Publicado Marzo 10, 2021
¿Regreso al infierno? -Chile tras la vacunación masiva-
Cuerpo
Hasta ahora la crisis de autoridad es tal, que ha penetrado en el ámbito material, edificios estatales en llamas, instituciones que funcionan en automático, políticos que no valen nada, leyes que se vuelven papel. Pero esto sólo es consecuencia de que el Estado ya ha comenzado a mutar en el ámbito de lo ideológico.

“Nada, después de un incendio, es como fue antes” [Elias Canetti]

El Covid-19 nos dejó una serie de reflexiones filosóficas, pronósticos y presagios, algunos más esperanzadores que otros, algunos más fundados que otros. Pero lo importante, es que no nos dejó inconmovibles, lo que quiere decir que, a pesar de todo, seguimos vivos. Uno de estos libros de reflexión pandémica de menor renombre, pero no por eso menos profundo, se titula El derrumbe del palacio de cristal escrito por el filósofo argentino Ricardo Forster. En este libro el autor parafrasea a Walter Benjamín sintetizando en una frase una idea sísmica “Que todo siga igual, a eso llamo el infierno”[1]. La eternidad infernal puede ser terrorífica, a largo plazo para los que gozan, en el corto plazo para los sufrientes, la única eternidad sin sufrimiento ni carencias se encuentra a la antípoda del infierno. El Covid-19 se vivió como una eternidad infernal, una vida aquí que no acababa más, un infierno amenazante que aún no termina, pero que parece (así lo esperamos) estar llegando a un final.

En otra alusión al infierno, abundantes en la obra del alemán y haciendo referencia a Strindberg, este nos dice que el infierno es esta vida aquí, y que “Que todo siga ‘así’ es la catástrofe”[2], pero si bien todos hemos vivido el Covid-19 como un infierno, no ha sido igual para todos, para algunos fue La Peste, para otros el Decamerón.  El regreso a una vida aquí pre Covid-19, para algunos puede ser infernal, una verdadera catástrofe; mientras que para otros no poder volver es lo realmente preocupante, todos recordaremos lo que quedó inconcluso en marzo del año pasado. Por otro lado, y casi contrastando las postales del Chile contemporáneo,  la vacunación se ha mostrado ordenada y veloz, sin embargo, la preocupación del empresariado está puesta en la normalidad, en que la vacunación sea el regreso al trabajo y la productividad, y no a la sacudida realidad previa al coronavirus[3].

Por otro lado, la desocupación y la pobreza son razón suficiente para que la población busque también mayores niveles de estabilidad. El 59,4% de la población afirmó que sus ingresos se vieron disminuidos con respecto a la pre pandemia. El 48,8% de ellos que sus ingresos simplemente no les alcanzó para sobrevivir el mes, cifra que para los dos primeros quintiles superó el 64%, siendo los bienes y servicios y la alimentación la variable de ajuste en la población más pobre[4]. Es por tanto fácil deducir que la presión por trabajar no vendrá solo del discurso empresarial. Pero, ¿a que se regresa después del Covid-19?, ¿es posible regresar siquiera?, la modernidad que solo sabe conducir hacia la barbarie parece no poder dar la vuelta, no está en las clases dominantes la fuerza para poner un freno.

El bloque social dominante vivió la crisis en un departamento antisísmico, sino es imposible comprender su fe luego de que hayan sido sus dioses los sacrificados en este largo proceso iniciado con el Estallido Social; la constitución, el sistema de pensiones, carabineros, por nombrar algunos. El bloque dominante aún se encuentra en medio de una crisis de autoridad, no ha sorteado la crisis de legitimidad, ni de representación en la que se encuentran. Tampoco la clase dominante ha mostrado una estrategia capaz de cerrar el ciclo disruptivo. Es posible afirmar que la clase dominante en su duelo tras el Estallido Social aún se encuentra en fase de negociación. Una estrategia que pueda sortear las tareas de la nueva etapa la encontraran solo después de la aceptación del problema, como buen augurio me gustaría pensar que su depresión se producirá luego de los resultados electorales del presente año, pero es demasiado pronto para hacer afirmaciones  en una realidad tan convulsa. 

