a intuir el caldo de frustración e impotencia en el que se cocina esa expresividad eufórica, con la estridencia furiosa funcionando como revés de la depresión. Tal como propone uno de los usuarios, “este celibato involuntario es lo que nos hace violentos”, “el secreto de la Milei Rage”, acota otro. Estas asociaciones económico-sexuales de los pubertarios –neologismo sugerido en el posteo de referencia- nos revelan las afecciones que atraviesan estas tendencias, pero no debieran distraernos de otra arista que nos señala. Hay en los intercambios una buena dosis de mordacidad, una proliferación de códigos y de ingeniosos neologismos que dan cuenta de la eficacia de una ultra-derecha que ha logrado tocar las fibras íntimas de una parte de la juventud. Es comprensible que estos “pubertarios” se sientan atraídos por la figura de un candidato que juega a imitar la mirada maliciosamente seductora de Alex de Large, protagonista de “La naranja mecánica”, el famoso líder de una pandilla juvenil, un sociópata que combina la exquisitez de su gusto por la música clásica –de la que también presume Milei- con el goce de la violencia extrema.

Tal como suelen hacer las empresas que buscan copar el mercado, simulando diferencias estéticas en productos que son propiedad de las mismas marcas, las derechas parecen estar encontrando en algunos países una forma de ampliar su electorado, ofertando distintas opciones electorales. Ya sea en su aspecto de mansedumbre corderil o de furia leonina, tras la paleta de semblantes que exhibe la derecha pueden hallarse muchas más similitudes que diferencias. Así quedó demostrado por el abrazo en el que se fundieron, días después de las elecciones, la “Bolsonaro con pollera” y el líder político-circense Javier Milei.

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