Publicado Noviembre 19, 2020
Una señal divina

Jesús María y su joven esposa, Martirio del Sagrado Corazón de Jesús, compartían algo más que una parte de sus patronímicos. Ambos ya eran supernumerarios del Opus Dei cuando coincidieron en un viaje místico-religioso –una peregrinación maquillada de viaje turístico– a Lourdes, en Francia.

Pronto se casaron y su cercanía espiritual les permitió realizar juntos la misión del Opus Dei, que consiste en fomentar la conciencia de la llamada universal a la santidad en la vida ordinaria.

Así sus mortificaciones en desagravio del Señor, –destinadas a ayudarles a crecer en virtud de la fortaleza y en un amor a un Dios más sobrenatural–, contribuyeron grandemente a fundirles en un solo amor al Todopoderoso. De ese modo, se decían el uno al otro, hacemos verdad cotidianamente las palabras de Monseñor José María Escrivá de Balaguer, que el Señor tenga en su santa gloria: el Opus Dei es un ascetismo sonriente.

Adepto de una interpretación literal de las Escrituras, Jesús María interrogó larga y silenciosamente su alma, después de leer que Jesús, –el original, el de la Biblia–, había alabado aquellos que se hicieron eunucos a causa del Reino de los Cielos (Mateo 19:12).

Tentado estuvo de imitar a Orígenes de Alejandría, asceta cristiano de los primeros tiempos descrito como el más grande genio que la Iglesia primitiva haya producido, quien, poniendo en concordancia la acción y la fe, procedió a emascularse, haciéndose extirpar todos sus órganos genitales, tolete incluido.

Martirio, puesta al corriente de tales cavilaciones, consciente como era de que las Escrituras tienen la concupiscencia por la raíz de todos los males, y de que para un católico el sentido prioritario de la vida es aproximarse constantemente a Dios evitando el pecado, echó mano a un argumento imparable en defensa de sus derechos conyugales: la condena divina que cayó sobre Adán y Eva, la del Génesis 1:28 que reza, si oso escribir, Creced y multiplicaos.

De ese modo logró evitar una muy radical ablación del equipamiento reproductor de Jesús María y pudo pensar, Susanita como era, en la posibilidad de tener hijos.

Fácil de decir, pero no tan sencillo de poner en práctica si se considera que para un católico una sexualidad abordada de manera puramente biológica hace de su pareja un objeto únicamente sexual, lo que era inadmisible para alguien que se consideraba a sí misma el templo del Espíritu Santo.

Afortunadamente para ella, Martirio también sabía, a su juicio con certeza, que la sexualidad y el placer sexual no son moralmente reprehensibles sino cuando se busca el placer por sí mismo, alejado de cualquier relación con la sagrada finalidad de la procreación.

Lectora inveterada del Catecismo, lo puso en las palabras de la misma Iglesia: La virtud de la castidad está situada bajo la virtud cardinal de la temperancia, que busca impregnar de razón las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.

Además, en algún sitio Martirio había leído unas palabras de Karol Wojtyla que volvieron raudas a sus mientes en apoyo a la reflexión que la precedió: Solo el hombre y la mujer castos son capaces de amar verdaderamente. La castidad libera su relación, incluyendo su relación sexual, de la tendencia a utilizar al otro…

Jesús María, de regreso de sus tendencias automutilantes, estaba preparado para comprar tales argumentos y hacerlos suyos. Pero aun quedaban detalles que resolver. Martirio, erudita en tales cuestiones, y consciente del ascendiente que ganaba con ello, evocó la figura de Filón de Alejandría, cuya filosofía había inspirado, entre otros, al propio Orígenes.

Interpretando Platón a la luz de la ley de Moisés, Filón había estigmatizado el placer y el deseo afirmando que la procreación debe ser el objetivo único de la unión sexual. Arrimando aguas a su molino, Filón –un helenista– recordó que los estoicos y los pitagóricos sostenían mordicus que el hombre no debe desperdiciar su simiente.

