Publicado Enero 07, 2021
La gran pequeñez de la democracia estadounidense: "Sobre el evento Capitolio”

Con la performance trumpista en el Capitolio del 6 de enero, adviene una interrogante politológica general: ¿Cuáles son los destinos y fuentes del fascismo en la contingencia contemporánea? ¿Se trata de un puntual y acotado accidente sociológico en Estados Unidos o de una tendencia potencial de nuestras sociedades?

Si bien Trump es en sí mismo un personaje a estudiar, el fenómeno político le trasciende. Se trata de elementos históricos y de fuerzas sociales que pueden encontrar anclaje en la identificación con determinado líder de turno. No obstante, ¿Qué elementos latentes se están fraguando en este tipo eventos?

Habrá que leer la emergencia fascista a la luz de los tiempos contemporáneos, entendiendo que son tiempos de incertidumbre, suspicacia de contagios (de todo tipo), migraciones masivas, posmodernidad líquida, relativismo científico y epistémico, individualismo de masas, tecnologización de la vida, crisis de las identidades (de género, nacionales, ideológicas, religiosas, etc.), auge de movimientos sociales anti-capitalistas, caída de las instituciones democráticas representativas y emblemas del poder tradicional/patriarcal.

El fascismo ofrece una fantasía de certidumbre y verdad, ante un mundo que se revela fracturado, complejo, amenazante y enigmático. ¿Será que el fascismo es antes que una respuesta ideológica o programática, una morada afectiva? ¿Se tratará de una suerte de tecnología de capitalización de lo inconsciente en el seno de las masas? De ser así, representaría una tecnología discursiva capaz de ofrecer certezas, reanimar fantasías de potencia, vectorizar elementos primarios como el miedo y el odio, generar un semblante de identidad recuperada, romantizar supuestos valores perdidos, suturar vacíos del posmodernismo... ¿Y quizá operar como la contracara antagónica de los movimientos emancipatorios y subversivos?

A su vez, respecto del despliegue de la formación de masa trumpista es llamativa la forma de expresión no mediatizada simbólicamente. De hecho, es característica de sus modos de manifestación la literalidad de la fuerza muscular, fónica y armada. La demanda de los colectivos fascistoides opera con la lógica patética y restitutiva de lo heroico: de hecho, no están ausentes los simbolismos vehiculizados en el disfraz (ropajes paramilitares, banderas, capas, insignias de tiempos “originarios”, etc.).

En otras palabras, su componente estético y performático, que resulta patético y denigrante, pareciera comportar justamente su potencia sugestiva y movilizadora de masa.

Para Wilhelm Reich, en su trabajo "Psicología de las masas del fascismo" de 1933, es importante considerar que la lectura crítica marxista (y de las izquierdas en general) ha estado limitada al estricto campo de los procesos objetivos de la economía y de la política del Estado en sentido lato, por lo que que no ha observado con atención los llamados "factores subjetivos" de la historia, es decir, la ideología de masas en su evolución, su encarnadura, sus cualidades afectivas y pulsionales inconscientes y sus contradicciones inherentes.

La izquierda ilustrada se burla de los discursos simplones y afectivizados de las derechas fascistas (discursos religiosos de culpa y salvación, discursos nacionalistas de pureza y grandeza, discursos homofóbicos de superioridad moral, discursos de enemigos internos cual delirio persecutorio, discursos de progreso en base al esfuerzo personal cual fantasía aspiracional-meritocrática, discursos conservadores de familia tradicional, etc.) Pero al burlarse no estaría entendiendo nada. Trump o Bolsonaro generaban burlas en sus campañas, y han sido presidentes electos de dos grandes potencias de América. Antaño, Hitler encuentra eco en los mismos sectores populares que podrían haber hecho la revolución socialista en Alemania. Ergo, debemos leer muy seriamente estas manifestaciones.

La economía social y política, tanto como la economía pulsional y el lazo afectivo son, sin duda, factores cruciales del análisis de contingencia. Por ello lo inconsciente, el deseo, el gozo, la angustia y la fantasía son registros indispensables para el campo hermenéutico de los procesos socio-culturales.

De modo que la pregunta sugerente es ¿Será que el "American way of life", "America for americans", "Make America great again" están al borde del derrumbe y la toma del Capitolio es un aleteo desesperado? ¿Una suerte de esfuerzo por mostrar la potencia precisamente en el punto de su castración? ¿Estaremos presenciando respecto del “sueño americano” el modelo del pájaro canta hasta morir? 

