Publicado Agosto 10, 2021
Recuperar la voz de los silenciados
Cuerpo
La construcción de una sociedad democrática, sólo la conseguiremos haciendo fluir las palabras tapadas, silenciadas, ocluidas y condenadas al destierro.

El silencio ensordecedor aturde, atonta, alela pero por sobre todo, empobrece. Bajo el cariz de la indiferencia, la indolente petulancia de hacer de cuenta que el otro no existe, se estableció cómo falsa medicina, la inoculación de dosis ingentes de silenciamientos a las voces disidentes, analíticas y críticas de los impertinentes. En el negacionismo, barbárico como todos, al obturar la natural dimensión del sujeto crítico, caímos hace tiempo bajo modales prolijos, elegantes y elocuentes, para tapar nuestras faltas, ausencias y por sobre todo, temores y miserias a mansalva. Convencidos, obtusamente que la impertinencia debe ser desterrada, nos constituimos en una horda perversa y hambrienta, apenas sobreviviente. En la pretensión de una supuesta seguridad verdadera, aniquilamos la libertad y devinimos en una masa homogénea, hermética y hegemónica, el Leviatán soñado y temido en nosotros encarnado. Encontrar hiatos de fuga, de escape, en donde lo humano resiliente, pueda ser restablecido, es un apostolado de ineludible compromiso para quienes trabajamos con palabras y conceptos, con la razón y la intuición en sus vericuetos. Hacer escuela de esto mismo es desempolvar del olvido al que sometieron bajo expedientes de sujetos a todas y cada una de las subjetividades que han caído en el olvido producto de los regímenes que sostienen parte de su dudosa legitimidad en estos totalitarismos silentes. 

En las diversas (que no dislocan sin embargo la mismidad perversa de decir ser lo que no son) aldeas occidentales que enarbolan con soberbia y engreimiento la perorata de la libertad de expresión que cumplirían a rajatabla, las ausencias son tapadas, ocluidas y silenciadas. La voces de los impertinentes que las balbucean, con férrea tenacidad son  perseguidas, condenándolas a la indiferencia como arma aún más contundente que la befa y el oprobio. Una suerte de ostracismo sin la penalidad misma del destierro, por tanto aún más cruel y perversa, una cancelación sin ser declarada y mucho menos sin capacidad de defensa para el sentenciado. 

En el campo intelectual es tal vez menos evidente que en el político. Aquí los ejemplos abundan, de gobernantes que son erradicados de la memoria de sus pueblos, condenados al desatino de no contar siquiera con el nombre en una calle, en una plaza o espacio público, a diferencia de los privilegiados a los que post mortem se les construye una identidad ad hoc, oportuna y santificada de sus vidas y obras, cuyos nombres saturan los emplazamientos colectivos. 
 

La construcción de una sociedad democrática, sólo la conseguiremos haciendo fluir las palabras tapadas, silenciadas, ocluidas y condenadas al destierro. Dejaremos de ser horda, cuando volvamos al debate, al consenso, devolviéndole la prioridad a la palabra sobre la acción a tientas y a locas, ese obrar maldiciente que devela nuestra parte más instintiva y primitiva que a la violencia y agresividad nos conmina.

Sacar los testimonios silenciados, que en la hipocresía de lo supuestamente democrático, se plantea como opción amable de lo silente, es una de las acciones más concretas y basales que pueden hacer todos y cada uno de los seres humanos que entiendan y comprendan que esas verdades oficiales, difícilmente se traduzcan en mejor calidad de vida para mayorías en construcción que tiendan a deconstruir las hordas para volver a integrarlas en nociones colectivas de pueblo o ciudadanía. 

En el ámbito educativo, una de las vías más comunes y sencillas es la conformación de cátedras libres, de encuentros en torno al pensamiento de esos impertinentes, a los que la academia, la formalidad y los orgánicos repelen. 

Las palabras están, los conceptos que se piensan a partir de las mismas deben fluir con mayor dinámica e intensidad para que intuitiva, racional como emocionalmente, podamos volver a converger en nociones de lo común para definir nuestras prioridades en nuestro aquí y ahora. 

La intelectualidad no obedece ni puede estar circunscripto a un rol específico o determinado. No habrá proyecto, propuesta, emancipación, resistencia ni antítesis, sino salimos de lo silente, rescatando las voces que anidan en los pliegues diversos en los que hablamos, somos hablados y hablaremos como las voces de unidades que pretendan constituirse en mayorías o pueblos.

Dicen que somos una corriente de pensamiento, sin embargo nos alienta y entusiasma pertenecer por el azar indómito a lo que algunos llamaron “tierra sin mal” espacio privado, tal vez de la prepotencia del número y del accionar, por sobre la comprensión y el entendimiento. Apenas una ola de tantas en la marejada, latente y expectante para la sizigia en la que volverán a repartirse las coordenadas de nuestra humanidad que no puede estar condenada a la supresión de su expresividad o en la penalidad de lo silente.  

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