La violencia como herramienta política

Pobreza, marginalidad y exclusión, como caldos de cultivo, excusas, para grupúsculos violentos, que bajo la argucia de actuar, representando a los sin voz, pretenden imponer, violentamente sus condiciones, recibiendo como respuesta una mayor violencia, no sobre ellos, sino bajo la excusa de la ley.

La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos. Es cierto que «no haya autoridad sino de parte de Dios» (San Pablo, Romanos XXI, 1). Pero Santo Tomás dice que la atribución concreta de la autoridad la hace el.

Cuando hay una autoridad en contra del pueblo, esa autoridad no es legítima y se llama tiranía. Los cristianos podemos y debemos luchar contra la tiranía”. (Torres Restrepo, C. Semanario Frente Unido.Primer número. Bogotá, 26 de agosto de 1965, página 3.) 

Por la razón o  por la fuerza es el lema de la República de Chile, uno de los tres países que a fuerza (valga la redundancia), de la espada, liberó San Martín, a quién, hasta no hace mucho se lo conocía también como “El santo de la espada”. A dos siglos de tales sucesos, no debe existir nadie, o casi, que cuestione la marcha metodológica que imprimió junto a los suyos, para “convencer” a los realistas, que la historia debía ser otra. Tal cómo si fuese un teorema, podríamos arriesgar que mientras más lejos en el tiempo quede el uso de la violencia como dinámica de lo político, más aceptación tendrá, con la obviedad que siempre los ganadores, se consagraran, escribiendo la historia, precisamente que luego será no solamente aceptada, sino estudiada, analizada, comprendida, enseñada y ensalzada en la oficialidad como narrativa, convirtiendo el hecho real en emblemas de lo simbólico. 

La violencia es parte constitutiva de lo humano. No podemos escindir la naturaleza que en ella nos habita, pero sí, mediante la razón, podemos evitar su uso. Claro que nunca lo logramos del todo, y por lo general, cuando nos sentimos atacados, agredidos (es decir cuando no entendemos, no conceptualizamos, no razonamos) podemos hacer uso de lo violento, arguyendo además que necesitábamos tal libertad de obrar, en la irracionalidad, para deshacernos de un daño. Sin embargo, una vez consumada, la violencia no tiene comprensión (gnoseológica) pero sí justificación, dado que es de índole moral y la moral, es un trofeo que se obtiene en la disputa política, que cada tanto se libra, violencia mediante. 

Desde el siglo pasado, en lo que se dio en llamar la teología de la liberación, se inició un camino que maridó, el tratar el drama de la pobreza como factor, razón o argumento del cambio en la arena política. Ut supra la cita del sociólogo y sacerdote, que cayó en combate, en las filas del ELN, Camilo Torres Restrepo, que le puso además de palabras, su propia vida a lo que creyó justo y necesario. Pero más allá de las justificaciones, que como expresamos son de índole moral y por ende, más luego, políticas (que finalmente las ordena la historia, ver el caso citado de San Martín), lo considerable es conjeturar la dimensión gnoseológica, sí en el presente caso, la condición de pobreza, de no poder comer o vivir con dignidad, por parte de la mayoría de los ciudadanos o habitantes de una comunidad dada, no puede finalmente constituirse en la principal variante ordenadora, o bien jurídico mayor a tutelar, para a partir de esta prioridad pública, ordenar lo social y lo político. 

Creemos que de esta manera, podríamos evitar la tentación, siempre latente, sobre todo en tiempos aciagos, de caer nuevamente en la violencia como herramienta de lo político. 

¿Es más importante que mantengamos las cosas dadas por el temor y pavor que nos generaría la disponibilidad de cambios, a costa de que los apremios de los que menos tienen, los empujen a que las únicas salidas, para expresar su dolor y la injusticia que padecen, sean mediante la sinrazón de las armas o de la violencia?  Sí desde el estado no se insta a pensar, no se promueven formas que construyan dispositivos para enfrentar los desafíos estructurales que nos someten, a los efectos de contemplar realidades, expresa y manifiestas, de pobrezas palmarias y marginalidades insondables, se está instando, por acción u omisión, a que se subleven contra él, mediante cualquier tipo de formas que excluyan la serenidad del pensar y la palabra, de esta manera las violencias sociales, como la inseguridad, pueden terminar en milicias paralelas que devuelvan la violencia del sometimiento, con más violencia e ira, dado que se privan de simplemente ser más humanos o algo humanos  para poder diferenciarse de sus violentos victimarios.

