Publicado Marzo 24, 2021
La Feria Delivery es el insulto que el poder le propicia a su pueblo, en nombre de la seguridad
Cuerpo
Al establecer jerarquías discriminatorias, intensifican efectos de desigualdad y violencia patriarcal como las que vemos cotidianamente en el gobierno de Sebastián Piñera.

La seguridad es un significante político transhistórico; no obstante, hoy por hoy, en sociedades capitalistas amenazadas por la pandemia COVID-19, adquiere una centralidad inusitada. La seguridad ha devenido en el significante de la acción del Estado. Ahora bien ¿De qué seguridad se trata? ¿Hay modos diversos de concebir la política pública estatal para abordar la pandemia?

La filosofía política puede contribuir a pensar los diversos impactos que tiene en la población la concepción del rol del Estado. Chile es un Estado subsidiario, no garante. Ello tiene efectos en todos los campos del devenir público.

Tomemos un ejemplo sencillo y contingente: “El gobierno suspende los permisos de compra de insumos básicos durante el fin de semana, en función de disminuir la tasa de contagios y así salvaguardar la seguridad inmunitaria”.

Esto se traduce en que a una mayoría de comunas desposeídas, sin permiso para compra de insumos básicos (que ya cuesta bastante conseguir y costear), se le ofrece la solución de “Feria a Delivery”. Estas son ficciones delirantes que sólo una abstracción violenta es capaz de señalar como política pública.

Esta política pública, supuestamente amparada en la racionalidad práctica, está sujeta a una constelación de posiciones ideológicas y tramas afectivas.

Afirmo en particular que la gramática ideológica del gobierno, no es sólo neoliberal, sino también patriarcal e inmunitaria.

Respecto del primer término, cuando un gobierno opera con gramática patriarcal, no sensibiliza con la realidad de las personas y familias que son vulneradas en lo más íntimo de los cuerpos. Se trata de entelequias abstractas que desmienten la realidad encarnada de la población, desde un idealismo ficcional que se produce desde las cúpulas de poder. “Ellos saben que hay pobreza (extremada), pero operan como si no la hubiere”.

Estas políticas impactan a un grueso de la población que trabaja de lunes a viernes –exponiéndose por ejemplo al colapsado transporte público- que según la vocería de gobierno no es foco de contagio. ¿Será que el poder oligárquico comprende que detener la movilidad de la mano de obra (barata) deja en detenimiento al sistema productivo en su maquinaria? ¿Se tratará entonces de que el Estado restringe allí donde no ofrece soluciones alternativas sostenibles para el grueso de la población? Y contracara ¿Será que no restringe allí donde necesita a los cuerpos –cual marionetas- para la auto-reproducción económica de la oligarquía criolla?

Sin duda, son tiempos en que las brechas socioeconómicas se agudizan.

Trabajar con una gramática no patriarcal supondría, entre otras cosas, hacer políticas públicas con miramientos racionales y afectivos que tomen en consideración la realidad: “no es lo mismo una cuarentena en campo o ciudad, en comunas aisladas y desposeídas que en Santiago oriente, etc.”. Es complejo sin duda, pero las medidas “para todos igual” desconocen y desmienten las diferencias en su impacto según la heterogeneidad de la población. La composición social desigual exige políticas públicas situadas, concebidas con racionalidad operativa y con afectividad encarnada.

Estas medidas puramente restrictivas del gobierno confunden radicalmente cuidado con control. He allí el paradigma patriarcal, no obstante, también inmunitario.

La palabra inmunidad, proviene del campo de la medicina y la biología molecular. En dicho campo de investigación los desarrollos son de alta especificidad y notables avances. No obstante, sabemos que al campo social entran y se sedimentan las simplificaciones banales y burdas de la ciencia (su divulgación, desvirtuación, uso político, imaginarización intuitiva) y no la ciencia como producción e investigación.

Con el paradigma inmunitario ocurre precisamente esto. En la “mente social” y en los “dispositivos políticos” queda un precipitado simplificado y estúpido de “agentes buenos que atacan y destruyen a los malos” (glóbulos blancos, rojos, etc.).

La biopolítica contemporánea (Roberto Esposito y Giorgio Agamben fundamentalmente) advierte que la inmunología orgánica es compleja. Por tanto, aquello que estos autores llaman “paradigma inmunitario” refiere a un sistema de defensa militar y paranoide frente a lo amenazante (que no se corresponde con el funcionamiento complejo de los seres vivos).

