Publicado Diciembre 24, 2020
Los flujos
Cuerpo
Lo que te cuento no es sino parte de la mecánica de los mercados bursátiles, lo que John Maynard Keynes llamaba el Casino. Hubo quien inventó un negocio que consiste en jugar en ese Casino con tu dinero, con el pretexto de abundar tu jubilación cuando ella llegue.

Alain Greenspan era un jodido numerito. Durante uno de los numerosos pánicos financieros que le tocó observar durante los 18 años que permaneció a la cabeza de la Reserva Federal, –el banco central del Imperio–, Alain declaró tan campante que la ventaja de la antigua industria residía mayormente en que los accionistas podían tocar físicamente su inversión, úsease que a cambio de su capital obtenían parte de la propiedad de algo concreto, material y visible, algo que formaba parte de lo ‘real empírico’, como diría Étienne Klein, director del Laboratorio de Investigación de Ciencias de la Materia de Francia.

Greenspan oponía la antigua economía a la economía de lo evanescente, de lo sutil, de lo etéreo, de lo inasible. Materializada –si oso escribir– en lo que llamaron ‘dotcoms’ o bien ‘startups’: a menudo la estafa se conjuga en english, como los nombres de nuestras pinches escuelas y colegios vernáculos que los mercachifles de la Educación venal llaman Schools.

El pánico bursátil fue de lo más clásico: startups y dotcoms, empresitas de nada, dirigidas por algún iluminado con más ambición que genio, pero tremendamente testosterónicas, le estimularon la libido a los linces de la puñeta financiera a tal punto que estos pagaron fortunas por hacerse del control del invento.

De ese modo, sociedades que jamás le habían vendido nada a nadie, que no fabricaban nada, que no disponían de ningún tipo de instalación, ni habían constatado a la fecha ni un pinche maravedí de beneficio, vieron aumentar su valor bursátil cosa mala.

¿Qué compraron aquellos que invirtieron miles de millones de dólares en dotcoms, startups y otros inventos similares? Los flujos. O más precisamente, la expectativa de los flujos. Cuando comprabas una empresa no se trataba de adquirir las instalaciones (no las había), ni la maquinaria (no la había), ni siquiera el saber-hacer del personal (no había personal), sino los flujos de beneficios previsionales, el lucro potencial que los traders imaginaron fluiría del invento de un genio iluminado.

Nada estimula tanto las erecciones priápicas como la perspectiva de un lucro fácil y desmesurado. De un día para otro las startups se vendieron como pan caliente por sumas astronómicas y la Bolsa logró niveles nunca vistos.

Hasta que todo hizo un ruidito sospechoso, un gorgoteo de tripa mala a punto de lanzar hacia la parte terminal del tubo digestivo un vendaval de mierda, seguido luego de un defecar de urgencia sin control ni ley que pintó todo, del piso al cielo raso, con una capa de caca fresca.

No creas que desde entonces las cosas han cambiado mucho. La prensa financiera exulta a propósito de Tesla, destacando que su valoración bursátil supera ya el valor sumado de todos sus competidores:

“El valor de Tesla volvió a explotar después de julio y ahora el pequeño constructor californiano de vehículos eléctricos vale tanto como todos los demás reunidos. Unos US$ 500 mil millones, o sea el valor acumulado de Toyota, Volkswagen, General Motors, Ford, Honda, Mercedes, BMW, Fiat, Peugeot-Citroen, Renault-Nissan y aun otros.”

Consciente de que esto no se sostiene en nada, el mismo periodista, , agrega: “Es aberrante. Esto no corresponde a la realidad económica, pero es la realidad de la Bolsa.”

La ‘realidad de la Bolsa’ –fiebre de los pantanos– no se detuvo allí:

“Después de haber logrado este año un rosario de records en Bolsa, el constructor de vehículos eléctricos será, el 21 de diciembre, la empresa más cara que haya integrado nunca el índice faro de Wall Street. Su acción subió en un 660% desde inicios de año, para alcanzar una valoración total de 655 mil millones de dólares al cierre del 17 de diciembre.”

Tesla es pues una suerte de remake de las dotcoms y las startups, con alguna veleidad industrial que debiese materializarse en un futuro próximo, visto que en este momento la capacidad industrial de Tesla excede de muy poco la de un laboratorio dedicado a los prototipos. ¿Ya has visto en la calle un automóvil Tesla?

Es en este mercado, –que funciona de este modo–, que las AFP invierten tus ahorros previsionales. Por medio de traders cuya principal herramienta es la “tincada”, visto que de mañana no saben nada.

Las AFP lo ponen como quieran, pero al ‘invertir’ tu dinero lo que compran es la expectativa de flujos de beneficio. Expectativas. Quienes compran acciones de empresas como Tesla no se apoyan en alguna rentabilidad pasada, en beneficios constatados por la contabilidad, en una producción rebosante, en ventas esplendorosas, en márgenes comerciales insuperables, en instalaciones industriales híper modernas. Se apoyan solo en la expectativa de que mañana Tesla producirá lucro.

Luego, visto que las “tincadas” son más contagiosas que el coronavirus, otros traders se lanzan en la misma aventura, ergo competencia entre traders para comprar expectativas antes que los demás. La puja lleva a tal nivel que entra en juego la legendaria ley de la oferta y la demanda: los precios suben. Dicho de otro modo, sube el precio de las expectativas.

John Mauldin, –mi analista financiero preferido–, sospecha que una vez más todos se volvieron locos, y muestra cifras, curvas, cálculos y análisis que prueban que las acciones están sobreevaluadas, o si prefieres que vivimos otra burbuja especulativa.

Ni siquiera es una novedad: las acciones suben de precio en razón de la sinrazón, en razón de la especulación. Y Mauldin pone en evidencia una relación que merece el desvío. Hela aquí:

“Aunque las empresas del índice S&P 500 constatan los mismos beneficios (que antes de la pandemia), el precio de sus acciones es un 35% más alto. Los inversionistas están pagando mucho más por cada dólar de dividendo. ¿En qué están pensando?”

Dicho de otro modo, al comprar expectativas de ganancia, se acepta pagar un precio por cada dólar de eventual lucro futuro. Si el beneficio constatado es el mismo que cuando las acciones valían la mitad, el precio de cada dólar ganado sube al doble. La rentabilidad del inversionista se desploma y cae en picada.

Cuando el valor pagado por cada dólar de lucro futuro –por la expectativa de ganarlo– supera un dólar… comienzan las pérdidas, el hundimiento del valor bursátil, y por consiguiente la desaparición del capital invertido.

Lo que te cuento no es sino parte de la mecánica de los mercados bursátiles, lo que John Maynard Keynes llamaba el Casino. Hubo quien inventó un negocio que consiste en jugar en ese Casino con tu dinero, con el pretexto de abundar tu jubilación cuando ella llegue. Como puedes ver, no es tan simple y está muy lejos de ser evidente.

No obstante a las AFP les vale madre porque cobran ANTES, para luego jugar en el Casino con dinero ajeno. He ahí porqué nunca pierden. El que pierde eres tú, pobre y triste cotizante que no tienes una pijotera idea de los flujos. Ni de la expectativa de los flujos.

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