La Pandemia y la ilegitimidad del Estado

Esta semana el ministro de Salud Jaime Mañalich  confiesa públicamente que las medidas del gobierno contra la lucha de la pandemia  han fracasado a causa de la desconfianza de la ciudadanía  hacia el gobierno. Como confiar si han tenido un gobierno desastroso, antidemocrático, represor e ideológicamente ortodoxo.  Comenzaron con una política educativa represora como “Aula Segura”, luego quisieron sacar la historia para borrar en la memoria de las futuras generaciones la dictadura de Pinochet,  en donde ellos fueron cómplices de  las violaciones de los derechos humanos, autores ideológicos de una constitución concertada entre ellos y el dictador.

No pasaron más de dos años de su gobierno  y emergió  la revolución de octubre que se sigue prolongando en la conciencia colectiva de una gran parte de la ciudadanía principalmente joven. Según algunas encuestas, el 57% de las personas que participaron en las manifestaciones del mal llamado estallido social fueron jóvenes de entre 18 y 34 años. El Estado no dio respuestas concretas a las demandas de la inmensa mayoría que salió a las calles a lo largo y ancho de Chile. En lugar de escuchar con un sentido auténticamente democrático prefirieron dar mano a la represión, no responder a las demandas legítimas de un pueblo cansado del ultraje de una clase política y económica durante 30 años.

La ciudadanía se cansó de  una clase política que a estas alturas ya no tiene ninguna legitimidad para seguir gobernando los destinos del país. La rabia ciudadana ya no distingue entre ex concertacionistas, nueva mayoría, derecha, comunistas  o frente amplio. Todos de alguna manera han aprovechado de los privilegios que otorgan las viciadas instituciones políticas: el gobierno, el congreso, el tribunal constitucional y  la justicia servil  a estas otras.

Spinoza (1632-1677), filósofo holandés,  de  origen judío portugués pregona en su obra “Tratado político” que la virtud principal del buen gobierno es la seguridad, pero una que asegure el pensamiento libre de los sujetos hacia la concordia del alma en la cité: la solidaridad. La buena gobernanza es aquella que permite la estabilidad democrática mediante la concertación, no la tiranía ni el  despotismo de uno solo.  Si, en una cité los sujetos no toman las armas contra un mal gobierno, es porque están bajo el imperio del terror, se produce orden público aparente. Sin embargo, la paz no es la simple ausencia de la guerra, es una virtud que se encuentra en la fuerza del alma. La obediencia  es una voluntad constante de acuerdo al derecho común de la cité.

Un gobierno, en donde la paz es la inercia de los sujetos gobernados como un ganado, formados únicamente a la servidumbre, merece más bien el nombre de soledad que de gobierno. Cuando decimos que el mejor Estado es en donde los hombres  viven en la concordia, una vida propiamente humana, una vida que no se define por el derrame de la sangre, ni por el cumplimiento de otras funciones propias  de todos los  animales, es principalmente por la razón, la virtud del alma y la verdadera vida. Un gobierno por mucho que reprima jamás podrá destruir la rabia de los gobernados, porque tarde o temprano esa ira saldrá a la luz nuevamente. 

A título personal, creo francamente  que nuestras instituciones políticas están habitadas por charlatanes. Como lo pregonaba  Platón en sus  escritos sobre los sofistas en la antigua Grecia: “son los filósofos quienes deben gobernar Atenas y no los sofistas”. Los sofistas eran quienes se dedicaban a la retórica para conquistar el poder, una retórica no basada en la dialéctica filosófica sino más bien en la retórica persuasiva con fines políticos. En esa época eran los filósofos quienes concentraban los conocimientos en todas las disciplinas del saber.

Ahora bien, el Estado Chileno, quienes lo dirigen sigue profundizando su crisis de legitimidad en esta pandemia. Desde el principio debieron tomar medidas drásticas, cuarentenas totales para proteger la salud pública primero y no la salud de la economía. Aquí en Francia, estuvimos casi dos meses con cuarentena total y ahora recién estamos saliendo progresivamente. La ciudadanía francesa obedeció a pesar del desprestigio del gobierno de Macron, pero lo hizo porque no quedaba otra alternativa. En cambio en Chile, irresponsablemente aplicaban medidas incoherentes como un toque de queda de noche, cuarentenas dinámicas, cordones sanitarios ineficaces, una semana cuarentena para una comuna y la otra semana para otra. 