De manera que una pregunta crucial sería ¿Capitalismo neoliberal, patriarcado y paradigma inmunitario como trinidad operante ofrece cuidados a la población? ¿O más bien se trata de un ejercicio gubernamental-policial que pondera más al significante “control”?

Para tentar una respuesta, trabajemos someramente el problema del paradigma inmunitario y su impacto en las políticas públicas.

Podríamos decir que vivimos en tiempos marcados por una suerte de afectividad inmunitaria. Esto es, una lógica que asume el espacio político como un organismo, cuya integridad se ve amenazada por “algo extraño” (un “eso maligno que goza”) que lo contagia y contamina, alterando y poniendo en riesgo su “identidad”, “salud”, “seguridad”, “unidad”.

Se trata de una comprensión (bajo la modalidad de fantasía inconsciente) militarizada del sistema inmunológico, proyectada al espacio social, desde la cual, aquel se comprende como un sistema de defensa y eliminación de cualquier otro (extraño) que ataque la integridad del cuerpo (individual o social). Se trata de una lógica que puede revertirse desde otra comprensión de la identidad (dividida, incompleta, compleja, móvil), de la seguridad (relacionada al cuidado y no al control paranoico y policial) y de su relación con lo extraño, que también puede vincularse con otras aproximaciones al sistema inmunitario, como lo ha destacado, entre otros, Esposito en su ensayo “Inmunitas” y lo verifica el estado de la ciencia microbiológica (agentes patógenos, bacterias, etc. conviven en el organismo en un dinamismo de gran complejidad).

Estos afectos inmunitarios de posición paranoide conllevan actitudes estigmatizantes (escisión entre “todo bueno/todo malo” propios del modelo esquizoparanoide de Melanie Klein).

Esta cualidad afectiva produce un otro fijado como riesgo mortífero a excluir, desde rumores que lo marcan como algo amenazante: “inmigrantes ilegales” o pobres que se sienten excesivos, porque pareciera que no dejan de reproducirse, mientras van generando inseguridad y le van quitando puestos de trabajo a los nacionales; “comunistas y extremistas” que impondrán la estatización de todo y el empobrecimiento del país; “anormales sexuales” que destruirán el modelo de familia y pervertirán a la sociedad; femi-nazis que acabarán con la estabilidad doméstica, lesbianizarán el mundo y difundirán el odio por lo masculino; “chinos come murciélagos” que se culpabilizan de haber producido la pandemia del Coronavirus, “alienígenas” que se toman las ciudades en multitudes, entre otros.

Este tipo de afirmaciones, que circulan en redes, en medios de información, en diversos espacios sociales y en la hermenéutica del poder gubernamental; irradian configuraciones del deseo reactivas, en las que a partir de un daño padecido, se produce la afirmación de sí desde el rechazo de un otro, sin que se produzca una lectura general sobre la situación inmixionada del mundo, en la que este “daño”, “amenaza” o “conflicto” se genera.

Por ello, los afectos reactivos pueden ser inmunitarios, porque ante el peligro del contagio se produce un efecto defensivo y protectivo de refrectariedad y estrechamiento: los cuerpos se cierran sobre sí, angostan su percepción, simplifican el campo de experiencia, dejan de sentir relaciones entre las cosas, separan y ponen en contra unos actores respecto a otros. Operan como los afectos depresivos en el sentido spinoziano, de disminuir la potencia de obrar y la vitalidad de los encuentros.

Esta suerte de instalación ideológica inmunitaria desarrolla visiones unilaterales de un mundo complejo. Y al establecer jerarquías discriminatorias, intensifican efectos de desigualdad y violencia patriarcal como las que vemos cotidianamente en el gobierno de Sebastián Piñera. Entonces, junto a las inculpaciones de unos sobre otros, pululan las percepciones de riesgo, las proyecciones de amenaza, el rumor identificatorio; los delirios de venganza; las teorías de la conspiración, la estigmatización, la gramática de “enemigos poderosos”.

La inmunidad, hace parte de la vida, y precisamente el necesario giro de una “política patriarcal de control hacia una de los cuidados comunitarios” implica modificar este paradigma de la defensa militar y la protección identitaria (como cerrada sobre sí).

Se trata de desarrollar distintas maneras de relacionarse con el riesgo en plena consideración de los efectos desigualitarios que produce el borramiento de las diferencias (étnicas, etarias, económicas, sexuales, etc.).

En definitiva, las políticas de control se imponen en desmedro del cuidado y la comunidad en su composición heterogénea.

La Feria Delivery es el insulto que el poder le propicia a su pueblo, en nombre de la seguridad –bajo el paradigma de control inmunitario-.

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