Publicado Octubre 03, 2021
La invarianza de las leyes y las memeces de la Dipres
Cuerpo
Las declaraciones de la directora de la Dipres son una muestra fehaciente del grado de delicuescencia que ha alcanzado la cosa pública en Chile. Cualquier funcionario de paso –transeúntes burocráticos– se permite afirmar insensateces sabiendo que goza de la impunidad de los enfermos mentales: la Justicia se niega a juzgar a quien ha perdido la razón.

Corrían los siglos XVI y XVII, y Galileo, padre de la Física moderna, ya intuía que los principios y las leyes que gobiernan el Cosmos son universales e invariantes.

Galileo se opuso a la doxa de Aristóteles cuando aseguró que todos los objetos caen a la misma velocidad en el vacío. Galileo enunció lo que ahora conocemos como el principio de relatividad, según el cual las leyes de la Física son invariantes en referenciales diferentes, conocidos ahora como “referenciales galileanos”. Contradiciendo una vez más a Aristóteles, Galileo enunció también el ‘principio de inercia’: la tendencia de un cuerpo a mantener indefinidamente invariable su movimiento, mientras no sufra el efecto de una fuerza que lo desvíe de su trayectoria y/o cambie su velocidad.

Curioso. En esa época no sabían como crear el ‘vacío’ (hasta ahora se duda de su existencia), y nadie, que se sepa, ha visto nunca el movimiento inercial definido por Galileo, sin contar que no existe ningún objeto en el Universo que no esté sometido por lo muy menos a la ‘fuerza’ de la gravitación (para no entrar en la teoría de la relatividad ni en la de la masa como producto de una interacción entre partículas elementales). No obstante, tales principios expuestos por Galileo fundaron la Física moderna y aplican en cualquier lugar del Universo conocido.

La idea que hoy tenemos del Universo no es la misma de Galileo. Recién en la primera mitad del siglo pasado el Universo cobró existencia como objeto físico a parte entera. El propio Einstein se negaba a creer que el Universo era dinámico y concebía un Universo estático. En una época no tan lejana en la que los físicos dudaban hasta de la existencia del átomo, noción que no obstante habían fundado los filósofos de la Grecia Antigua, hacía ya dos mil quinientos años.

Poco después, en los siglos XVII y XVIII, Newton le dio otro envión al desarrollo de nuestra comprensión del Universo ofreciéndonos su famosa ley de la gravitación universal, en ningún caso una ley de gravitación santiaguina para el barrio Yungay o –en estricto rigor– válida solo a la cuadra de Tirúa.

Resumiendo (esto no es un Tratado de Física), Galileo y Newton entendieron que en Física no puedes cambiar las leyes y los principios cómo y cuando te salga de las narices, según convenga a tus intereses particulares.

No obstante es lo que hacen cada día los ‘expertos’ y los economistas, y los economistas expertos.

Para muestra un botón. Hace un par de días, Cristina Torres, directora de Presupuestos (Dipres), declaró con un énfasis y una solemnidad dignos del descubrimiento de América: “El nivel de gasto en el Presupuesto no es una definición política (…)”, agregando para agravar su caso: “Cumplir la regla fiscal no es una materia negociable”.

Cristina, ¿puedo llamarla Cristina?, abogada de la Universidad Mayor y diplomada en Regulación Económica de la Universidad Adolfo Ibáñez, se limpia con siglos de teoría y práctica económica al afirmar que “El nivel de gasto en el Presupuesto no es una definición política…”.

Se refiere desde luego al Presupuesto del Estado de Chile que, en su calidad de directora de Dipres, debe preparar anualmente dizque bajo la autoridad del ministro de Hacienda y del presidente de la República, para su examen y aprobación por el Congreso.

¿Cómo puede un gobierno cualquiera traducir su voluntad y su proyecto políticos si no es mediante el Presupuesto del Estado? ¿Cristina tiene alguna idea al respecto?

En el Antiguo Régimen agonizante, Louis XVI mantuvo la autoridad política para decidir de su propio Presupuesto, y se contentaba con comunicárselo a la Asamblea Constituyente que lo aprobaba sin discusión. Aparte sus reales gastos, los de Marie-Antoinette y los de su corte, Louis XVI utilizaba ese billete para comprar apoyos políticos como quedó en evidencia más tarde. La “lista del rey”, secreta desde luego, ocultaba el nombre de sus venales apoyos políticos. La modernidad del procedimiento sorprende: se sigue utilizando….

Al afirmar “El nivel de gasto en el Presupuesto no es una definición política…”, Cristina Torres profiere enormidades, –para no decir idioteces–, poco dignas de su Curriculum.

Los Estados gozan de una diferencia radical con los otros agentes económicos: definen soberanamente, por una parte el nivel de gastos, y por otra el nivel de ingresos. Deciden del nivel del déficit, del equilibrio o del superávit de las cuentas públicas. Cristina debe saber, en fin, debiese saber, que el Estado al definir su Presupuesto anual no se limita a alinear los gastos que se estiman necesarios, sino también el régimen impositivo que constituye la fuente de sus ingresos, así como el monto estimado de ellos.

¿Y todo esto no es precisamente el meollo de la política, de la res pública, de la vida de la polis?

