Octubre Rojo: La sangre que desnuda el simulacro del Poder en Chile

Rojo… un significante polisémico, portador de imaginarios sociales múltiples: la pasión del corazón, el emblema del comunismo, la sangre derramada, la camiseta de la selección de fútbol, el fuego de la barricada, el fulgor popular, la lava de todo estallido…

 Ha llegado el Octubre Rojo, aquel que nos trae a la revuelta del 18 (2019), aquel que nos confronta al hito del 25 (2020),  aquel que se inaugura con Anthony en el Mapocho ensangrentado. Esta contingencia no sólo duele, no sólo enrabia, sino que revela la estructura del poder en Chile.

 Los aparatos represivos del Estado operando sin miramientos por mantener la ficción de una sociedad unificada. La fractura social de Chile ha salido del reino de las sombras, para revelarse al desnudo ante los ojos del despertar…

 La estructura del poder no reside simplemente en la represión y el miedo, sino que se sostiene en el efecto hipnótico de la ficción ideológica que estructura la realidad, es decir, la base simbólica de todo orden instituido es precisamente un simulacro. Cuando la ficción que sostiene a las instituciones se revela traumáticamente desnuda, es el albor de un acontecimiento radical de transformación. Quizá un momento re-fundacional es posible cuando las mentiras ya no se pueden tragar, porque están patéticamente planteadas. El cinismo se vuelve insostenible. Chile despertó, y los perdigones en los ojos no adormecen, sino que agudizan la mirada.

 Pensemos en las mentiras que habitualmente debieren funcionar:

- El “Estado” nos ampara,

- La “Ley” nos concibe como iguales en derechos,

- El “Mercado” da lugar a las oportunidades y al mérito,

- “Carabineros” nos protege,

- La “Política” cultiva el bien común, etc.

Todas estas ficciones necesarias, cual telón de fondo mudo, están haciendo estruendos de derrumbe. Prácticamente ninguna institución central de nuestra sociedad se sostiene en un horizonte de legitimidad -están en un descrédito brutal-.

En Chile, el Estado no ampara, la Ley es un circuito de privilegios, el Mercado es una máquina de concentración de la riqueza, Carabineros es el ala armada del pacto oligárquico, la Política no es más que la administración del orden del Capital, etc.

Cuando hasta las mentiras están en decadencia, y las vocerías del gobierno parecen más un circo pobre que una instancia republicana, estamos a un paso del “fascismo” o de la “emancipación”. Occidente ya sabe de ello en su historia.

La gramática pastoral del Estado -como ficción del poder- está en cuestión. Retóricamente diremos: se trata de una tragedia cómica donde el Rey está desnudo, el pastor es un macho violador, la modelo se tira peos hediondos, el presidente es un payaso, los “pacos” no pueden caminar por la calle tranquilos con su uniforme, los distinguidos roban, los políticos no pueden entrar en poblaciones sin ser pifiados, el parlamento se conoce como una cocina, la ley falla a favor de Ponce-Lerou, Matte y Larraín, los camioneros hacen fiestas obscenas, las autoridades honestas son amenazadas de muerte,  etc.

Sabemos que de antaño es así, pero hoy es escandalosamente evidente e insostenible. Un espectáculo de la decadencia.

Todo el aparato del Estado ha sido una ficción para sostener el pacto oligárquico criollo. Desde los militares a los medios de prensa, como sostendría Louis Althusser (1969). El tambaleo o vacilación de este fantasma estructurante de la realidad social, sin duda anticipa el advenimiento de la radicalización del fascismo o la radicalización de la revuelta re-fundacional –como proyectos antagónicos en lucha por la hegemonía (Laclau, 2005)-.

El pastorado fue la tecnología de gobierno, la "ilusión" de la que habla Sigmund Freud en psicología de las masas. Esta tecnología gramatical sostenía que el orden nos protegía del lobo feroz, pero terminó mostrándonos que él mismo era el lobo. Hoy es la época en que el pastor va de cacería. Y nosotros somos los animales salvajes a ser cazados. La imagen del compañero sangrante en el río Mapocho lo escenifica. No se trata de la patología individual de un carabinero (problema psicológico y judicial), sino las condiciones de posibilidad para que un manifestante sea un enemigo del Estado. Sabemos que el Lobo suele atacar sin mostrar los dientes (agencias de inteligencia), pero hoy por hoy, el lobo aúlla a las 12 del día en el corazón de la ciudad, desesperado al ver que sus ovejas ya no siguen las rutas que debían seguir. 

Žižek (1989) parafraseando a Marx y a Lacan dirá: “Ser “rey” es un efecto de la red de relaciones sociales entre un “rey” y sus “súbditos”; pero –y aquí está el falso reconocimiento fetichista– a los participantes de este vínculo social, la relación se les presenta necesariamente en forma invertida: ellos creen que son súbditos cuando dan al rey tratamiento real porque el rey es ya en sí, fuera de la relación entre súbditos, un rey; como si la determinación de “ser un rey” fuera una propiedad “natural” de la persona de un rey. ¿Cómo no recordar aquí la famosa afirmación lacaniana de que un loco que cree que es rey no está más loco que un rey que cree que lo es, quien, es decir, se identifica de inmediato con el mandato de rey” (p.51).

