La doctora, el reportero y los monstruos

Inician sus reflexiones con la habitual falsa cortesía de la derecha para, finalmente, mostrar su verdadero rostro: el de la misoginia, la ira, el odio oculto, el patriarcado infame y, por si fuera poco, intentar sembrar la desconfianza y dejar, sutil y de manera malévola, el camino abierto para que otros ataquen a la doctora Izkia Siches.

Con ínfulas de jauría despiadada, algunos ultraderechistas han estado últimamente atacando, a través de los medios y las redes sociales, a la doctora Izkia Siches.

Recurriendo a metáforas trilladísimas, cuyo origen se pierde en los tiempos de la “Cocoa Raff”, incapaces de crear alguna analogía nueva, con absoluta falta de imaginación y con gran hipocresía, inician sus reflexiones con la habitual falsa cortesía de la derecha para, finalmente, mostrar su verdadero rostro: el de la misoginia, la ira, el odio oculto, el patriarcado infame y, por si fuera poco, intentar sembrar la desconfianza y dejar, sutil y de manera malévola, el camino abierto para que otros ataquen a la doctora Siches.

Esto es particularmente grave.

La doctora ha recibido injurias y amenazas infames –no las reproduciré aquí– que nos retrotraen a los peores días de la dictadura, cuando se cometían los crímenes más abominables en contra de compatriotas, sobre todo mujeres indefensas, víctimas de la tortura y de abusos sexuales aberrantes por parte de la policía secreta del régimen. Que se realicen estas maniobras deleznables con máxima publicidad pone en el centro de la discusión un asunto esencial en el ejercicio de la voz pública y del periodismo: la ética.

Sin ser yo periodista, supongo que si alguien eligió el periodismo como su profesión es porque siente algún compromiso genuino con la sociedad y la época en la que le tocó vivir. Un compromiso con la verdad, con valores supremos edificantes de la humanidad profunda y con el relato sincero e informado de los sucesos. Y no para convertirse en una marioneta bien pagada al servicio de los intereses del poder económico, la extrema derecha, aquella a la que no le bastó enriquecerse hasta el hartazgo privatizando empresas estatales durante la dictadura, mientras se asesinaba y se hacía desaparecer a miles de personas, apropiándose del esfuerzo de una vida entera de nuestros trabajadores, con su “genial invento de las AFP”, entre otros amarres fraudulentos. Aquella derecha espantosa que vulnera, día tras día, como lo volvió a demostrar de sobra a partir del 18 de octubre, los derechos sociales y humanos de millones de chilenos.

Supongo que en los sueños de aquel joven estudiante de periodismo, que alguna vez fue cualquiera de los tinterillos del periodismo que vemos a diario en los medios, existía una intención de contribuir a mejorar este mundo y no terminar convertidos en Edward Hyde, un ser sin conciencia ni arrepentimiento alguno después de beber la poción del Dr. Jekyll, su alter ego.

¿Puede ese periodista dormir en paz por las noches, sabiendo que es pauteado a control remoto para torcer la realidad o directamente mentir, incluso en programas en directo, recibiendo instrucciones a través de “la muela” de audio o por WhatsApp? ¿Creen que no nos damos cuenta? Me pregunto: ¿qué se siente, periodista, al venderse de una forma tan patética sólo para beneficio personal y por dinero, sin ningún escrúpulo mientras se sacrifica al pueblo entero que te vio crecer? Esa Patria con la que te llenas tanto la boca en pantalla, cuando juega Chile, cuando vistes tan parapetado la “roja de todos” que, por cierto, no es de todos.

Darren McGavin comenzó como carpintero de tramoya en Hollywood. De a poco, logró pequeños papeles hasta interpretar al legendario Kolchak, un reportero mirado en menos por sus colegas arribistas y envidiosos. Con un traje arrugado y su sombrero de paja, McGavin dio vida al personaje que lo transformó en leyenda. Ese periodista perdedor, pobre y algo desadaptado –afortunadamente–, pero con valores intransables y una ética que no se trizaba frente el poder del dinero. Ese reportero que perseguía monstruos inexplicables en las noches de Chicago. Esos monstruos en los que no creía ni su editor ni la policía ni sus colegas. Esos monstruos que, sin embargo, seguían viviendo, respirando y acechando precisamente entre todos ellos. Y que muchas veces, ERAN ellos: los que no soportan la belleza de un mundo mejor y más justo para todos.

Alguien escribió que mientras se desploma el viejo mundo y surge el nuevo, en esa hora, la del claroscuro, surgen los peores monstruos.

La tarea de la gente buena será, entonces, mantenerlos a raya, mientras amanece y emerge el sol de una nueva era.