Podemos sostener que el actual (¿En salida?) presidente de los Estados Unidos encarna la decadencia de un imperio. Un modelo colonial basado en el consumo exacerbado, en la apariencia exitista, en el individualismo y la competencia. El asalto del Capitolio por miles de votantes de Trump pudo haber sido  su última jugada, con la cual hizo crujir las instituciones y la democracia de ese país. Sin embargo, no podemos pasar por alto que este personaje fue votado por aproximadamente 70 millones de individuos que se guían en su mayoría por la pasión del fanatismo. La decadencia de este país se cristaliza en esa masa de gente –hija- de la extrema derecha fascista alimentada de fake news, teorías complotistas y fanatismo protestante. 

La extrema derecha es  homogénea en su estructura a nivel mundial, es fácil reconocerla, puesto que se nutre del odio como condensación de toda pregunta angustiosa, de la supuesta superioridad: racial, moral, sexual, nacional, etc. Su contraluz es la angustia, la inseguridad, el sentimiento ominoso ante el semejante-diferente, la formación reactiva frente al desamparo. La insurrección Trumpista es lo inconsciente del capitalismo totalitario tomando a los cuerpos; una danza de guerra contra los demonios amenazantes del desmembramiento, la enfermedad, el comunismo, el latinismo, el mundo Queer…

Todo ello con tintes de alienación propios de la alegoría de la caverna de Platón. Esta insurrección fílmica de los zombies fascistas no sigue al modelo de las revueltas populares o los estallidos sociales, en buena medida porque el odio no es homólogo de la dignidad.

Hoy, la prensa norteamericana, tanto liberal como conservadora, señala la responsabilidad del pirómano Trump en el ataque sin precedentes a las instituciones democráticas de los Estados Unidos de ayer  miércoles por la noche: "Debe admitir la derrota o renunciar", proclaman los editoriales: "Debe ser despedido". Ahora bien, lo que la prensa nos dice esta mañana es que por muy impactantes que sean las escenas vistas en el Capitolio anoche, no deberían sorprendernos.

En un artículo de Peter Backer publicado por el “York Times” señala: "Se está gestando una insurgencia contra la democracia americana, la más peligrosa en generaciones, y esa insurgencia está siendo preparada, desde el Despacho Oval de la Casa Blanca, por el mismo hombre que se supone debe proteger la democracia”.  Es difícil hacer una predicción más efectiva y no es de extrañar que provenga de un Peter Baker, el corresponsal del NYT en la Casa Blanca durante los últimos cuatro años, que ha estado en primera línea para ver la putrefacción de la democracia americana que casi se pone de rodillas el miércoles por la noche en el Capitolio.

Esta "insurrección fallida", frase utilizada por el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell (el mismo que le ha dado a Donald Trump las llaves del partido desde 2016), esta "insurrección" que estuvo tan cerca del golpe de Estado, es hoy, para el mismo Peter Baker, "la realización de los peores temores que uno podría haber tenido acerca de cómo terminaría la era Trump". Se trata del "peor de los casos" que demuestra que aquellos que nunca han dejado de advertir el totalitarismo fascista Trump han hecho bien en trascender su mera caricatura patética y ridícula.

Si bien el fenómeno trasciende a Trump, ello no implica dejar de constatar los llamados fácticos de este lamentable líder. Maggie Haberman, la otra alma maldita del presidente saliente, dijo al New York Times que fue él quien llamó a sus miles de seguidores a converger en Washington para bloquear la certificación de la victoria de Joe Biden; “una vez en el corazón de la capital, siempre fue él quien los instó a marchar al Capitolio”. Haberman cita esta frase, abrumadora en retrospectiva, en la que les grita: "No recuperarán su país siendo débiles”. "Es con sus palabras, demasiado tiempo minimizadas, que Donald Trump ayudó a desatar horas de violencia y caos en el Capitolio", escribe fríamente Maggie Haberman.  

A toda esta génesis se agrega que el pirómano Trump, el hombre de la Casa Blanca, no hizo nada durante el asalto al Capitolio para desplegar las fuerzas del orden necesarias para restaurar la calma y salvar las instituciones democráticas. No olvidemos, como dato de contraste, que en Estados Unidos por desobedecer a un policía, un ciudadano (Black) puede morir. Es más, no fue él, el "Comandante en Jefe", sino su Vicepresidente Mike Pence desde el búnker bajo el Capitolio, donde había sido llevado a un lugar seguro, quien desencadenó el envío de las tropas de la Guardia Nacional. Esta mañana el Washington Post en su editorial señala: aunque sólo le queden 13 días de mandato, "Donald Trump debe ser urgentemente retirado del poder, es una amenaza y el país estará en peligro mientras este hombre permanezca en la Casa Blanca". "Concede la derrota o renuncia" es la única opción que le queda al presidente saliente esta vez, según el editorial muy perentorio del Chicago Tribune.

Más allá de estos titulares, es crucial no sucumbir a la fantasía de que la entrega del mandato de Trump, marcaría el fin de las células fascistas. He allí el desafío político y cultural, que implicará sostener luchas de largo plazo y multidimensionales.