Publicado April 01, 2021
¿Quién puede sostener que la democracia chilena no posee un núcleo de autoritarismo?
Cuerpo
La violencia directa de la dictadura de Pinochet, instaló una legalidad (Constitución de Guzmán de 1980) que hace de soporte a la democracia transicional. El núcleo autoritario (y neoliberal) de la democracia chilena.

Nos convido a trabajar mediante reflexiones biopolíticas un análisis crítico en torno al gobierno neoliberal chileno. Comencemos por señalar algo de la subjetividad epocal: a saber, la “posmodernidad”.

Las formas posmodernas y posfordistas de producción y subjetivación, en el marco neoliberal, vinculadas a la primacía del trabajo inmaterial, trabajo cognitivo, trabajo feminizado, dilución de la orgánica clásica de control, horizontalización de las orgánicas organizacionales, entre otras características; han dado lugar a una lectura del poder que apunta a concebir una suerte de liberación de los cuerpos respectos de los opresores históricos modernos (el Estado, el poder médico, etc.). 

Entre otros, Byung Chul-Han en su libro Psicopolítica (2014) (intentando “con aciertos y desaciertos” condensar la tradición foucaultiana, frankfurtiana y postestructuralista) plantea que el signo de alteridad del poder que levanta las alarmas de la resistencia subjetiva es el factor ausente en el poder neoliberal. “El poder inteligente, amable, no opera de frente contra la voluntad de los sujetos sometidos, sino que dirige a esa voluntad a su favor. Es más afirmativo que negador, más seductor que represor. Se esfuerza en generar emociones positivas y explotarlas. Seduce en lugar de prohibir. No se enfrenta al sujeto, le da facilidades”, y le regala un sentimiento de libertad dándole libre elección a cambio de libertad de decisión (p. 29).

Habría que establecer matices biopolíticos respecto de este asunto, donde quizá las formas de control y biopoder no han sido del todo superadas, sino que más bien se superponen y desplazan, conviviendo con otros dispositivos y tecnologías de poder que operan en forma heterogénea y disgregada. Por ejemplo, desde el discurso de la libre elección y la meritocracia –se forma la fijación del individuo a roles que, de facto, la infraestructura económica le permite-; desde la delegación del poder soberano -advienen las tramas diversas de agentes que engendran nuevos determinismos sociales que diluyen la frontera público/privado-; desde la proliferación de técnicas y discursos para optimizar la vida –se organizan nuevos circuitos de exclusión y de explotación de los cuerpos como maximización del rendimiento-, etc.

Sostengo entonces que podríamos concebir la bio(psico)política contemporánea como un campo de lucha entre la gubernamentalidad y los dispositivos de poder (bajo modalidades modernas y posmodernas combinadas) y las prácticas de cuidado de sí que surgen desde la misma población como resistencia y como potencia de su propio obrar (“biopolítica popular, democrática o desde abajo” como trabajan Exposto, Sotiri, Farrán, Ishibashi). Ejemplos de ello se verifican en la primera línea de la revuelta (el pueblo ayuda al pueblo), en los círculos de trabajo feministas (sororidad como potencia en salud mental), en las ollas comunes barriales, en las cooperativas de producción sustentable, etc.

Este campo de lucha se juega en todos los espacios sociales: trabajo, ciudad, familia, sexualidad, legalidad, cyberespacio, etc.

El biopoder –supuestamente diluido en las formas posmodernas de poderes seductores- aún es posible cifrarlo en ejercicios de control soberano, es decir, en la forma misma del Estado. He allí la forma en que se expresa la tanatopolítica en su vertiente no desfigurada y directamente opresora. Lo mismo sucede en las relaciones entre Estados -europeos y africanos por ejemplo, con lógicas de subordinación colonial- o en las relaciones de clase en Sudamérica -entre burgueses y clases populares-. Es decir, la posmodernidad seductora y los sistemas de autoexplotación, optimización y rendimiento, conviven con mecánicas de poder herederas de la modernidad (sociedad de control).

Siguiendo a Giorgio Agamben, el poder soberano investido de la capacidad de definir qué es vida y que no, produce nuda vida, cuerpos en disponibilidad, incluidos en el mundo de la política por el mecanismo de la excepción (“como legalidad de la “violencia institucional”). La arqueología que traza Agamben ilumina la violencia a la cual se encuentra expuesto todo cuerpo emplazado, por el ejercicio soberano, en la categoría de homo sacer. “Sacer” indica una vida “absolutamente expuesta a que se le dé muerte, objeto de una violencia que excede la esfera del derecho y del sacrificio” (2003:112).