El Estado asume en la etapa actual una nueva centralidad, en la crisis del 2008 los “salvatajes” a las grandes empresas y a la banca mundial hicieron una fuerte grieta al mito del neoliberalismo, que se mostró impotente ante la especulación financiera. En la crisis actual las medidas de contención han sido maquilladas como necesarias para sobrellevar la pandemia, en ambas el Estado aparece como la última barrera de contención del gran capital. Lo cierto es que el Estado se vio obligado a crecer a nivel global, nuevamente a contramano de los ideales neoliberales “En tiempos de pandemia se necesita un estado fuerte”[5] escribía Zizek cuando todo empezó y así fue.

Tras el Estallido Social el Estado chileno no puede seguir siendo el mismo, de hecho, ya no lo es. El Estado es la condensación material de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase[6]. La correlación de fuerza ya no es la misma, por tanto, el Estado ya no es igual. Esta meta-institución en su cotidianidad constituye una trama social en constante disputa, el Estado no es solo monopolio y violencia coercitiva, “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, suena un dicho popular, necesita para existir más que violencia. Constantemente la clase dirigente debe ceder algo, a veces poco, a veces un poco más, para mantener su dominación. Además de la monopolización, el Estado es “universalización” (o democratización), “es un flujo, una trama fluida de relaciones, luchas, conquistas, asedios, seducciones, símbolos, discursos que disputan bienes, símbolos, recursos y su gestión monopólica”.[7]

El Estado es un conglomerado de instituciones paradojales, no solo expresa relaciones materiales e ideológicas, sino que también está en constante tensión al contener la contradicción entre monopolización y democratización (universalización según García Linera). Hasta ahora la crisis de autoridad es tal, que ha penetrado en el ámbito material, edificios estatales en llamas, instituciones que funcionan en automático, políticos que no valen nada, leyes que se vuelven papel. Pero esto sólo es consecuencia de que el Estado ya ha comenzado a mutar en el ámbito de lo ideológico. Este ámbito es muy relevante, como bien afirma García Linera, el Estado “es el único lugar del mundo donde la idea antecede a la materia porque la idea-fuerza, la propuesta social, el proyecto de gobierno, la enunciación discursiva triunfante en la trama de discursos que define el campo social, devienen en materia estatal, en ley -¿nueva constitución?-, decreto, presupuesto, gestión, ejecución, etc.”[8]  

Luego del Estallido no es posible afirmar que la idea-fuerza es completamente servil a la clase dirigente. La descarga[9], ese momento culminante tras el surgimiento de la masa, como escribió Elias Canetti, eleva los ideales de igualdad. El impulso de un estallido es destructivo, se lleva por delante las cosas, pero también las imágenes “La destrucción de imágenes que representan algo es la destrucción de una jerarquía que ya no se reconoce”. Las distancias se acortan, lo que antes era intocable, como las instituciones del Estado, “Ahora están caídas y quedan hechas escombros”[10]. Es tan seguro el cambio que la amenaza mayor es siempre interna, la revolución pasiva de Antonio Gramsci, el poder señorial de Álvaro García Linera, el infierno de Walter Benjamín o la negación total a la transformación a través del fascismo, la guerra interna, la dictadura o la muerte.

Las imágenes, los símbolos trastocados, invertidos, revolucionados, viven en el sentido común, escapan de la coerción de toda tradición, “los miedos, las prohibiciones, los acontecimientos respecto a lo socialmente correcto y lo socialmente punible; las aceptaciones a los monopolios reguladores de la civilidad; las tolerancias a la autoridad policial o civil; las resignaciones ante las normas que regulan los trámites, los derechos, las certificaciones; los procedimientos legales, financieros o propietarios, aprendidos, asumidos y acatados; las señalizaciones entendidas sobre lo debido o indebido; la organización mental preparada para desenvolverse exitosamente en medio de todas esas señalizaciones sociales rutinarias; la cultura interiorizada por la escuela, por los rituales cívicos, por los reconocimientos instituidos y reconocidos como tales; todo eso es el Estado”[11] nada queda igual después del incendio, lo cual también transforma en absurdo un estallido permanente, luego del frenesí debe venir la estratégia. 

