Publicado Marzo 06, 2021
La estatua de Baquedano es insignificante ante la violacion sistemática de los derechos humanos en el gobierno de Piñera
Cuerpo
Para este gobierno, para sectores y partidos conservadores de nuestro país,  tiene más valor una estatua o una iglesia que las propias vidas que han fallecido o que han sufrido graves lesiones en manos de la brutal represión de Carabineros. 

El gobierno de Piñera y el ministro de defensa se escandalizan por la quema de la estatua del general  Baquedano ayer viernes en la plaza de la Dignidad. Para este gobierno, para sectores y partidos conservadores de nuestro país,  tiene más valor una estatua o una iglesia que las propias vidas que han fallecido o que han sufrido graves lesiones en manos de la brutal represión de Carabineros. 

Hipócritas, fetiches y con nula autoridad moral para referirse al ser humano ni a la  justicia como pilar fundamental para la paz social. Para estos conservadores, no hay patria, no hay personas, lo único que existe en sus limitados pensamientos es la avaricia por  lo material, sus privilegios de clase, el poder político y económico. Élite sin escrúpulos, tercermundista, periférica y sin ningún respeto por la dignidad de un pueblo. Si aún hay personas  manifestando en las calles de Chile es porque el gobierno y la costra política no han respondido a ninguna de las demandas de la ciudadanía que ha salido a la calle desde  el 18 de octubre del 2019. Al contrario, se han burlado, han reprimido, han asesinado, han encarcelado y violado los derechos humanos nuevamene como lo hicieron en dictadura.

Ya lo he escrito en otras columnas y volveré a explicar la filosofía política de Spinoza (1632-1677). Este  filósofo holandés, de origen judío portugués pregona en su obra “Tratado político” que la virtud principal del buen gobierno es la seguridad, pero una que asegura el pensamiento libre de los sujetos hacia la concordia del alma en la cité: la solidaridad. La buena gobernanza es aquella que permite la estabilidad democrática mediante la concertación, no la tiranía ni el despotismo de uno solo.Si en un país, los gobernados no toman las armas contra un mal gobierno, es porque están bajo el imperio del terror, se produce orden público aparente, sin embargo, la paz no es la simple ausencia de la guerra, es una virtud que se encuentra en la fuerza del alma. La obediencia es una voluntad constante de acuerdo con el derecho común de una nación. 

Un gobierno, en donde la paz es la inercia de los sujetos gobernados como un ganado, formados únicamente a la servidumbre, merece más bien el nombre de soledad que de gobierno. Cuando decimos que el mejor Estado es en donde los hombres viven en la concordia, una vida propiamente humana, una vida que no se define por el derrame de la sangre, ni por el cumplimiento de otras funciones propias de todos los animales, es principalmente por la razón, la virtud del alma y la verdadera vida. Un gobierno por mucho que reprima jamás podrá destruir la rabia de los gobernados, porque tarde o temprano esa ira saldrá a la luz nuevamente. 

A Piñera, si no lo condena la justicia lo condenará la historia por la brutal represión, los fallecidos y por las graves lesiones oculares que sufrieron nuestros compatriotas que salieron a manifestar. Esos compatriotas que se manifestaron pacíficamente como es el caso de Gustavo Gatica,  Fabiola Campillay y  la profesora Francisca Mendoza que  quedaron ciegos o con traumas por el resto de sus vidas.

Ante esto, ¿cuándo asumiremos la responsabilidad colectiva por la vida de los otros? Aquellos otros que no son iglesia, que no son patrimonio, pero tienen nombre, una historia, un lugar humano, social y político; ¿o es que la especificidad de estos últimos lugares de lo social y lo político los que constituyen las vidas no llorables?, la precarización social, el compromiso político subversivo hacen de ellas y ellos víctimas sin nombres en lo público y en los medios, donde el nombramiento es un gesto solitario de sus propios compañeros y compañeras de lucha, pero no del colectivo nación. Es decir, me refiero a que hay una construcción política y pública que restringe la concepción de lo humano excluyendo a algunos y algunas en el terreno de lo no humanizable. Pero no hay que extraviarse, esto no se trata de una intención directamente deshumanizante, el criterio central está en la exclusión, es decir, no hacer referencia a la muerte de alguien que tiene un nombre y una historia, es poner en duda el acontecimiento, hacer de lo que es real algo ilusorio: mientras los familiares y cercanos hacen un duelo privado, en lo público la ausencia de un duelo pone en tela de juicio la veracidad de la pérdida; ¿es que esta muerte, este asesinato existió de verdad? 

Esto es violencia, que va más allá de la pérdida llorada del patrimonio, es una violencia que se articula como constructora de una irrealidad. Si esas muertes no existieron, esas vidas tampoco tuvieron lugar. Por lo tanto, esta violencia, la violencia del Estado, se ejerce sobre personas negadas, personas que no existen, vidas que son construidas como que no valen la pena, que no son lloradas, al menos no públicamente. Por eso el argumento que valida la violencia oficialista, supone que ésta tampoco existe: no hay violencia del estado, puesto que ésta se ejerce sobre personas negadas lo que implicaría que no hay daño, pues, ¿cómo dañar a quien no existe?

Por convicción, las y los negados de siempre, tienen formas insurrectas e insistentes de hacerse notar: quizás si todo arde, quienes han sido negados serán vistos a la luz de las llamas. La violencia estatal, con ayuda mediática, debe negar estas vidas constantemente, o sea, con las cámaras enfocar las llamas evitando sus rostros una y otra vez. No hay nombres en televisión, no hay historias en los diarios, no hay pésames en lo político. Donde no hay duelo se silencian estas voces. A la vez, no hay acontecimiento que certifique la violencia del Estado, simplemente, no existe. Esta evitación es una violencia que se renueva ante el carácter inagotable de la gente que demuestra su existencia y demanda reconocimiento. Por eso la intención no es un discurso directo de la deshumanización, sino que, la construcción de un discurso del rechazo que ejerce la deshumanización como método. Es decir, se rechaza la huella, el legado que dejan estas vidas consideradas como no existentes.

La lucha por el reconocimiento no es la petición de la aceptación del discurso, es la construcción de un lazo humanizante. Es decir, no se impone la verdad, pero si se requiere el reconocimiento de una certeza: viven (mueren) y exigen ser escuchados. Tanto en la demanda de reconocimiento, por una parte, y el reconocimiento en sí por la otra, demandante y otro se modifican en la construcción de un lazo. Rechazar el reconocimiento de las vidas de los otros, del rival, supone hacer eco de la deshumanización, hacer caso omiso de la vulnerabilidad humana; caso contrario, hacer duelo, incluso del enemigo, eleva el discurso de un reconocimiento, de un lazo que aprueba no el discurso del rival, sino que aprueba la existencia del otro y que éste también tiene un discurso.

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