Sacer es, hoy por hoy en Chile, el Mapuche, estudiante, comunista, extremista, feminista, ecologista, anarquista, anti-capitalista… “los comeguagas de los 70s se transformaron en los alienígenas del siglo XXI” “Los hermanos Vergara (y tantas y tantos exterminados en dictadura de Pinochet) retornan bajo el nombre de lxs presxs políticos, mutiladxs y torturadxs de la revuelta de Octubre del 2019 a la fecha”. 

La misma clave de lectura del poder: el enemigo interno. 

El sujeto heterogéneo de la revuelta –la multitud no dominada por el Uno del soberano- es “sacer” en tanto objeto de la violencia del Estado. Estado que, a su vez, ha quedado reducido a instrumento servil del capital bajo el imperio de la gubernamentalidad neoliberal como economización de todas las esferas de la vida.

La problematización del biopoder realizada por Agamben –el control y la violencia del Estado como gobierno soberano- permite pensar que el autoritarismo no es cuestión superada por las democracias occidentales contemporáneas, sino que, por el contrario, habita en su núcleo. 

En otras palabras, la violencia directa de la dictadura de Pinochet, instaló una legalidad (Constitución de Guzmán de 1980) que hace de soporte a la democracia transicional. El núcleo autoritario (y neoliberal) de la democracia chilena. Asimismo, el poder soberano actual reprime a los cuerpos en revuelta y busca los mecanismos burocráticos para socavar la transformación de la legalidad vía proceso constituyente.

La posibilidad de decidir sobre la vida y la muerte (en plaza Dignidad, en Wallmapu, etc.) tiene plena vigencia. Por ello, el neoliberalismo chileno no puede pensarse sólo desde la optimización seductora de los alcances de la vida en aras de la maximización de la productividad y del goce del capital.

La capacidad de generar nuda vida, acompañan, todavía, nuestras formas burguesas y democráticas en el ejercicio del biopoder en el corazón de la revuelta, en residentes ilegales, en Mapuches desterritorializados, en mujeres y disidencias sexuales violadas por las fuerzas de represión gubernamental. 

No sostengo que la lectura biopolítica (heredera de Foucault) de Agamben sea superior –más explicativa que otras- Sólo me resulta más pertinente, probablemente junto con el “modelo de imperio y multitud” (De Hardt, Negri, Virno), para hablar de la acción del gobierno frente a la población en revuelta popular. No sería el mismo modelo biopolítico para hablar de pandemia (cuarentenas, vacunas, etc.). Donde Roberto Esposito y el modelo inmunitas o la bio economía de Nikolas Rose, entre otros, resultan a priori, más orientadoras.

Teóricamente hablando, me parece mejor que preguntarse cuál sería el paradigma biopolítico capaz de describir (nunca explicar cabalmente) los fenómenos migratorios, los mercados de la salud, las transformaciones del estado nación y las lógicas cotidianas del dominio, renunciar a la comodidad de que exista un paradigma que explique todo esto al mismo tiempo y reconsiderar que las tecnologías de poder se articulan en cada una de estas formaciones de manera singular. En algunas habrá más elementos de una biopolítica neoliberal, combinados con tecnologías policiales, disciplinarias o asistenciales. En otros casos será al contrario. En este sentido, creo que vale la pena rescatar de su relativo olvido la idea de diagrama (trabajada por la lectura de Foucault de Deleuze). Cada formación histórica singular, cada conjunto de relaciones sociales es un diagrama específico que puede ser descrito con esta batería conceptual. El desafío analítico actual, entonces, implica retomar esta batería conceptual a modo de un puzle, que hay que armar en cada ocasión (apelando a la arqueología y a la cartografía en forma combinada). Me parece que entender la especificidad de los diagramas de poder, permite también asumir decisiones tácticas frente a esos diagramas, que sean más útiles que las que se pueden asumir frente a un paradigma general.

Como horizonte de investigación biopolítica basada en Foucault, podríamos decir que es necesario integrar los análisis biopolíticos, de la gubernamentalidad, y del neoliberalismo, como condición básica de una ontología crítica del presente y de nosotros mismos, que favorezca el ejercicio de prácticas de cuidado de sí y de la alteridad. Elementos fundamentales para trabajar en este presente que mezcla lo pandémico con los desafíos de cambio cultural e institucional.

Referencias bibliográficas:

Agamben, G. (1998). Homo sacer I. El poder Soberano y la Nuda Vida. Pre-Textos: Valencia.

Han, Byun-Chul (2014) Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder

 

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