Qué fue esto mismo, el lamentable círculo, en los que valga la redundancia de la imagen metafórica, suelen caer, en distintas latitudes las democracias occidentales y sus conflictividades, de base, irresueltas; pobreza, marginalidad y exclusión, como caldos de cultivo, excusas, para grupúsculos violentos, que bajo la argucia de actuar, representando a los sin voz, pretenden imponer, violentamente sus condiciones, recibiendo como respuesta una mayor violencia, no sobre ellos, sino bajo la excusa de la ley, sobre toda la comunidad en su conjunto, resultando, o teniendo como resultado, que la pobreza ni la marginalidad no ha sido tratada o asumida como problema, sino como una mera excusa para el juego violento de dos partes que dirimen sus diferencias mediante lo bélico, pero sin ningún tipo de interés por trabajar para contrarrestar, realmente a la pobreza y sus consecuencias. 

La propuesta es que se establezca una representación explícita y más allá del voto para representar a los pobres o marginales. La misma, podría tener como eje rector la constitución de un padrón de pobres, de marginales, de aquellos que sometidos por el número de una estadística no llegan con sus ingresos a vivir dignamente, y tal como proponían los griegos, en su ideario de democracia perfeccionada, mediante el sorteo, o la demarquía que de esos pobres elegidos por el azar, se establezca un porcentaje fijo de representantes en el legislativo que lo sean más allá de la lógica del voto, de lo electoral y de todo, lo que de alguna manera, tramposamente, viene proponiendo la democracia occidental, a mano de los que siempre tienen, de todo (sobre todo lo material) pero sin brindar respuestas a cómo integrar a millones de pobres y marginales a un sistema que los excluye, casi como condición necesaria de su existencia. 

“¿Quiénes representan a los que viven por debajo de la línea de la pobreza? ¿Acaso el mismo estado, en su representación e institucionalidad, los somete a la indignidad de no generarles la posibilidad de que puedan salir de tal piélago de la marginalidad sin límites? ¿No constituirán acaso, la marea de pobres, desperdigados por los diversos rincones del mundo, una nación que en la petulancia de su naturalidad, no pueda organizarse social, política ni teóricamente?¿No debería imperar, un categoría política que imponga, o en el mejor de los casos, disponga de la existencia efectiva y real  de esta nación, apátrida pero con la firme necesidad de que emerja en forma prístina y contundente, bajo una declaración o manifiesto, la voz de los que necesitan, con premura y urgencia, volver a ser considerados humanos por quienes nos decimos sus pares?”.

Los partidos políticos, deben reconvenirse bajo esta lógica, a lo sumo podrán existir, real o auténticamente, tres. El partido de los pobres o de los que no tienen, el partido de los que algo tienen y el partido de los que le sobran.  Hablamos desde la economía conceptual que se propone. Es decir en su viaje a la realización, el partido que pretenda representar a los pobres, podrá verse multiplicado en varias posiciones y hasta incluso, ser instado por partidarios de ricos, para socavar el interés de los pobres. Todo esto será plausible como válido, no se busca ni pretende, el imposible de anular las tensiones de lo político y por ende de sus viscosidades. Lo que se anhela, es simplemente, y valga la redundancia, simplificar la representación o la representatividad, respetando o redefiniendo la lógica de los partidos.

Que vote cada quién, ya será cosa, de la libertad política que debiera existir en cada una de las aldeas democráticas que se precien de tal. Lo que no puede o no debe continuar es pretender que la ciudadanía elija en elecciones que no significan nada, pues los partidos se desvirtuaron en su constitución como en su razón de ser. 

La única manera de tratar la pobreza es limitarla en su exorbitancia y en su inhumana excentricidad. La pobreza constituye una nación de pobres, más allá de territorios y fronteras, la pobreza se ha segmentado, se estableció como cupo de una porción de la totalidad de las experiencias humanas, en donde habita como estado de excepción, más como estado que como excepción. Por el partido de los pobres, debiéramos votar, los que pretendamos eliminarla o combatirla, o al menos tener la democrática posibilidad, de que exista tal cosa, el partido que sólo y única o primordialmente, represente, la pobreza como para pretender combatirla o erradicarla, mediante el voto, a través del sufragio, de un sobre o un papel, ingresando a una urna, tal como un alimento podría o debería ingresar en los desesperados estómagos de un hambriento sin que esto sea o represente un derecho o una novedad, sino una obviedad cotidiana, una imagen, democrática, de todos los días.  

Vale recordar que no proponemos esto como una suerte de propuesta teórica que forme parte de comunicaciones académicas, que se atesore como ponencias en congresos, coloquios o que se edite, más allá de las risibles exigencias formales que se le piden a los textos para que aparezcan  en ciertas publicaciones que casi nadie lee, sino que no se traducen en nada más que en eso, en cárceles de cristal en donde se exhibe el derecho a aprisionar el pensamiento, sino que más allá de lo que ocurra con el devenir de las palabras, y a la luz de los hechos, se considera que por este pliegue, por esta perspectiva, pasarán las novedades del futuro inmediato de nuestras democracias, representativas de occidente evitando el tentador drama de lo violento como mecanismo, recurso o herramienta.