A la declaración de Mañalich culpando a la ciudadanía por el  fracaso de su gestión, se le  suma la de  su colega de profesión,  la cuestionada senadora Jacqueline Van Rysselbergue, asegurando “Si las personas hubieran mantenido el distanciamiento social, la curva de contagios no habría vuelto a crecer de la manera que lo hizo”. Por sus declaraciones y su actuar político, esta dama, no tiene idea o nunca se ha leído un libro sobre  el arte de gobernar.La confianza, la legitimidad de los gobiernos no se ganan automáticamente,  menos con represión y con el vacío democrático que aquejan  a las instituciones en nuestro país.

Volviendo a Spinoza, considera que un buen gobierno debe concertar, jamás pretender que puede decidir en las sombras de manera unilateral lo que es bueno para la un país. Que un hombre siempre es un hombre, un presidente no es un ser supremo ni distinto a sus semejantes.  Un hombre providencial no existe, aquel que gobierna con pedantería, tiranía, despotismo y tomando unilateralmente decisiones de interés público está destinado al fracaso. Un buen hombre de Estado, escucha, invita a concertar y delibera en conjunto  sobre el problema público  en función de opiniones racionales. En consecuencia, si analizamos la forma de gobernar del presidente de Chile los resultados están a la vista, es un personaje egocéntrico, con poca empatía, todo lo quiere controlar y decidir como si el Estado fuera una de sus empresas financieras.

No obstante,  no solamente Piñera gobierna  de esa forma, a nivel mundial hay ejemplos de sobra. En Francia, a Macron su forma de gobernar le ha pasado la cuenta, hoy el 66% de los franceses no creen en su gobierno y menos aún por cómo ha gestionado el principio de la crisis sanitaria: manipulando la opinión pública con mentiras sobre la escasez de máscaras. Lo único que ha hecho bien, fue haber puesto muchos millones de euros para el desempleo parcial, financiado principalmente por el gobierno, no como la medida de Piñera quien abandona en la intemperie a los trabajadores, permitiendo que las empresas no cancelen salarios a los trabajadores que  hagan cuarentena, que el desempleo se financie con el seguro de cesantía, que es un sistema individual y no con contribución solidaria como aquí en Francia.

Es tal la desconfianza que tiene la ciudadanía por el  Estado, que las alcaldías son las únicas instituciones que inspiran  confianza. Los alcaldes son más creíbles que todo el resto de la charlatanería política existente. Este fenómeno no solamente se está dando en Chile desde antes del Estallido social, sino también en Francia, los alcaldes han surgido como actores políticos creíbles para guiar a la ciudadanía. Pero ojo, un buen alcalde no es aquel que gestiona la comuna más rica de Chile como la de las  Condes, que se  esconde en la piel de una oveja y  que sale constantemente en los matinales basuras de la TV para sembrar en las conciencias colectivas inocentes su candidatura presidencial. Este personaje tiene un ADN, una ideología neoliberal, UDI, Opus Dei, primer fundador de una universidad privada en Chile, trabajó y brindó apoyo a la dictadura.

En fin, por las transformaciones de la política, por los desafíos tangibles del cambio climático, por el COVID-19, por las pandemias que se pueden venir en el futuro, por las profundas desigualdades económicas  a nivel mundial,  la mejor forma de gobierno es a nivel local, la democracia directa desde la comuna, un gobierno federal para Chile con gobiernos locales con amplios poderes. El Estado ultra-centralizado y vertical  como el chileno o el francés, son gobiernos que gobiernan sin penas ni glorias.

Juan Pablo Pezo D. Licenciado en ciencias políticas en la Universidad de Lyon 2, Maestría en ciencias políticas y Master en sociología de las instituciones  políticas en la Universidad Panteón Sorbona de París.