De Filón agarróse firmemente Clemente de Alejandría, autor del primer tratado de sexualidad conyugal de la cristiandad. Precursor involuntario del maximalismo, Clemente llevó al extremo el razonamiento de Filón y dictaminó que se debe condenar toda relación sexual que tenga lugar fuera de los períodos de fecundidad de la mujer.

Con Clemente de Alejandría, el rigorismo del ascetismo cristiano tomó su lugar para quedarse y, a pesar de algunos retoques, no ha variado hasta nuestros días. Como prueba necesaria y suficiente Martirio invocó la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI (1968), que declara con la autoridad que le confiere su bíblica misión, La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida.

Martirio compró pues un termómetro y de ahí en adelante pasó lo mejor de sus despertares verificando su temperatura. Alguna amiga descreída fue hasta calcular el número de días aptos para lo que soezmente llamaba echarse un kiki, descontando, por razones piadosas de rancio origen, los días previos a la celebración de la misa, lo que eliminaba los sábados amén de los domingos y las fiestas de guardar.

De ese modo, teniendo cuenta del periodo de fertilidad que la ciencia médica estima en 4 a 5 días por mes, Jesús María y Martirio disponían de entre 45 y 65 días al año para conocerse en el sentido bíblico. Sin descontar aun sábados, ni domingos ni fiestas de guardar, ni la Cuaresma, período de cuarenta y seis días que va desde el miércoles de ceniza hasta la víspera del domingo de Resurrección en que el cristiano se auto impone ayuno y penitencia en memoria de los cuarenta que Jesús ayunó en el desierto, ni tampoco los días en los que, por razones aleatorias, aun siendo hábiles si se me permite el uso de tal eufemismo para designar la posibilidad misma de la intimidad sexual en el respeto de las reglas clementinas, Martirio o Jesús María, más frecuentemente este último, no sentían el llamado de la selva.

En un mal año, –designo arbitrariamente así un año en el que muchos sábados y domingos y fiestas de guardar coincidieron con el período de fertilidad de Martirio–, la cifra podía verse seriamente reducida.

Estos guarismos, que en sí mismos no guardan relación ninguna con las posibilidades fisiológicas vitales del cuerpo humano, no revelan su importancia sino al conocer la frecuencia con la que Trinidad quedaba embarazada.

En cinco años Martirio dio a luz media docenas de robustos infantes, dos de ellos jimaguas, en pleno respeto del rigor del ascetismo cristiano preconizado en el libro tercero del Stromateis, tercer libro de la trilogía de Clemente de Alejandría sobre la vida cristiana, sin dejarse jamás dominar por las tentaciones de la concupiscencia, la lascivia o la lujuria, usando con temperancia y racionalidad de la continencia, fruto del Espíritu Santo, la abstinencia voluntaria y otras renuncias y privaciones.

A poco andar, cuando la carga financiera del cuidado de la media docena de chiquillos comenzaba a pesar en el equilibrio del presupuesto familiar y Martirio le anunció a Jesús María la bendición de su sexto embarazo, el Todopoderoso les envió una señal. La recibieron con alborozo, como un estímulo a seguir poblando profusamente el planeta en cumplimiento del mandato divino.

Percibida clara y fuerte, la señal llegó el día en que estaban inscribiendo al par de mellizos en el pre-Kinder del Colegio Huinganal de Lo Barnechea, establecimiento regentado por el Opus Dei en beneficio de su misión pastoral y de su grey.

Hermana, hermano, les dijo el cura encargado de la inscripción y la admisión, el Consejo de Dirección me ha encargado poner en su conocimiento que, de acuerdo a la política tarifaria de nuestra institución, aplicaremos el valor de la cuota de incorporación de 90 UF a cada uno de los seis niños, incluyendo a los dos mellizos. Al mismo tiempo, les confirmamos que la colegiatura anual de 184,6 UF por niño, pagadera en 10 mensualidades entre marzo y diciembre, tiene en su caso un descuento del 50% para el primer mellizo, y de un 90% para el segundo.