El lobo feroz es un patético rey desnudo, como un presidente tomándose fotos en soledad en Plaza Dignidad o un carabinero metaforizando la ira del neoliberalismo contra su amenaza. Por su parte, la revuelta popular es una oveja descarriada por la potencia de su propio despertar. El simulacro pastoral está en agonía, por ello la oveja no es más oveja: hoy es pueblo, es multitud pensante y sintiente.

Cuando un escenario así está planteado la fuerza represora del Estado, vía gobierno de Sebastián Piñera, se agudiza. Rodrigo Karmy (2020) toma la distinción del jurista Carl Schmith, entre dictadura soberana como aquella que funda un orden jurídico (1980-Pinochet-Guzmán), y una comisarial como aquella que administra y restituye dicho orden (transitología neoliberal de los últimos 30 años), para decir que en Chile vivimos una dictadura comisarial que ha operado bajo la forma de la época cibernética en el disfraz de las democracias representativas.

“Inaugurada con la última dictadura soberana de tipo burgués liderada por Pinochet y el “Partido Militar”, transmutada en la dictadura comisarial de la episteme transicional de corte cibernético- opera de manera descentrada, intensiva y cartográfica: “descentrada” porque se irriga en múltiples puntos simultáneamente donde cada nudo deviene parte de una red que define al nuevo espacio global; “intensiva” porque penetra en modos capilares de control (y no simplemente de “represión”), es decir, su “expansión” no opera hacia algún territorio inexplorado, sino hacia “dentro” de los cuerpos orientando su eficacia a la modificación de la imagen que los sujetos tienen de sí mismos (es decir, son dispositivos que se ejercen en el campo de lo sensible);  y “cartográfica” porque establece formas de vigilancia digital y global capaz de construir mapas informáticos sobre poblaciones gracias a la expropiación masiva de datos, tanto desde las agencias de inteligencia global o nacional hasta las agencias de publicidad que rastrean “perfiles”, “preferencias” o “tendencias” siguiendo las huellas de la red que cada individuo deja al usar los diferentes dispositivos informáticos en curso”.

Lo político en tanto fenómeno social-popular no es reductible al ejercicio institucional, por ello la redacción de una nueva Constitución, es un elemento central, más no el único. Karmy (2020) sostiene que la Constitución no es nunca un simple texto. Es toda la imagen de un pueblo la que se juega en ella, toda una interpretación de quienes somos. Y eso implica la ficción de la “unidad” que el 18 de Octubre no está dispuesto a ofrecer. No porque tenga “mala voluntad” sino porque él destituyó esa falsa unidad que obnubiló gran parte de la política nacional durante 30 años. Mapuches, mujeres, Queers, naturaleza, poblaciones, etc. están fuera del pacto oligárquico que ofrece el simulacro (hoy alicaído) de unidad nacional. De hecho, el verdadero campo de conflicto se fragua entre dos partidos políticos no declarados: por un lado el “partido de Octubre” y, por otro, el “partido Neoliberal” (ex –“partido Militar”).

El primero no tiene liderazgos ni interlocuciones. No las necesita, es eficaz en la intensidad destituyente que le define. Sin duda que para efectos del Plebiscito y de la elección de Constituyentes la articulación estratégica del campo social es un desafío complejo. La potencia, diversidad, imaginación y proliferación de la calle, no es traducible en forma directa en la lógica institucional de las urnas.

Por cierto, en su realismo político, la “hacienda” y su “poder pastoral” lo sabe perfectamente y aprovechará la Convención Constitucional para intentar legitimar democráticamente al orden fantasmático neoliberal. Para ellos es el momento para volver a sacralizar -vía simulacro democrático- lo que la revuelta profanó. Para la revuelta, el momento constituyente implica la profundización de la profanación y la destitución de cualquier restitución sagrada. Dicho en clave de Castoriadis (1975) ninguna institución debiere cristalizar en forma mortífera al imaginario radical instituyente del pueblo soberano: que habla en clave de ritmicidad vital, multiplicidad, pluralidad y diversidad.

En consecuencia, las prácticas políticas han de dar cuenta del ethos popular. De acuerdo con Lefort (1986), el “lugar del poder” aparece ahora como un lugar vacío o incompleto (No hay Otro del Otro), que sólo puede ser ocupado de forma provisoria: no hay ley que pueda fijarse, cuyos artículos no pueden objetarse, cuyos fundamentos no sean susceptibles de cuestionamiento por el conjunto que los habita. Es decir, las instituciones políticas son la cristalización del conjunto de fuerzas sociales contingentes, y no lugares supuestamente neutros o caídos del Olimpo a-histórico, cual teología política o utopía neoliberal.

He aquí un diseño conceptual acerca de la posibilidad de instituir un orden político en Chile sobre la falta de cimientos definitivos, es decir, un orden que no ordena, sino que lleva al caos creativo en el núcleo de su dinámica. Esta sería una característica de una modernidad digna de su nombre.

Referencias:                                                                                                                                

Althusser, L. (1969) Ideología y aparatos ideológicos de estado. Buenos Aires: Nueva Visión.

Castoriadis, C. (1975) La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets (1999): Barcelona.

Karmy, R (2020) Dictadura comisarial 2: Más allá del partido Militar-Neoliberal. Extraído de: www.lavozdelosquesobran.cl

Laclau, E. (2005) La razón populista. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires.

Lefort, C. (1986) Las formas políticas de la sociedad moderna. Martínez Roca: Barcelona.

Žižek, S. (1989) El sublime objeto de la ideología. (2003) Siglo XXI Ed: Buenos Aires.