Publicado April 21, 2021
La universidad y la crisis de la distancia
Cuerpo
Que las “Humanidades” desaparezcan paulatinamente de la universidad es un sobrevenido de los propios procesos abstractos de una época que sólo puede definirse mediante la medición absoluta.

La realización de una crisis civilizatoria se constata en las instancias menos visibles de nuestro contacto con las cosas del mundo. Algo que parecía una condición del régimen de los fenómenos ahora se vuelve turbio y acechante. Esto sucede cuando se han quebrado todos los límites y la “distancia” entre la existencia y el mundo deviene indiferenciada. En realidad, el dominio de la equivalencia total implica que ahora cualquier cosa es reemplazable por cualquier otra. La pérdida de la irreductibilidad de una cosa implica la destrucción del lugar en el que moramos. De ahí que resistir hoy contra el mundo supone obstruir la abstracción de las logísticas del mundo de las formas. Una vez que el valor lo regula todo, lo fundamental es recordar que la verdadera potencia yace en el valor negativo, en el uso, y en lo que desborda una realidad entregada íntegramente a los diseños de optimización.

Antes del comienzo de la pandemia lo comprobé en la librería de Universidad de Harvard cuando pregunté por la colección de los clásicos de Loeb (esa edición sencilla de tapas verdes y rojas que reúne autores griegos y latinos) y tuve una contundente respuesta: “Esos libros, señor, ya no los vendemos aquí por falta de interés público.” ¿Qué es una universidad que no dispone de los libros que han constituido el fundamento de Occidente? ¿Qué significa que el “interés público” dicte y regule la transmisión de un valor negativo, esto es, del afuera del valor? Sin lugar a duda, estas son preguntas que ahora cobran una exigencia ante el ascenso de la neutralización más desnuda del programa técnico-médico.

La abstracción de los valores cobra sentido ante todo lo que niega, comenzado por la muerte misma. Pero la presencia fantasmal e inaccesible del valor negativo nos recuerda que todo lo esencial de la experiencia humana necesita relacionarse con esa dimensión insondable, que es la única sombra propia de los seres vivos en la tierra. Por eso es por lo que ahora la universidad contemporánea – esa invención de la época de la Ilustración y de las pedagogías civilizatorias – aparece como la mediación de la nueva racionalidad cibernética en curso para sedimentar la ficción del Humano. Esto se ha visto con nitidez en el programa diseñado al comienzo de la pandemia por el exCEO de Google, Eric Schmidt, quien defendía una nueva “revolución de las infraestructuras digitales” para estabilizar la “enseñanza a distancia” y de esta manera poder prescindir de una vez por todas de la proximidad. Sólo así se podía llevar a cabo la estandarización total de estudiantes como conglomerado genérico. Ningún programa elaborado en la crisis pandémica combina con tanta eficacia la destrucción del lugar con la crisis de la distancia.

No es menor que la figura de esta aceleración educacional sea el estudiante. Pues el estudiante es la figura que todavía puede experimentar y usar las cosas del mundo. Si la universidad corporativa neoliberal en una primera instancia tuvo que traducir al estudiante en consumidor y el programa de estudio en un “contracto económico”; la universidad cibernética busca transformarlo en la reserva para la programación, los feedbacks, y las biométricas de la incesante jerarquización de los valores. El proceso de antropomorfización del capital como ilimitación ahora pasa a ser una revolución de la infraestructura con el fin de colonizar la sensibilidad de la comunidad de la especie (Gemeinwesen). Ahora bien, no caben dudas de que el proyecto de la universidad ha sido cómplice de esta última dispensación de la cibernética contra los acontecimientos, en virtud de la especialización constitutiva de la época del Humano.

En cierto sentido, las “Humanidades” no pueden ser entendidas como meras víctimas de la eficacia del poder, puesto que ellas han constituido el polo compensatorio de la movilización de la técnica que ahora ha concluido en la inmovilización permanente. Que las “Humanidades” desaparezcan paulatinamente de la universidad es un sobrevenido de los propios procesos abstractos de una época que sólo puede definirse mediante la medición absoluta. Así, las humanidades fueron las herramientas de mediación de las capacidades epistémicas de los vivos, cuya última dispensación es la civilización metropolitana. Esta civilización que ha desembocado en la configuración total de la virtualización contra la sombra del valor negativo; esto es, como asalto a la presencia que condiciona las formas de sentir de los singulares cuando hacen mundo.

La universidad hoy es un dispositivo metafísico de una civilización subrogada por las formas flexibles de la antropologización cibernética. Ya a mediados del siglo pasado, Amadeo Bordiga podía escribir que “la época que nuestros enemigos definen como la civilización, en realidad significa una forma de vida urbana, una forma de vida que es propia a la monstruosidad aglomerada de la metrópolis”. Y no es menor que en los Estados Unidos las universidades se configuren como “campus-city”, una topología sin afuera, autosustentable, que optimiza la interconectividad del hub. Desde luego, el proyecto metropolitano-universitario no es reducible a una cuestión arquitectónica propia de imaginación modernista; sino que concierna a la topología que agiliza la absolutización virtual de la proximidad de los vivos ante la pantalla. La pérdida externa del horizonte en la metrópoli reaparece como la pérdida interna de la mirada ante el screen.

Durante siglos hombres y mujeres se maravillaron por la franja infranqueable entre el cielo y la tierra a la que le devolvían sus miradas perplejas. La nueva eficacia cibernética es un proceso de domesticación de la mirada que renuncia al conocimiento como sobria ebrietas – una inmersión sensible de intoxicación con las ideas, el pasado, y los textos – que antes podía alentar al amor de las cosas y sus verdades. La destrucción paulatina de las “Humanidades” en nombre del reino del valor pone el vórtice de su misión: la destrucción de la comunicación de la especie como búsqueda de la palabra que siempre falta y de las preguntas que jamás pueden ser respondidas. Pero en la medida en que el hombre sale al encuentro, verificamos la existencia real del afuera del valor. Cuidar la región del valor negativo de las cosas elementales nos devuelve la comunicación desde el otro lado de un mundo caído a la domesticación.  

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