El Estado tenderá a “estabilizar” el sentido común post Estallido, hasta que la clase dirigente lo entienda existe una “vacancia” para actuar[12], el Estado no puede subsistir sino controla el sentido común, sino interviene en su disputa y contradicción constante. No puede ser de otra manera “[El] Estado es, por antonomasia, el espacio de la imposición del nómos” afirma Pierre Bourdieu[13], y es que corresponde al Estado en tanto “Comunidad Ilusoria”[14] estabilizar, es decir hacer coincidir el nómos (los hábitos y costumbres del a comunidad) con la esperanza. Solo cuando coinciden hay legitimidad, esta coincidencia no necesariamente debe ser real, ni total, el Estado dominante no lo necesita, basta con que sea así en apariencia. Para la estabilización el Estado dominante necesita aparentar que las reivindicaciones concretas de las y los populares comienzan a ser satisfechas. Un Estado de transformación necesita avanzar realmente en las reivindicaciones. 

Para Platón es el nómos lo único que en el Estado actual de los asuntos humanos puede garantizar la estabilidad estatal[15]. Para los griegos antiguos Nómos es una de las apariencias de Zeus, junto a Eusebia (quien encarna a la piedad) engendran a Dike (Justicia). En la Teogonía de Hesíodo[16], Dike tiene otras dos hermanas que son parte de las doce divinidades que gobiernan el kosmos, Eunomía e Eirene. el “buen gobierno” y la “paz”. Quizá Chile se prepara para una cosmogonía refundacional totalmente diferente, donde Nómos provenga de la justicia, la paz y el buen gobierno. No lo sabemos, la narrativa sigue su curso, lo único que podemos afirmar, es que no volveremos al infierno, al menos por un tiempo.  

 

[1] Forster, R. (2020). El derrumbe del palacio de cristal. Buenos Aires: Akal.

[2] Benjamín, W. (2008). Parque Central. En W. Benjamín, Obras: Libro I. Vol. 2. Madrid: Abada.

[3] Puede consultarse las editoriales de El Mercurio correspondientes al 29 de enero y 7 de febrero del 2021.

[4] Ministerio del desarrollo social y familia & Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (2021). Ficha Técnica Encuesta Social Covid.19.

[5] Zizek, S. (2020). Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. . Barcelona: Editorial Anagrama.

 

[6] Poulantzas, N. (2005). Estado, Poder y Socialismo. México: Siglo XXI.

[7] Linera, A. G. (2020). Estado, democracia y socialismo. Una lectura a partir de Poulantzas. En J. Sanmartino, La teoría del Estado después de Poulantzas (págs. 289-314). Buenos Aires: Prometeo libros.

[8] Ibíd.

[9] Canetti, E.(1983). Masa y poder. Vol 1. Madrid: Alianza Editorial

[10] Ibíd.

[11] Linera, op. cit.

[12] Lobos, Roberto (2021). Las posibilidades de un enclave popular en Chile. -Crisis de autoridad y vacancia popular-. En: https://nuestrarepublica.org/columna/las-posibilidades-de-un-enclave-popular-en-chile-crisis-de-autoridad-y-vacancia-popular

[13] Bourdie, P. (1999) Meditaciones pascalianas. Barcelona: Editorial Anagrama. 

[14] Marx, K. & Engels F. (2014). La ideología alemana. Madrid: Akal   

[15] Platón (1999). Las Leyes. Madrid: Gredos.

[16] Hesíodo (1978). Teogonía. Madrid: Gredos.

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