feminismo
Publicado Agosto 10, 2020
Nos están matando, ¿Hasta cuándo?!

15 años después nos encontramos con el caso de Antonia y de Ámbar y nosotras seguimos preguntándonos ¿hasta cuándo? No quiero pensar que nada ha cambiado en estos años salvo que hoy día existen las redes sociales que hacen públicos estos casos, pero y después de la noticia...

Esta frase se ha hecho viral durante las últimas semanas, la encontramos en redes sociales, en la prensa y probablemente al interior de muchos de nuestros hogares. Lamentablemente es una afirmación muy cierta, lo preocupante es que pareciera olvidarse que esto está ocurriendo hace años, décadas y siglos. Desde que nos mataban por brujas y en el mundo oriental ocurre todos los días, sin que nadie se lo cuestione.

No es ninguna novedad que las mujeres seamos tratadas como ciudadanas de segunda categoría, teniendo que pelear por nuestros derechos, algunos tan esenciales como el derecho a la vida.

Lo verdaderamente urgente es responder la interpelación contenida en esa frase: ¿Hasta cuándo?

Hace más de 15 años salí de la Facultad de Psicología con la esperanza y la convicción de ayudar a las mujeres a liberarse, sentirse más seguras, aprender a quererse y valorarse, para poder cuidarse y protegerse de esta realidad tan dolorosa que es la violencia de género. Trabajé alrededor de cuatro años en el sector público, en centros de atención a víctimas y también tratando a los agresores, derivados de los tribunales de familia y de garantía.

Me encontré con la triste realidad de que no hay justicia para las víctimas. Choqué de cara con un sistema judicial colapsado que, en esos años, y creo que hasta ahora, no lograba responder y ofrecer una atención digna y oportuna a estas mujeres, que desde la primera denuncia en carabineros se encontraban con la desestimación de su dolor, la invalidación de su sufrimiento, la minimización del drama que vivían a diario y por supuesto con la impunidad más brutal.

¿Cuál era entonces la única solución?; callarse y aguantar. Ellas y también sus agresores sabían que en el peor de los casos la condena sería asistir a una terapia de “control de impulsos” o a una firma mensual. ¡¡¡Incluso sabían que en realidad si no cumplían con esta “condena” nada pasaría, nada pasaría!!! Los que efectivamente cumplían con esta orden de terapia eran aquellos hombres que de alguna manera, aunque fuese desde la precariedad de sus recursos emocionales y afectivos, reconocían que la violencia no era una forma válida de resolver los conflictos. Los que sentían amor y ganas de construir una relación de respeto, aprendiendo a regular su respuesta impulsiva, derribando su crianza machista, superando sus condicionamientos, “deconstruyéndose” como varones, probablemente con el costo de ser indicados con el dedo por sus amigotes, como “mandoneado por la mujer”.

De los más de 40 oficios recibidos mensualmente para el tratamiento de los agresores, con suerte llegaban a terapia 5 de ellos. ¿El resto? no había dirección para oficiarlos o teléfono para hacer un seguimiento o muchos de ellos simplemente no llegaban a la citación. Y yo, una profesional joven y apasionada con mi trabajo, que elegí por vocación. Me aseguraba de agotar todas las instancias para dar con el paradero de estos hombres y cuando no era posible, me preocupaba de informar al tribunal correspondiente, con la esperanza de que se hiciera algo.

Con los años me di cuenta de que nada pasaba, nada cambiaba…

Entonces intentaba empoderar a estas mujeres para que tuviesen el valor de salir por ellas mismas de esta situación, que dejaran de culparse, de justificar a su agresor o de esperar que él cambiara.

Pero muchas veces el empoderarse era más peligroso que aprender a callar y obedecer, cuantas veces me pasó que “por empoderada”, más fuerte le pegaron, o que por muy empoderada que estuviese desde lo psíquico, no había redes de apoyo efectivas para sostener. No había recursos económicos para empezar una vida independiente y claro, no había justicia.

Trabajar en violencia se volvió desolador, me encontré con la habituación del sistema, con la indolencia de algunos profesionales que me recordaban que no había mucho más que pudiésemos hacer, con la presión de un sistema que le importaba más las estadísticas y cifras de casos atendidos, que la calidad de la atención que recibían.

Me di cuenta de una frustrante realidad; no hay recursos para ayudar a las victimas de violencia de género. Faltan profesionales, faltan fuentes de inserción laboral, faltan redes, falta justicia, falta conciencia, falta tratar este tema como una prioridad. En esos años me preguntaba, ¿qué pasaría si un país vecino nos declarará la guerra? Seguramente se movilizarían todos los recursos del país en la defensa de la población. ¡Porque entonces no nos defienden a nosotras, nos están matando joder!

Finalmente me rendí, no pude más, me sentía mentirosa ofreciendo “ilusiones de alternativa” pero en el fondo sabiendo que no podía hacer nada más que ayudarla a mantenerse viva evitando conflictos, bajando el perfil, aprendiendo a “callar y obedecer”. Yo había empezado en este trabajo por vocación, pero la realidad había destrozado mi esperanza y ahora era cómplice de un sistema que no ofrecía ninguna solución real a este drama. En gran parte por no darle el lugar de urgencia que tiene para esa mujer que a diario es violentada, a esa niña abusada por su padrastro, a esa trabajadora humillada e infravalorada en su trabajo.

15 años después nos encontramos con el caso de Antonia y de Ámbar y nosotras seguimos preguntándonos ¿hasta cuándo? No quiero pensar que nada ha cambiado en estos años salvo que hoy día existen las redes sociales que hacen públicos estos casos, pero y después de la noticia, ¿qué? ¿Cuántas ámbar más tienen que ser asesinadas por un criminal con una pena de 27 años que sale en libertad después de 11 años y con la sugerencia de no darle esa salida? ¿Cuántas niñas tienen que ser violadas por hombres que siguen sus vidas como si nada?, ¿Cuántas mujeres tienen que aprender a aguantar porque no se les ofrece una respuesta efectiva?

¿Cuándo habrá justicia para nosotras? ¿Cuándo se respetarán nuestros derechos sin que tengamos que salir a la calle a pelear por ellos? ¿Cuándo nos dejarán de decir feminazis por indignarnos? ¿Quién responde a estas preguntas? Desolador silencio.