El Estado decide en favor de qué sector de la sociedad se establece el Presupuesto: las exenciones tributarias dan una idea precisa. La exención del pago de IVA en materia de construcción y venta de viviendas tenía (tiene) como objetivo alimentar a los miembros de la Cámara Chilena de la Construcción. La necesidad de encontrar recursos sin aumentar el nivel de la carga impositiva lleva ahora a considerar la eliminación de tal exención. ¿Eso no es una decisión política?

Adam Smith, en su clásico De la Riqueza de las Naciones (1776) escribe que los impuestos sirven para sostener el gobierno civil, cuya primera misión consiste en proteger a los que tienen patrimonio de los que no tienen nada (sic). Y eso… ¿no es político?

Los EEUU, nuestros amos y señores, se debaten en este preciso momento en una lucha política que opone Republicanos y Demócratas en torno al nivel del endeudamiento público, o sea el Presupuesto. El nivel del endeudamiento es aprobado por el Congreso, y como el límite es sistemáticamente violado, el Ejecutivo no tiene otra solución que solicitarle al Congreso elevar, una enésima vez, el nivel de endeudamiento admitido. Lo que según Cristina… “no es una definición política”. Senadores y Representantes estadounidenses son –según Cristina– una suerte de Minecraft gamers, jugando a construir un mundillo virtual justo para divertirse.

Los principios contables, las reglas de la Contabilidad y las leyes y teoremas económicos no son invariantes para Cristina Torres: se aplican según la cara del cliente.

Si se trata de las AFP, el Banco Central puede irse de juerga, olvidar las misiones y atribuciones inscritas en sus estatutos, y comprarles los ‘papeles’ que las AFP le propusieron para disponer de la liquidez necesaria para pagar los retiros de los fondos de pensión. Pero… los Bancos Centrales del mundo no pueden financiar directamente las empresas: ¡ese es negocio exclusivo de la Banca de negocios!

El Consenso de Washington, que les fue impuesto a los vasallos, impone que el Banco Central sea una entidad independiente, eminentemente técnica, integrada por ‘expertos’ que velan por el control de la inflación, ese enemigo del riquerío y particularmente de los rentistas, cuidando de mantenerse lejos del populismo que caracteriza –eso dicen– a los políticos.

Y he aquí que el Banco Central, presidido por un ‘progresista’ llamado Mario Marcel, hace de Tía Rica. Queda por saber si los ‘papeles’, –colocaciones de las AFP en acciones, bonos y otros productos financieros: 30 mil millones de dólares dicen…–, serán recuperables algún día o se transformarán en una nueva versión de los “jarrones de Lagos”.

Aunque Cristina Torres no lo sepa, esta intervención del Banco Central es eminentemente política y cae lejos de las atribuciones y funciones definidas en sus estatutos. ¿A quien le importa? El Banco Central practica la creación monetaria generadora de inflación, es decir contraria a su misión esencial, y nadie dice nada. ¿Qué podría decir una directora de la Dipres que piensa que todo esto es deporte?

Las leyes y principios económicos no se parecen a las leyes y principios enunciados por Galileo, Newton, Einstein, Bohr, de Broglie, Schrödinger, Heinsenberg, Pauli, Fermi, Planck y aun otros. Las leyes y principios económicos son como la probidad en la gestión de los dineros públicos: los ministros, diputados, senadores, altos cargos públicos, generales de las FFAAA y directores de la PDI están exentos: eximidos de su cumplimiento. Ellos son como las tasas de cambio: flotan.

Como quedó dicho más arriba, Cristina Torres, –y con ella el gobierno visto que nadie la desmintió ni le hizo ver su ignorancia o estupidez– , agravó su caso al agregar “Cumplir la regla fiscal no es una materia negociable”.

Las reglas fiscales son como la virginidad y las flores: duran lo que duran. El ‘gasto fiscal’, o dicho de otro modo las exenciones fiscales, cambian cada año, en cada Presupuesto. La ya mencionada exención del IVA en la construcción es la prueba visto que la misma Cristina Torres considera su eliminación. ¿Cuándo? Cuando le de puntada: los parlamentarios ni siquiera leen el Presupuesto que aprueban.

Por otra parte… ¿quién es Cristina Torres para negar una negociación relativa a las reglas fiscales? Esa es materia de competencia legislativa. No es Hacienda quien tiene la potestad de crear y eliminar las reglas fiscales, establecer y modificar el régimen impositivo, imponer tasas, impuestos y gabelas.

Las declaraciones de la directora de la Dipres son una muestra fehaciente del grado de delicuescencia que ha alcanzado la cosa pública en Chile. Cualquier funcionario de paso –transeúntes burocráticos– se permite afirmar insensateces sabiendo que goza de la impunidad de los enfermos mentales: la Justicia se niega a juzgar a quien ha perdido la razón.

Mientras tanto, parece que la Convención Constituyente ha logrado ponerse de acuerdo –por la unanimidad de sus miembros– en el orden de precedencia para el correcto uso de las letrinas del antiguo Congreso Nacional. La esperanza de recuperar nuestra calidad de República democrática renace en la ciudadanía…

 

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